“La Semana Santa huele a torrijas, pero a mí me evoca más al bacalao porque en un país católico nos lleva a tener más de cien recetas. Es riquísimo en todas sus formas, pero el seco y salado. El que viene de Islandia. Hacerlo como los valencianos, sin más, solo un poco de aceite de oliva.
Y luego la dulcería, con los hornazos, las monas de Pascua y los Huevos de Pascua cuya tradición es anterior al cristianismo.
Pasamos al menú de la última cena y en él, al contrario de lo dicho, no había cordero. El jueves santo no lo comieron, quizás en la víspera o la antevíspera. Fue un menú sencillo.
Con un pan sin levadura. De primer plato verduras amargas. Después, pescado, porque estaban cerca del río Jordán y el mar de Galilea, y Jesús además de carpintero fue pescador. De tercer plato codornices, porque eran muy fáciles de cazar y estaban al alcance de todos.
Y para el final una especie de compota, con frutos secos picados, miel y vino. Para acabar con las cuatro alzadas de vino, donde nació la Eucaristía y el cristianismo, rompiendo con la tradición judía. En esa última cena había más de doce apóstoles y mujeres, porque eran las encargadas de leer los textos sagrados”
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