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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Los colores que tejieron una nación
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(Foto: PEXELS)

Los colores que tejieron una nación

lunes 13 de octubre de 2025, 08:00h
Actualizado: 19/11/2025 18:54h

Madrid, 13 de octubre de 1843. Ese día, Isabel II firmó el decreto que oficializó el rojo y el amarillo como los colores de la bandera nacional. No fue una decisión estética, sino política y simbólica: un gesto que buscaba unificar un país que hasta entonces ondeaba pendones diversos en cuarteles, barcos y plazas.

La historia de la bandera comenzó décadas antes, cuando Carlos III encargó en 1785 un diseño que distinguiera a España en alta mar. De las doce propuestas, eligió una por su visibilidad: tres franjas horizontales —roja, amarilla, roja— con la amarilla al centro, el doble de ancha. Ese diseño se adoptó en la Armada, pero no en el resto del país… hasta aquel octubre de 1843.

La nueva bandera lucía el escudo real en el centro, con los blasones de Castilla, León, Aragón y Navarra, la flor de granada y las columnas de Hércules envueltas por la cinta azul con el lema “Plus Ultra”. Un lema heredado del emperador Carlos V que rompía con el antiguo Non plus ultra y proclamaba ambición: mirar más allá, cruzar océanos, expandir horizontes.

En Madrid, la noticia se filtró entre pregones y mentideros. Los comerciantes pedían más tela amarilla, los balcones improvisaban banderas cosidas con retales y en la Plaza Mayor un vendedor agotaba sus escarapelas rojas y amarillas en una hora. La escarapela, pequeña roseta de cintas, era entonces más que un adorno: una declaración de identidad.

Desde entonces, la bandera ha cambiado con los tiempos: perdió la corona en el Sexenio Democrático, se tiñó de morado en la Segunda República, se envolvió en el águila de San Juan durante el franquismo y recuperó su esencia en la Transición. Hoy ondea con el escudo constitucional y el lema que sigue mirando más allá: Plus Ultra.

Pero la bandera no es solo tela. Es espejo. Refleja lo que somos, lo que fuimos, lo que queremos ser. Para muchos, representa historia y convivencia; para otros, despierta recelos. Como todo símbolo, no se impone: se adopta. Y cuando se convierte en costumbre, deja de ser decreto para ser memoria compartida.

Tal día como hoy, Madrid no solo recibió un decreto: recibió una forma de reconocerse. Una tela que ha cambiado de escudo y de contexto, pero nunca de esencia. Porque la identidad también se construye con matices.

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