Narros montó en 1990 un caballero de Olmedo para la Compañía Nacional de Teatro Clásico que resultó memorable. Tras la versión que ahora firma Lluis Pascual en Pavón, seguiremos recordando la de Narros. Lo cierto es que ambas tienen poco que ver en la puesta en escena. Pero El caballero es un monumento de la literatura dramática del Siglo de Oro y trivializarlo resquebraja su esplendor. Aunque le canten tangos y bulerías, como en esta propuesta.
Es un montaje para la Joven Compañía, que reúne un sólido plantel de intérpretes sobradamente preparados para afrontar cualquier trabajo escénico. Están en esas edades que encajan perfectamente con las de sus personajes. Y no dicen mal el verso, lo que, en estos tiempos, es muy meritorio. Derrochan energía y el público lo premia ruidosamente. Pero creo que estarían igual de brillantes con una propuesta que no supusiera la deconstrucción del texto original. Carmen Machi, sustituta de Rosa María Sardá en los últimos momentos, aporta su dominio del humor como la alcahueta Flavia.
Últimamente asistimos al despojamiento de la grandeza en obras importantes, como en el "Julio César" que se representa actualmente. Quizá los directores piensen que el público del siglo XXI no tiene capacidad para absorber la grandeza de unos textos modélicos o para aguantar su extensión. Y se tiende a la trivialización. Creo que el teatro debe hacerse asequible para los espectadores pero no a costa de devaluar su riqueza.
Por otra parte el recurso de acudir a los ropajes de ensayo, de suprimir cualquier atisbo de escenografía, de recurrir a unos escasos elementos de atrezzo y vestuario, está ya muy trillado. Gades logró una obra maestra con su "Carmen" en esta clave. Pero ya está muy vista. En teatro, como en tantas otras artes, lo que no suma, estorba. Aquí, por ejemplo, no añade nada que Tello, el gracioso de la comedia, hablé con un cerrado acento ¿andaluz? El resultado, sin embargo, es que no se entiende su texto. Incluir un tango, para separar dos actos, es una gracieta que tampoco añade nada y saca al espectador de la trama principal.
Queda, de esta propuesta, el sólido trabajo de los actores, la alegría de comprobar que existe una generación para el relevo que garantiza el brillo futuro de la escena. Las entradas se han agotado ya para varias representaciones. Y lo mismo ocurre para la próxima reposición de "La vida es sueño". Si el teatro, y el clásico, interesa tanto hay que reflexionar sobre la conveniencia de presentarlo en todo su esplendor. Sin reducciones a lo "Reader's digest".