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‘No soy Dean Moriarty’, jóvenes sin rumbo
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(Foto: Antonio Castro)

‘No soy Dean Moriarty’, jóvenes sin rumbo

viernes 05 de agosto de 2016, 08:32h
La Sala Tú, en el barrio de Malasaña, es uno de los pocos reductos teatrales que nos queda en este mes de agosto. ’No soy Dean Moriarty’ es una de sus apuestas desde hace semanas y con intención de mantenerla el próximo otoño.

Sal Paradise y Dean Moriarty son dos personajes de ‘En el camino’, la novela de Jack Kerouac que, publicada en 1957, revolucionó a la juventud contestataria de los sesenta y los setenta. Parece que, sesenta años después de su aparición, sigue impactando a un sector de la adolescencia que busca caminos en una sociedad cada vez más laberíntica.

Los dos personajes de la comedia que ha escrito Joan Yago son camareros en un tugurio cualquiera de una de tantas ciudades. Al terminar su jornada juegan a ser Paradise y Moriarty. Planean un viaje que, no sabemos si es hacia su destino, a recuperar el pasado o a encontrar nuevas oportunidades. No lo sabremos, ni ellos tampoco. Porque estos jóvenes sin rumbo posiblemente no saldrán nunca de su mediocridad.

Son dos chicos simpáticos, con un poso de amargura que no debiera ser normal a sus edades. Tal vez la desesperanza se ha adueñado ya de ellos y solo en la ficticia evasión logran despegarse del mundo en el que les ha tocado vivir.

Joan Yago ha creado dos personajes que, inmediatamente, se hacen simpáticos al espectador. No podemos hacer otra cosa que desearles que emprendan su viaje. El uno es complemento del otro. El reflexivo intenta bajar a la tierra al impetuoso y éste, arrastrar a su compañero a una aventura que sea algo más que un viaje turístico.

‘No soy Dean Moriarty’ está dirigida por Gerard Iravedra, que mueve a sus peones en el asfixiante espacio de un bar a punto de cerrar. Les crea una carretera imaginaria, siempre con el fondo de la música country, para que puedan desplegar su fantasía. Y los chicos son Ferrán Vilajosana y Fernando Tielve. Forman una de esas parejas que parecen conocerse de toda la vida. Cada uno con su rol asumido, indispensable para que el del otro tenga sentido. Al primero ya le hemos visto algunos trabajos madrileños estimables –‘El cojo de Inishmaan’, ‘Los hermanos Karamazov’- y al segundo es ya veterano de la pequeña y gran pantalla. Debutó con ‘El espinazo del diablo’ e hizo la serie ‘El internado’.

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