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Edificio que fue Tribunal de la Suprema Inquisición
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Edificio que fue Tribunal de la Suprema Inquisición (Foto: Chema Barroso)

De ruta con una Torquemada por el Madrid de la Inquisición

domingo 05 de diciembre de 2021, 09:23h

La ciudad de Madrid contiene innumerables rutas turísticas de interés. Entre la oferta de recorridos clásicos, como el Madrid de los Austrias, el Barrio de las Letras, Lavapiés o El Retiro, se abre paso también el Madrid de la Inquisición, un itinerario que discurre a través de lugares de la capital marcados por la actividad del Santo Oficio en este periodo represivo que duró tres siglos y medio.

Si hay que dibujar los puntos de interés en un mapa imaginario del Madrid de la Inquisición, la cruz principal se situaría en la Plaza Mayor donde tenían lugar los autos de fe. “Es el gran teatro de la Inquisición, una ceremonia con unos fastos increíbles, muy vistosos”, relata María Jesús Torquemada, profesora de Historia del Derecho en la Universidad Complutense y experta en esta institución y sus prácticas contra la herejía. “Daba mucho lustre y mucha categoría que le dieran a uno un asiento en la plaza cuando se iba a celebrar un auto inquisitorial, era lo más de lo más para las celebraciones del Madrid de la época, así que había una competencia tremenda porque todo el mundo quería ir”, comenta.

Esta ceremonia se prolongaba durante muchas horas. “Primero había una procesión en la que llevaban a todos los reos vestidos con el sambenito, esa especie de túnica con dibujos dependiendo de los delitos que se les achacaran, y la coroza, que es ese sombrero puntiagudo”, describe María Jesús.

Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid, obra de Francisco Rizi

“Una vez en la Plaza Mayor, tomaban asiento todos los que tenían que asistir, se hacía una Misa y luego empezaban a leerse las sentencias de los acusados”. A los arrepentidos que prometían no volver a cometer sus errores se les absolvía con una penitencia que debían cumplir. Los que no se retractaban eran condenados a muerte, aunque no era la Inquisición quien ejecutaba la pena. “Como quería pasar por ser un aparato eclesiástico represor de la herejía, cuando un reo era objeto del castigo de quitarle la vida, la Inquisición lo dejaba en manos del poder civil, como que se lavaba las manos de la sangre que ella propiciaba”, explica Torquemada. “Por eso decían que los que iban a ser castigados con pena de muerte en la hoguera eran relajados al brazo secular. O sea, que era la justicia del rey la que mataba a los reos de la Inquisición”, precisa.

Sin embargo, Mª Jesús Torquemada aclara que “los inquisidores no eran señores malísimos que se deleitaban matando a la gente. Rarísima vez se mataba a alguien”, señala. “Normalmente la cosa se saldaba con azotes, destierro, pena de tipo espiritual, había infinidad de castigos que no consistían en matarlos, fue una inmensísima minoría la que desfiló por el cadalso de la Inquisición”.

Para respaldar su afirmación se refiere al delito de brujería, que Torquemada ha estudiado de manera concienzuda. “La Inquisición española fue muy buena con las brujas, porque mientras en Europa quemaron a miles, en España durante todos esos siglos solamente mataron a 59. Comparadas con los 25.000 brujas y brujos que murieron en Alemania en poco más de un siglo, fueron unos santos con el delito de brujería”, asegura restando crueldad a este aparato represor.

Sin embargo, precisar el número de condenados a muerte por otros delitos de herejía resulta complicado. "Las cifras de relajados, es decir, de ejecutados, oscila muchísimo dependiendo de los autores. Entre unos 2.000, según los más benévolos, y los 30.000, según los más críticos. Hay muchos que se quedan en una cifra en torno a 12.000. Yo soy incapaz de decantarme", confiesa esta estudiosa.

Uno de los autos de fe más famosos de los celebrados en la Plaza Mayor de Madrid tuvo lugar en 1680. "Desfilaron 84 reos en persona y 34 en estatua, que eran los condenados que ya habían muerto o se habían escapado y, para que los asistentes los vieran, sacaban unas estatuillas con sus nombres", describe María Jesús. "En ese auto hubo 21 condenados a muerte o pena de relajación".

Calle Torija

De la calle Torija a la calle de la Cabeza

Si la Plaza Mayor fue el enclave más simbólico de la Inquisición en Madrid, la calle Torija fue el otro punto señalado en esta parte de la historia. “El Consejo de la Suprema y General Inquisición, que era el órgano máximo de esta institución junto con el Inquisidor General, se instaló primero en el convento de Nuestra Señora de Atocha (donde hoy se levanta la basílica) y de allí luego se trasladó a la calle Torija”. En el número 14 de esta vía que une Leganitos y Bailén se sitúa el edificio que terminó siendo el convento de las Reparadoras hasta que fue adquirido por el Estado en 2008 para ampliar las instalaciones del Senado.

