En 1460 los vecinos de Montejo de la Sierra compraron a un noble de Sepúlveda un espeso monte de hayas y robles a orillas del río Jarama, conocido entonces como El Chaparral. Al parecer, la transacción generó una serie de disputas sobre la propiedad del terreno, pues los señores de Buitrago reclamaban su posesión.
Según cuenta la tradición, fue el propio emperador Carlos I de España y V de Alemania quien zanjó el conflicto y reconoció de manera oficial que aquel bosque pertenecía al pueblo de Montejo. Hoy, ese enclave es conocido como el Hayedo de Montejo, uno de los hayedos más meridionales de Europa y un paraíso natural protegido.
En 2024 se cumplió el 50 aniversario de su declaración como Sitio Natural de Interés Nacional, y la Comunidad de Madrid ha aprovechado la efeméride para reconocer a sus fundadores con la Gran Cruz de la Orden del Dos de Mayo, como reconocimiento al “trabajo realizado para la conservación de este espacio”.
“Yo conozco el Hayedo desde 1964”, cuenta Antonio López Lillo, uno de los principales responsables de la buena conservación de este bosque. Entonces, López Lillo era profesor de Botánica de la Escuela de Ingenieros de Montes: “Llevaba mucho allí a mis alumnos y me quedé prendado del del sitio, porque es un sitio maravilloso”.
"Para poder gestionar bien algo, más en la naturaleza, es preciso contar con la ciencia”
Más tarde, Antonio López Lillo fue nombrado subdirector General de Protección de la Naturaleza del ICONA, lo que le permitió participar en la declaración como Sitio Natural de Interés Nacional (1974). No obstante, la verdadera relación de López Lillo con el Hayedo de Montejo no llegó hasta la década siguiente, cuando, en 1987, la Comunidad de Madrid le hizo cargo de la gestión del Hayedo: “Estuve un domingo con la familia y lo encontré un poco abandonado: barbacoas, merenderos, basura… Me pareció que aquello no era lo lógico”.
Este evento fue el detonante de la política de visitas reducidas, que ha resultado ser una de las claves de la buena conservación del lugar. “Se dió la casualidad de que ese mismo año yo había estado en Altamira, y vi que se hacían visitas concertadas, guiadas y con un número limitado de personas”, explica López Lillo. El ingeniero de Montes propuso adoptar el modelo y así se ha mantenido desde entonces.
El Hayedo se fue haciendo cada vez más conocido y López Lillo decidió que era momento de recurrir a la ciencia: “Lo había visto en otros lugares y pensé que sería muy interesante. Para poder gestionar bien algo, más en la naturaleza, es preciso contar con la ciencia”. El ingeniero acudió a José Alberto Prados y a Luis Gil, catedráticos de la Escuela de Ingenieros de Montes, y se puso en marcha un programa de investigación.
La singularidad del Hayedo de Montejo
Empezó en 1992 con la idea de “poner en valor el conocimiento de los aspectos científicos de las distintas especies del hayedo”, explica Luis Gil, quien cuenta también con una ladera a su nombre, en agradecimiento por la creación de los Grupos de Investigación de Genética y Fisiología Forestal, Sistemas Naturales e Historia Forestal.
Luis Gil explica que lo fascinante del Hayedo es su “singularidad”, el hecho de que en un espacio tan reducido se mezclen tres especies como el haya, el roble albar y el rebollo. “La particularidad es que el rebollo está en monte alto, cuando normalmente estas formaciones se encuentran en monte bajo”. Después de 34 años y 75 publicaciones científicas, el investigador resalta que se han aprendido cosas que parecen elementales pero que no siempre lo son: “Por ejemplo, que la haya, que tiene una copa de mayor tamaño y densidad, hace que apenas entre la luz y se genere un bosque monoespecífico, cosa que sirve para contradecir algunas de las generalidades que emite el mundo científico”.
La popularidad del Hayedo ha ido en aumento con el paso de los años, con lo que el régimen de visitas ha resultado ser una decisión providencial para la conservación del bosque. “En tiempos era muy difícil venir a Montejo y tener donde comer. Después vimos que con todas las visitas que hicimos, con toda la gente que iba, empezaron a aparecer restaurantes y la cosa fue avanzando, los fines de semana va mucha gente”, cuenta Antonio López Lillo.
Carlos Hernán, exalcalde de Montejo, confirma que antes había “como mucho alguna taberna para comerte unos huevos fritos con patatas”, pero que la cosa ha cambiado mucho con la llegada del turismo: “Ahora hay restaurantes muy buenos y hasta apartamentos rurales”. Hernán cuenta que, aún sin tener idea del impacto que tendría el turismo en el futuro, los habitantes de Montejo siempre supieron el valor que tenía el Hayedo: “Siempre he visto en mis padres y mis abuelos ese apego hacia el bosque… Ellos sabían que esta finca era algo importante, aunque fuera para llevar el ganado”.

Si hay alguien que representa el apego popular que despierta este bosque es Rafael de Frutos, al que algunos llaman el poeta del Hayedo: “¿El poeta del Hayedo? Ay, la gente miente mucho, me parece a mí”, bromea. “Tengo que decirle que no tengo ningún título universitario (yo nací antes de la guerra y fueron unos años difíciles), sólo soy un aficionado al campo, me gusta la naturaleza y escribo algunas cosas, pero vamos que ni he estudiado métrica ni nada”.
“Me da mucha pena que en los pueblos no se hable más de su historia"
De Frutos asegura que simplemente se ha dedicado a contar las historias que han ocurrido en el lugar, a modo de costumbrismo: “Me da mucha pena que en los pueblos no se hable más de su historia. A todo el mundo le gusta saber dónde están sus raíces y sus costumbres, que quedan en el olvido y desaparecen. Me gustaría dejar escritas cosas para que las puedan leer mis nietos”, resume.
El Hayedo de Montejo posee la catalogación oficial de Sitio Natural de Interés Nacional. Consta de 222 hectáreas con una altitud máxima de 1.600 metros y se encuentra rodeado de una gran variedad de flora y fauna y en 2017 la UNESCO lo declaró Patrimonio Natural de la Humanidad. “A día de hoy, puedo decir, sin equivocarme, que el Hayedo de Montejo es el bosque mejor investigado que hay en España”, concluye Antonio López Lillo.