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Menos humos

jueves 12 de noviembre de 2015, 11:11h
Hacía muchos años que en Madrid no se vivía un episodio de toma de medidas por alta contaminación. Y no porque no haya habido niveles de polución preocupantes: estos se alcanzan cada año más o menos, a partir de estas fechas y, sobre todo, en las primeras semanas de enero. Es entonces cuando la combinación del anticiclón –cargando de un sol espléndido nuestros días- y las fuertes heladas –terribles por la noche- produce el fenómeno de la inversión térmica que deja atrapado y sin posibilidad de escapar y diluirse a todos esos contaminantes emanados en su mayoría de los vehículos a lo largo de la jornada. Curiosamente, las peores horas del fenómeno son precisamente aquellas primeras de la noche, cuando parece que baja la intensidad del tráfico.

Año tras año, Madrid se ha calado la boina según llegaba el invierno, y ha permanecido con ella puesta hasta la primavera, o hasta que las lluvias le permitían cambiarla por un paraguas, para respiro –literalmente- de los madrileños, que veían así renovado su aire. Ha llovido, en todos los sentidos, mucho desde aquellos primeros 90 en los que el alcalde Álvarez del Manzano debía declarar las primeras medidas anticontaminación, encaminadas sobre todo a reducir las partículas en suspensión. Entonces, lo que se aplicaba era la restricción del horario de funcionamiento de las calefacciones y, sólo en casos extremos, la suspensión de la actividad de fábricas –algo reglamentado pero que nunca llegó a aplicarse en la capital-. El motivo era que entonces, el principal contaminante era producto de la combustión del carbón en miles de calderas de casas madrileñas. Un ambicioso plan de reconversión de estas calderas en otras más ecológicas, subvencionadas por el Ayuntamiento a iniciativa de la diligente concejal de Medio Ambiente Esperanza Aguirre, inició el camino para solucionar un problema que hoy, en efecto, ya no lo es.

Pero quedaban otros contaminantes, y algunos se fueron haciendo fuertes en el aire que respirábamos los madrileños. Sobre todo, el dióxido de carbono generado por el tráfico urbano. E incrementado por el aumento de los vehículos con motor a diesel. Llegados a este punto, y con la normativa europea cada vez más estricta en este punto, Madrid vive un nuevo otoño-invierno con la boina calada hasta las cejas. El Ayuntamiento de Manuela Carmena no ha dudado ni un minuto en poner en marcha las medidas que la reglamentación municipal establece para estos casos, empezando por una limitación de velocidad en la M-30 –de los 90 kilómetros por hora tradicionales a 70- que no parece tener mucha utilidad práctica, dado que en la hora punta de la mañana no se puede circular a 70 ni casi a la mitad, debido a los atascos. Y además, ni los carteles de la autovía anunciaban la medida ni ésta se ha publicitado lo suficiente como para que los conductores la conozcan.

En todo caso, no parece que vaya a solucionar mucho, aunque hay que reconocer la valentía del equipo de Gobierno por ponerla en marcha –en coherencia con lo que tantos años han defendido desde la oposición-. No se nos olvide que el protocolo para episodios de alta contaminación no se para ahí, y propone otras medidas más potentes en caso de que la contaminación continúe aumentando: restricción de circulación de vehículos según el número de matrícula, por ejemplo. Y no me cabe ninguna duda de que este Gobierno local no tendrá reparos en aplicarla, aunque eso suponga un pequeño gran caos en la ciudad. De momento, a la espera de estudiar la eficacia de la reducción de velocidad puesta en marcha, nos queda el recurso tradicional de mirar al cielo y esperar a ver si cambia el tiempo.
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