No lejos de allí encontramos la calle Isabel la Católica, que discurre entre Santo Domingo y Gran Vía, y que se llamaba antes calle de la Inquisición. Había una razón de peso para ese nombre. Allí estuvo localizado el Tribunal de la inquisición de Corte. “Fue el último en nacer, porque Madrid dependía de Toledo, pero se observó que había muchas particularidades de la capitalidad y tenía que atenderlas para poder controlar debidamente a la población madrileña desde el punto de vista de la herejía”.

El Tribunal de Corte se fundó, según la profesora, "para controlar a los políticos, la gente de los bajos fondos, la prostitución, etc. Madrid era un crisol donde intentaban establecerse los que habían sido castigados por otros tribunales inquisitoriales, para perderse entre la multitud".

Ubicar en el mapa del Madrid de la inquisición las mazmorras donde eran llevados presos los presuntos herejes no resulta sencillo. “La Inquisición tenía muchas cárceles secretas”, señala esta experta. “Se sabe que había una en el convento de los Dominicos, que fueron los dueños de la Inquisición desde sus orígenes medievales en Francia y estaban muy relacionados, pero también en la calle de la Cabeza hubo una cárcel inquisitorial”, añade.

Calle de la Cabeza

El monasterio fue demolido pero sus mazmorras aparecieron durante las obras del Hotel Santo Domingo y ese sótano fue convertido en el bar Cuevas de Sandó. En el caso de la calle de la Cabeza, en esta esquina de Lavapiés se sitúa hoy el Centro municipal de Mayores Antón Martín y en sus bodegas perduran los calabozos de pedernal y ladrillo de lo que fue la cárcel de la corona.

No era en esos lugares donde los detenidos acababan sus días. “Desde allí los reos eran llevados a través de un itinerario terrible hasta la Plaza Mayor para que les leyeran sus sentencias y a los que había que matar los conducían al quemadero, que estaba en lo que hoy es la Glorieta de Ruiz Jiménez”, aclara Mª Jesús Torquemada. No era el único enclave donde ajusticiaban a los condenados a muerte. “Se dice que también hubo un quemadero en la plaza de la Cebada”. Lo que sí está claro es que para instalar estos quemaderos “se solía buscar un lugar relativamente apartado del centro, en lo que eran las afueras, porque las hogueras soltaban humos y olores y eran insalubres para la población”.

Aunque la palabra es suficientemente gráfica, Torquemada explica que “el quemadero era un cadalso con muchos troncos donde se colocaba un poste al que se ataba al reo”. Añade que los presos de la inquisición "morían asfixiados por el humo de la hoguera, no quemados. Lo que ardía por debajo soltaba un humo que los asfixiaba”. Con el tiempo, según la profesora, la mentalidad cambió, se empezó a considerar inhumano el método y se sustituyó por otro no menos brutal. “Cuando los presos se arrepentían en el último momento, se les daba garrote vil, con lo que la muerte era menos cruenta”. A pesar de lo desagradable de este espectáculo, “las ejecuciones eran públicas con carácter general porque lo que se quería era dar ejemplo a la gente de lo que podía pasar”.

Glorieta de Ruiz Jiménez

Las mil caras de la herejía

La Inquisición Española nació en 1478 en época de los Reyes Católicos “Fue un tremendo gol que le metió Fernando el Católico al Papa Sixto IV, porque consiguió de él una bula que le daba poderes inmensos a la Corona”, asegura Torquemada. Su final se remonta a 1834, “anteayer, como quien dice”.

Comenzó con el propósito de perseguir los delitos relacionados con la religión. En el punto de mira se encontraban los falsos conversos, “los que siendo judíos se habían bautizado, pero luego soterradamente y en secreto seguían realizando sus prácticas judías. Y lo mismo pasaba con los moriscos que se bautizaban para evitar tener que marcharse, pero seguían practicando su religión en secreto”.

Con el tiempo, el Santo Oficio fue inmiscuyéndose en los asuntos de la vida cotidiana. “Fue un instrumento de la Corona para mantener controlada a la gente, un aparato de espionaje sobre los ciudadanos”, remarca Torquemada y menciona uno de los delitos más comunes, el de proposiciones. “Consistía en afirmar públicamente cosas que iban contra el dogma católico. En las tabernas, por ejemplo, uno que medio borracho se desinhibía y dudaba sobre la virginidad de la virgen; los que lo hubieran escuchado tenían la obligación de denunciarlo y la Inquisición iba a buscar a ese individuo y le incoaba un proceso”, expone María Jesús.

