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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

dos imágenes del primer proyecto de catedral presentado por el Marqués de Cubas al rey Alfonso XII en 1886
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dos imágenes del primer proyecto de catedral presentado por el Marqués de Cubas al rey Alfonso XII en 1886 (Foto: Juan Luis Jaén)

El sueño neogótico del marqués de Cubas

sábado 08 de noviembre de 2025, 08:00h
Actualizado: 19/11/2025 18:48h

En el subsuelo de Madrid, justo donde la Cuesta de la Vega se inclina hacia el Manzanares, se esconde una de las construcciones más singulares y menos conocidas de la ciudad: la Cripta de la Catedral de la Almudena. Consagrada el 8 de noviembre de 1886, esta joya neorrománica fue el primer paso de un proyecto monumental que tardaría más de un siglo en completarse.

El arquitecto Francisco de Cubas, marqués de Cubas, soñó con una catedral neogótica que rivalizara con las grandes de Europa. Pero Madrid, fiel a su carácter, decidió empezar por abajo. La cripta se convirtió en templo, en refugio durante la Guerra Civil, en archivo secreto y en lugar de descanso para figuras ilustres como Villegas Cordero, Areilza o el propio marqués.

Durante el asedio de la ciudad, vecinos del barrio de Palacio bajaban con mantas y rosarios, buscando en sus columnas frías un muro contra el miedo. Se celebraban misas clandestinas, se escondían obras de arte y documentos confidenciales. La cripta fue trinchera espiritual y testigo silencioso de la historia. Décadas después, en 1993, la Catedral de la Almudena fue finalmente consagrada por el papa Juan Pablo II. Para entonces, la cripta ya había cumplido su papel: ser la raíz de una catedral que nació bajo tierra.

Hoy, quien desciende por la rampa discreta de la Cuesta de la Vega descubre un bosque de más de 400 columnas, capillas privadas, vitrales que filtran luz dorada y lápidas que guardan nombres ilustres. Aquí reposan el marqués de Cubas, el pintor José Villegas Cordero y el político José María de Areilza. Durante más de un siglo, esta cripta fue la catedral invisible, la catedral enterrada.

Tal día como hoy, 8 de noviembre de 1886, Madrid no levantó una catedral. Abrió una herida en la piedra. Una entrada al subsuelo donde la fe se hizo arquitectura. No fue el inicio de una iglesia, sino el comienzo de una memoria enterrada que aún respira bajo la ciudad.

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