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Un santo y un político en la parrilla

Un santo y un político en la parrilla

Por Enrique Villalba
miércoles 11 de agosto de 2010, 00:00h
San Lorenzo volvió a salir a la calle después de quedarse a cubierto el año pasado por un diluvio. Lavapiés se engalanó para recibirle. Tomás Gómez se acercó para saludar a los vecinos y cocinarse unos entresijos.
La calle del Doctor Piga se vestía de fe y de bochorno estival para acoger la fiesta grande de San Lorenzo en Lavapiés. Chulapos y chulapas atestaban los alrededores de la parroquia del santo. Lunares, peinetas, claveles de pega, abanicos, chaquetas cortas y gorrillas. La misa estaba a reventar. Nadie quería perder la oportunidad de ver al santo. El año anterior había diluviado y la gente se había quedado con las ganas.

En la calle, se iniciaba un intenso debate sobre por dónde saldría la imagen. Este año la procesión volvía a cambiar de recorrido y los vecinos tenían dudas sobre los pasos del paso. Los balcones, tapados por persianas, eran una suerte de palcos estratégicos para la procesión. Salieron el santo, el cura, las autoridades, la banda, Don Hilarión y compañía. Hasta habían recuperado la maqueta de la torre del antiguo templo con la que los chulazos de Lavapiés podían estar en misa y repicando. Comenzaron las salvas a San Lorenzo y los cánticos zarzueleros. El sol todavía no había dejado de trabajar y los molinillos encajados en las ventanas estaban perezosos.  San Lorenzo sudaba la gota gorda. Iba a buena velocidad quizás para regresar a su fresca hornacina huyendo del calor. Una procesión exprés que tuvo que pararse varias veces para esperar a su comitiva.

Dosis de santo
Cuando el santo oscense volvió de su garbeo, a la altura de la fachada de la iglesia y como manda la tradición, la masa chulapa se lanzó a la imagen a arrancarle las flores. De fondo sonaba el 'España Cañí'. El personal se las llevaba a ramos enteros. Las señoras hacían auténticos placajes para tener su dosis de santo. Querían algo más que pan y trabajo para otro año más de crisis. En la iglesia esperaba aún más gente para tener su flor.

Cuando acabó la hora religiosa, empezó la popular. Los chiringuitos de la plaza de Lavapiés y de la calle de Argumosa ya habían encendido las luces. La fiesta de los sentidos se abrió camino. Los chulapos bailaban merengue y reggaeton. Las asiáticas vestían peineta y mantón, aunque no se sabía si era de la China. Las manos se enfriaban al contacto con la limonada y la cerveza heladas, y las bocas y narices se regocijaban con el éxtasis grasiento de las gallinejas.

La última cena
Tomás Gómez se acercaba a la fiesta del mártir a tomarse algo con los vecinos. Le esperaba su guardia de corps sentada en una mesa a lo última cena pero con mantel de cuadros. La prensa también aguardaba con el cuchillo en los dientes para ver cómo cocinaba sus entresijos. Él apretaba manos y, a pesar de que dijo que no hablaría, asemejó las primarias a una "fiesta de la democracia" e indicó que ha comenzado el cambio que llevará a los socialistas al Gobierno regional. Una hora después de que la prensa se esfumase, el todavía líder de los socialistas madrileños seguía saludando a la concurrencia en Embajadores.

El grupo Songo y la orquesta Slabon cerraron la noche bajito. Muy al gusto del Ayuntamiento, las actuaciones musicales se habían puesto a dieta de decibelios. Sin embargo, los puestos, las tiendas de ultramarinos y los botellones improvisados siguieron muchas horas más. San Lorenzo decía adiós para dar paso a La Paloma. Quedaban cinco días de fiesta.
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