El clero también era mirado con lupa por la Inquisición. “Si eras un clérigo, vigilaban que tuvieras la conducta debida que observaban los clérigos; había otro delito muy extendido que era el de solicitación en confesión, en el que incurrían los sacerdotes que pedían favores sexuales a las personas que confesaban”, desgrana la profesora.

El Santo Oficio perseguía la herejía que “tenía miles de caras, había un montón de delitos que eran propios del foro inquisitorial”, apunta. “La Inquisición se metía en todos los rincones de la vida de todo el mundo, en lo que hacías, en lo que rezabas, en lo que comías, hasta en lo más intimo, cualquier tipo de prácticas sexuales que se consideraban en aquella época poco heterodoxas, como el delito de bigamia”, detalla.

Cuevas de Sandó

Ilustres personajes en el punto de mira

En la época en que se mantuvo activo el Santo Oficio, casi nadie se libro de vivir algún episodio inquisitorial. “El propio Goya estuvo a punto de ser procesado por la Inquisición por pintar La maja desnuda, yo he tenido el expediente en la mano”, asegura Torquemada a quien su trabajo ha llevado muchas veces al Archivo Histórico Nacional donde se conservan muchos de estos documentos.

“Aparece La maja en unos almacenes a comienzos del XIX, estaba poco menos que escondida, arrumbada junto con otros cuadros que tenían desnudos porque sabían que la Inquisición iba detrás de estos asuntos y podían confiscarlo todo”, relata la profesora. “El caso es que cuando se enteraron de que ese cuadro lo había pintado Goya, lo llamaron a capítulo, pero era un personaje muy influyente, tenía muchos amigos en las altas esferas de la política, y se libró del proceso propiamente dicho, aunque le llegaron a interrogar, pero el interrogatorio lo han robado y no lo tenemos”, se lamenta.

Entre los perseguidos por la Inquisición se incluye “cualquiera de los autores del siglo de Oro, Góngora, Quevedo, los más eminentes escritores estuvieron en su punto de mira porque la censura inquisitorial era fortísima”, subraya María Jesús. “Hay quien dice que si llegaron a ese rango de perfección literaria a la hora de redactar sus escritos es porque debían aguzar el ingenio para evitar la censura. Entonces decían las cosas más procaces, pero de la manera más elegante”.

Como curiosidad, Torquemada menciona que uno de los grandes autores del Siglo de Oro, Lope de Vega, militó en las filas de la Inquisición como familiar del Santo Oficio, lo que daba “cierto relieve social”.

Marcada por su apellido

La profesora María Jesús TorquemadaMaría Jesús Torquemada asume que el apellido que comparte con el que fue primer inquisidor, el fraile dominico Tomás de Torquemada, le ha marcado “absolutamente. Te puedes imaginar que esto no es pura coincidencia”. Recuerda cómo se dirigían a su padre sus amigos cuando era una niña. “Le decían: ‘hombre, ¿qué tal estás, gran inquisidor?’, y eso te llama la atención, porque yo veía que a los padres de mis amigos no les llamaban así”. Esa curiosidad infantil les empujó a ella y a sus hermanos a buscar respuestas. “Luego resulta que llegabas al colegio y estudiabas Historia y había un apartado en la época de los Reyes Católicos que se llamaba la Inquisición española y la profesora de turno te sacaba a la pizarra a decir la lección. Es algo que te persigue”.

Más tarde fue la vida la que la terminó de aproximar a esta parte concreta de la historia. “Recién entrada en la Facultad de Derecho de la Complutense hubo un catedrático, José Antonio Escudero, que fundó en esta facultad el Instituto de la Inquisición y como era de mi departamento me dijo que contaba conmigo y ahí me metí”. Desde entonces no ha dejado de investigar y de escribir.

En cuanto al uso despectivo con el que se emplea su apellido, considera “absolutamente normal que utilicen Torquemada para insultar, ha quedado como sinónimo de intolerante”, asume. Nada que ver con el carácter de esta profesora cuyos alumnos elogian. “Eso sí que es un logro, porque los alumnos tienden a aburrirse en las clases, son personas criadas con una pantalla delante, así que ir presencialmente para escuchar a alguien que les cuente cosas que les tocan muy de lejos como son estos asuntos de Historia del Derecho, que no es la Historia general, sino de la legislación, de cómo ha evolucionado el régimen jurídico español… es un reto”. Algo debe influir el hecho de ser una profesora “muy vocacional de aquello en lo que trabajo, así que, como diría mi padre, no tiene mérito porque no me supone un esfuerzo excesivo”, confiesa. “Creo que he tenido una suerte inmensa en la vida, estoy entre las poquísimas personas a las que les pagan por hacer lo que realmente les gusta”, concluye.

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