Entonces, el alcalde adoptó
una estrategia política muy discreta que le ha permitido ganarse la confianza del actual presidente. Tras un órdago en el que dudó si abandonar la política, regresó y se dedicó a su tarea municipalista con el único acicate de hacerse con los Juegos. Fue
el principal heraldo de Rajoy en el congreso popular de Valencia, cuando Aguirre cuestionó su liderazgo. Eso le valió entrar en
el núcleo duro del nuevo PP y llevarse a Manuel Cobo consigo. Vino
la derrota de Copenhague y siguió en el cargo, mientras ganaba peso a ojos de todos los españoles mostrando la capacidad de encabezar una apuesta como las Olímpiadas, poniendo bajo su ala al rey, al Gobierno, la oposición y la Comunidad de Madrid.
La legislatura siguió adelante y Ruiz-Gallardón aparecía y desaparecía como un rayo para atacar al Gobierno y apoyar las tesis de Rajoy. Cuando el presidente socialista
cerró el grifo de la refinanciación de deuda a los ayuntamientos, el alcalde capitalino encabezó la guerra abierta con el Gobierno por esta materia. Buscó un marco singular para este enfrentamiento:
el desfile de las fuerzas armadas. De esta escena arrancó al Gobierno la subrogación de Calle 30 y salvó
los presupuestos de 2011 'in extremis' después de hacer malabarismos financieros de última hora, como
la 'autoventa' de las acciones municipales de Mercamadrid.
Llegó a las elecciones municipales como candidato a la Alcaldía por tercera vez consecutiva, a pesar de que había dicho en varias ocasiones que su proyecto estaría completo en ocho años. Su proyecto estrella fue el empleo. Prometió
crear 150.000 empleos en cuatro años, medida que llevaría a cabo mediante incentivos fiscales. El desgaste de su enfrentamiento con el Gobierno le pasó factura en las urnas, principalmente, por el nivel de deuda que acumula su administración. Él defendió en los comicios que toda la inversión ha generado actividad económica y empleo, pero su empeño solo le sirvió para dejarse varios concejales por el camino.
El traspaso de poderes
Tras las elecciones, comenzó a preparar el trampolín al Congreso. El anuncio de elecciones anticipadas aceleró su carrera. Pronto,
Rajoy le llamó a filas. Esta vez el presidente le incluyó en sus listas. Todo el mundo le señaló entonces como uno de los ministrables y comenzaron los rumores sobre la cartera que le adjudicarían. Defensa, Fomento, Justicia, Interior... Se admitían apuestas de cuál sería su departamento. Su marcha suponía dejar al frente del Ayuntamiento a
Ana Botella, algo que él había preparado poco a poco entre la legislatura anterior y esta. . A la vez, creaba el caldo de cultivo adecuado para que la opinión pública no viese con malos ojos el traspaso de poderes.
Su argumentario fue el espejo de esta estrategia. Su primera posición fue asegurar contundentemente que él siempre ha permanecido la totalidad de los mandatos que le han otorgado los ciudadanos. Luego aseguró que un ministerio tenía más capacidad que un ayuntamiento para ayudar a la gente. El tercer episodio fue asegurar -a través del vicealcalde Manuel Cobo- que estaría
donde el Partido Popular le requiriese. El último paso fue asegurar que
Ana Botella sería una estupenda alcaldesa.
Alberto Ruiz-Gallardón abandona la política madrileña después de 24 años ininterrumpidos de trabajo, de los que 16 ha gobernado, primero como opositor, luego como presidente regional y luego como alcalde de Madrid. En su haber mientras ha estado en estos dos cargos en Madrid queda
el soterramiento parcial de la M-30; el inicio del proyecto del Parque Lineal del Manzanares, con
Madrid Río como principal escenario; la recuperación de edificios singulares para el municipio como Matadero y
Conde Duque; la adquisición del
Palacio de Cibeles como nueva sede central del Ayuntamiento; la construcción de 90 kilómetros de Metro, y la negociación de la transferencia de competencias del Estado. En su debe quedan
las enormes deudas que ha dejado en el Ayuntamiento (por Calle 30 y las empresas municipales); las dos derrotas en
la carrera olímpica; el que haya dejado en segundo plano las infraestructuras menores para invertir en grandes proyectos; la privatización de numerosos servicios;
los altos niveles de contaminación, y los enfrentamientos con Esperanza Aguirre que han bloqueado proyectos como
el Eje Prado-Recoletos.