Cada vez estoy más seguro de que en muchas zonas del mundo se construyeron parques que son una fuente inagotable de creatividad, la cual está ahí por algún motivo, en forma de señales iniciáticas que cualquiera puede emplear, a disposición de aquellos que se consideren buscadores y no meros caminantes o coleccionistas de selfies. Un claro ejemplo de esta magia lo encontramos en varias representaciones mitológicas que en ocasiones han estado entre la realidad y la ficción como es el caso de unas sirenas que podemos ver encaradas hacia el estanque, junto a la torrecilla. Pero no es la única representación de seres acuáticos antropomorfos, pues también tenemos una fuente con tritones y otra – la de la Alcachofa– en la que vemos a las nereidas. Unos y otras son deidades o semidioses clásicos vinculados al líquido elemento.
A continuación del citado mirador real encontramos el paseo de la Argentina, en el que tenemos dos hileras de estatuas que representan reyes importantes en la historia de España. Se cree que estos reyes de piedra deberían haber estado ubicados en la cornisa del Palacio Real, y de hecho hay unas pocas allí instaladas. La mayoría están en la plaza de Oriente, jardines de Sabatini, y en este parque. La leyenda nos dice que Isabel de Farnesio convenció a su hijo Carlos III de que no las situara en el palacio en interpretación a un sueño que tuvo. Durante ese trance, la esposa de Felipe V era sepultada por una de estas estatuas que se caía desde el noble edificio por un pequeño terremoto, causando su muerte. Esto se interpretó, además, como el final de la monarquía si finalmente se colocaban las estatuas en su sitio. Así que, ya sea por estética o superstición, los monarcas fueron almacenados y más tarde, con Isabel II, colocados fuera de las estancias reales.
En la antigua Casa de Fieras –donde hubo hasta un oso polar– podemos ver un juguetón personaje que está ahí desde que en 1985 lo materializara José Noja, con su gorro y su flauta, si bien es cierto que el duende del Retiro lleva en el parque desde el siglo XVIII. Se trata de un pequeño ser que habría sido visto por la nobleza y su servidumbre cuando el parque era aún de uso exclusivo de la monarquía, ya que fuer creado en el siglo XVII por Felipe IV, con su propio palacio para uso recreativo. Esta aparición sería muy positiva, pues traería la exuberancia en plantas y flores, y el amor eterno a aquellos que lo vieran danzar entre los arbustos.
Quizás uno de los emblemas del Retiro sea la estatua dedicada a Luzbel, Lucifer o el Ángel Caído: el portador de la luz. En los remotísimos tiempos de la Creación, según los relatos bíblicos, se trataba de uno de los más hermosos ángeles a las órdenes de Dios: su preferido. Este, pecando en la arrogancia, se quiso rebelar contra su creador para hacerse dueño y señor de la Tierra, motivo por el cual fue desterrado del reino de los cielos, convirtiéndose en el antagonista de Dios (diablo, que significa adversario). Sin duda cuando fue colocado en 1887, provocó cierta polémica en el pueblo madrileño asentándose en el Retiro, procedente de los talleres del escultor Ricardo Bellver. Como podemos ver en la estatua –situada a 666 kilómetros sobre el nivel del mar– Lucifer mira con espanto hacia los cielos, de donde acaba de ser desterrado. Enroscada a su cuerpo vemos una serpiente, símbolo del pecado y de lo demoníaco. En la base del conjunto vemos unos divertidos diablillos que arrojan agua a la pila. En contra de lo que se asegura, no es la única estatua dedicada al Ángel Caído en el mundo, aunque es cierto que este arquetipo no abunda. Sea como fuere, el caso es que se trata de un lugar con una energía especial que ha sido empleado por ciertos cultos luciferinos para sus ritos. Un lugar repleto de misterios, al que ya solo solo le faltarían psicofonías para ser un lugar «redondo». Y las mostraremos en un próximo artículo de #MadridMisterioso.
Álvaro Martín: periodista de Onda Madrid y guía en las Rutas Misteriosas por la ciudad de Madrid.