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En la Cañada Real hay droga, pero en una zona muy delimitada.
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En la Cañada Real hay droga, pero en una zona muy delimitada. (Foto: Kike Rincón)

La realidad menos conocida de los habitantes de la Cañada Real

domingo 10 de junio de 2018, 09:34h
A dos años de los primeros realojos de los vecinos de la Cañada Real, el miedo y la angustia compiten con las penalidades a la hora de quitar el sueño a las familias que viven en este asentamiento.

Cañada Real es sinónimo, para la mayoría, de drogas, delincuencia y chabolismo. Tanto es así que algunos de sus habitantes no confiesan ni a sus familiares que residen en este asentamiento, donde conviven más de 7.000 almas. Hay droga, pero en una zona muy delimitada, según explica el párroco de la Cañada Agustín Rodríguez a Madridiario: “El resto se dedica al chatarreo y a la venta ambulante”.

Asunción Ayora llegó hace 27 años y su propio hermano se enteró la semana pasada de que tanto ella como su marido y dos de sus hijos viven en una infravivienda en esta franja alargada que se extiende entre Coslada, la capital y Rivas-Vaciamadrid. Carecen de agua corriente, un camión les abastece cada jueves y administran el acopio para que dure toda la semana: “Me gustaría abrir el grifo y fregar y lavar la ropa como los demás pero tenemos que enjuagar en un barreño, tirar el agua, aclarar… Estamos deseando salir de aquí”, explica esta vecina de la Cañada a Madridiario.

El agua no es su único problema, su marido y ella necesitan dormir conectados a una máquina y, como los cortes de luz son frecuentes, cuando ocurren se ven obligados a quedarse en el sofá “sentados toda la noche”, se lamenta. También deben enfrentarse a las serpientes y a otros “bichos” que se cuelan en la vivienda, “vivimos muy cerca de Valdemíngomez, así que imagínese”, recuerda Asunción. Además, en estos años han sufrido un derrumbe del techo del dormitorio y dos o tres incendios. Y eso, a pesar de que su casa no es de las peores, según confiesa ella misma, porque fue construida con ladrillo.

Su hija Andrea, de 17 años, ha tenido que enfrentarse a la estigmatización de proceder de la Cañada. Al enterarse, sus compañeros de clase manifestaban su sorpresa porque acudía siempre limpia al colegio. Y eso a pesar de las caminatas, porque para llegar al Metro hay que andar, desde su casa, unos 45 minutos, algunos de ellos campo a través llueva o haga Sol.

El realojo, en dos años

La de Asunción es una de las 150 familias del Sector 6 que serán realojadas en los próximos dos años. Será el principio del fin de la Cañada Real como asentamiento tal y como la conocemos. Por fin comienzan a darse los primeros pasos. Aunque queda mucho por hacer y por decidir, este convenio firmado entre la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de Madrid es el primer fruto del pacto alcanzado hace un año. Cada uno ha puesto 9 millones de euros para financiar estos primeros realojos pero no va a ser tarea fácil.

Fernando Pascual, del Comisionado del Gobierno de la Comunidad de Madrid para la Cañada Real Galiana, explicó en un encuentro con vecinos, representantes de Cruz Roja, Cáritas, Ayuntamiento y Comunidad, junto con el párroco, que una vez alcanzado un acuerdo y prevista una partida por parte de Comunidad y Ayuntamiento, habrá que ir avanzando caso a caso para atender cada situación y necesidad. Una vez realojados, se abordarán nuevas fases cuando se disponga de presupuesto para ello. Lo que es seguro es que las Administraciones implicadas se han comprometido a avanzar en una solución definitiva para la Cañada gobierne quien gobierne.


¿Por qué empiezan por el sector 6?

Agustín Rodríguez, párroco de Santo Domingo de la Calzada, conoce a fondo esta zona en la que trabaja desde 2007 y lo tiene claro: “Lo más sencillo era empezar por los extremos, por los sectores 1 y 6: el 1 será absorbido casi en su totalidad por el municipio de Coslada y el 6, será desmantelado casi por completo al ocupar unos terrenos que se enmarcan en el Parque Regional del Sureste”.

Además, la gran mayoría de los vecinos del Sector 6 quiere marcharse. Son los que peor viven, los más incomunicados y los más alejados del núcleo urbano. Pero algunos se aferran a la tierra que habitan desde hace décadas, como Juan José. Tras 40 años allí y más de 20 “pagando el IBI, o las casas son nuestras o nos han estado estafando”.

Aunque ofrezcan resistencia (judicial) todo apunta a que tendrán que acatar la ley y aceptar un realojo si cumplen los requisitos establecidos para ello (no poseer otra vivienda, no haber rechazado una vivienda social o vivir en la Cañada desde antes del 31 de diciembre de 2011, entre otros).

Piden agua y luz hasta que llegue el traslado

Mientras se orquesta el realojo, un proceso que va a durar no menos de dos años, los agentes sociales en la zona tratan de dignificar al máximo las condiciones de vida de estos vecinos. “Primero hay que dignificar al máximo las condiciones de vida en esta zona hasta que llegue el momento de evaluar e intervenir”, ha insistido el párroco, quien ha recordado que va a ser un camino largo de no menos de 10 años.

Más allá de los acuerdos, las partidas económicas y el papeleo para proporcionarles un techo, habrá que tumbar los prejuicios que sus nuevos vecinos puedan tener con respecto a ellos por su procedencia y enseñarles a vivir en comunidad. Voluntarios y trabajadores están empeñados en conseguirlo y que este plan sea un éxito. Lo sabremos en unos años.

El incansable padre Agustín

Este ángel con aspecto de rockero y coleta dedica su vida a los demás desde hace décadas por los barrios más desfavorecidos de un Madrid al que vivimos de espaldas. Desde 2007, compatibiliza las parroquias de San Fermín y Cañada y adentrarse con él por el Sector 6 es asistir a un sinfín de saludos hasta llegar a La Fábrica, una construcción que cinco entidades sociales comparten para ofrecer atención a esta población.

“Tengo que hablar contigo” debe de ser una de las frases que más veces al día escucha Agustín. Dos mujeres la repiten, una en el trayecto de ida y otro en el de vuelta, como quien esgrime la llave correcta de una cerradura. A las dos les pide que llamen a su móvil a la hora de comer, que podrá atenderlas.

Ha participado en decenas de reuniones con las Administraciones y con los vecinos, les ayuda a tramitar sus papeles, les lleva al médico… Y no es el único. Voluntarios de Cruz Roja, Cáritas, El Fanal, Alamedillas y Centros para Adolescentes y Jóvenes ASPA trabajan duro en una zona que pocos pisan. Su labor, la de Agustín, fue reconocida el pasado mes de mayo por la Comunidad de Madrid con una Encomienda por su compromiso con los más desfavorecidos.

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