Enrique Villalba (Madrid, 1982) es periodista, geopolitólogo, historiador y profesor especializado en atención a la diversidad y enseñanza a alumnado con altas capacidades. Ha autopublicado en
Amazon el libro educativo
'Enseñar geopolítica en Educación Secundaria Obligatoria', la primera adaptación del país de esta
disciplina geográfica al sistema educativo, tras su inclusión en la Lomloe.
¿Qué le motivó a escribir este libro?
Al terminar mis estudios en Geografía e Historia y dedicarme a la docencia realicé una de las primeras adaptaciones curriculares de la geopolítica al aula en España, aprovechando que la Comunidad de Madrid y la Comunidad Canaria habían incluido breves referencias al respecto en sus currículos. Al empezar a ejercer, me di cuenta que su impartición era casi una quimera porque la Geografía está arrinconada a nivel pedagógico, incluso por los propios profesores de Ciencias Sociales, casi todos historiadores. También, porque es una subdisciplina muy condicionada por su uso en época nazi, aunque su gestación es anterior y fue recuperada posteriormente por culturas y naciones de distinto signo político y cultural. De tal modo, había también un señalamiento ideológico que pesa mucho en muchos centros y departamentos, que tienen una agenda muy marcada en este sentido, lo que provoca que nadie quiera ser cancelado. En tercer lugar y correlativo con mi argumento anterior, la geopolítica educa el pensamiento crítico respecto a la política y el razonamiento estratégico, lo que evita someterse a manipulaciones, y eso no gusta a profesores que no enseñan sino que adoctrinan en sus aulas sin tener ningún derecho a ello, cuando saben perfectamente que sus alumnos están inermes ante los dogmas que estos prescriben.
¿Cómo se articula el libro?
El libro está configurado de forma modular y pensado para que los alumnos trabajen en la medida de lo posible con los mismos parámetros que los de los analistas geopolíticos. No es un texto monolítico que hay que utilizar entero, como otros manuales pedagógicos, que están pensados para cumplir con la burocracia y cubrir los requerimientos ideológicos y metodológicos que exige cada normativa pero que no responden a la realidad profesional. Cada capítulo está pensado para que le pueda servir a cada docente de distinta manera porque las necesidades de cada uno son distintas. Hago una introducción de los principios geopolíticos, de su historia como disciplina, que es inherente a la existencia del poder; su transposición legal, la metodología pedagógica que mejor se adapta a su enseñanza, una serie de talleres de ejemplo y, por último, un sistema de evaluación propio, que es la parte que considero más innovadora. Por supuesto, no es una biblia. La biblia está en la experiencia de cada profesional, pero ofrece resultados que he podido ir comprobando en un proceso largo de prueba y error.
¿Cuál fue ese proceso?
Como decía, la Geografía es una disciplina muy maltratada cuando se aplica constantemente en nuestra vida diaria. Como no encontraba demasiados productos útiles para su enseñanza entre el alumnado en los materiales disponibles, me centré en crear contenidos propios para mis alumnos de tercero y cuarto de la ESO que me fueron llevando a la creación del libro. He aplicado sistemas de información geográfica, aplicaciones matemáticas a partir del ajedrez y del big data, diatopos -sistemas de información por capas-, microlaboratorios económicos y políticos, generación de gráficas, cartografías, distintas fórmulas de debate escolar...
"La Geografía es una disciplina muy maltratada"
Poco a poco, como cualquier docente, fui descartando o puliendo herramientas que funcionaban peor y perfeccionando las que lo hacían mejor. A ello le añadí otros elementos que fui encontrando a través de mi experiencia personal. El profesor tiene que tener mucha calle y muchas lecturas para enseñar bien. Yo abogo porque muchos docentes trabajen antes y durante su vida docente en otras profesiones para saber cómo funciona la realidad. Ya lo decía Cervantes: "El que anda mucho y lee mucho, vive mucho y sabe mucho".
¿Cómo se enseña la geopolítica?
Debería utilizarse como una herramienta, no como un contenido. Soy un profundo defensor de la memorización de contenidos y la clase magistral, pero, si no aplicas lo que aprendes, el conocimiento no sirve para nada, como decía Confucio. Hay que saber qué conocimientos hay que teorizar y cuáles instrumentalizar. Prefiero que los alumnos comprendan qué es la prospectiva y un diatopo mediante su aplicación que por su memorización. Si se entiende este concepto, la geopolítica tiene aplicaciones que exceden la asignatura de Geografía e Historia porque es una disciplina transversal o, por el contrario, al ser una subdisciplina geográfica, un contenedor en el que se aplican distintas disciplinas a la realidad sociopolítica y que permite una visión estratégica. Se puede aprender Religión, Geología, Biología, Idiomas, Lengua, Tecnología o Música, de forma geopolítica.
¿Por qué es una disciplina muy antigua?
Porque es inherente al poder. No se trata de Geografía política al uso, pues no se trata de valorar elementos estáticos como el Estado, sino de entender la dinámica en la que evoluciona. Se encuentran rasgos geopolíticos en autores como Tucídides, los clásicos chinos o los espejos de príncipes medievales, entre otras muchas obras.
"La geopolítica permite entender el mundo en el que vivimos en su complejidad"
¿Para qué sirve que los estudiantes conozcan qué es la geopolítica?
Para que entiendan de manera crítica, con datos y herramientas, el mundo en el que vivimos en su complejidad. Permite pensar de manera estratégica, con visión de futuro. Adelantarse, innovar, detectar problemas, realizar análisis multicausales, generar liderazgos, sacar conclusiones y tomar decisiones... Nos obliga a dudar y a constatar con datos y con las visiones de nuestros semejantes lo que ocurre a nuestro alrededor. Nos quejamos de que la inteligencia artificial va a acabar con el trabajo humano y no potenciamos nuestra capacidad intelectual. La geopolítica ayuda a salir de ese círculo de actitudes derrotistas, acomodadas y autocomplacientes. Claro, eso supone conocer cómo es el mundo, lo que conlleva el riesgo de madurar y ver lo que cuesta mantener lo que, como individuos y como sociedad, hemos conseguido.
¿Los alumnos están preparados para conocer el mundo?
Por supuesto que sí. No es cierto que la juventud esté menos preparada o sea más tonta que en otra época. Sus peores resultados son muestra de nuestros fracasos como la sociedad que prescribe su aprendizaje. No hay que sentirse culpables por ello, hay que rectificar esos errores que pasan, a mi juicio, por un mayor nivel de exigencia. Respecto a su preparación personal para el mundo, no se puede conocer algo sin exponerse a ello. Hay cierta obsesión educativa con la profilaxis de la realidad. Parece que el alumno ha de comprender lo que ocurre con razonamientos y fenómenos definidos y embalados con un lazo, sin que haya derecho a la disensión o al pensamiento alternativo. La realidad no está regida por una dicotomía de blanco y negro. Eso nos impide entender toda la gama de grises que nos ofrece la vida. Esos grises permiten cuestionar la realidad y crecer.
"Cuando aprende, el alumno hace preguntas y busca respuestas"
Cuando aprende, el alumno hace preguntas y busca respuestas. Sus respuestas. No las del profesor, que debe guiarle, no prescribirle lo que tiene que pensar. El adolescente no sólo tiene que escuchar. Tiene que hablar, probar, acertar y equivocarse. El problema es entender que el sistema educativo que se autoimpone la sociedad debe ser una doctrina y transmitir al adolescente que cualquier cuestionamiento o cualquier idea que salga de la ortodoxia es necesariamente equivocada. Los prescriptores de ideas tienen mucho miedo de que salgamos del camino, por lo que se politiza toda la formación dentro de agendas ideológicas. El sistema está pensado para la militancia, el reduccionismo y la industrialización de las ideas y de los individuos. Además, se patologiza y emocionaliza el aprendizaje, lo que es un error. Se promueve que se aprenda con las tripas y eso genera alumnos que actúan como masa irracional. Y el poder, gracias a la propaganda, está encantado con esa perspectiva, claro.
¿En qué consiste el sistema de evaluación propio del que habla?
Prácticamente todos los teóricos de la pedagogía abogan por impregnar el aprendizaje de retos intelectuales de grado superior, ahora que está tan de moda la taxonomía de Bloom. Pretende ser representada por las situaciones de aprendizaje sin asumir que esta se debe desarrollar como un proceso progresivo. No se puede aplicar un procedimiento sin conocimientos previos. Eso es ir como un pollo sin cabeza. Además, por contra, se aboga por una escuela igualitarista que disuelva las diferencias de rendimiento entre alumnos y huya del concepto de fracaso y frustración, aspectos que a mi juicio son un error porque no representan la realidad a la que se tienen que enfrentar los estudiantes en su vida presente y futura.
Mi postura es la de enseñar a gestionar la incertidumbre, tener las herramientas para poder hacer frente a lo que pasará. En ese sentido, es necesario tener un conocimiento previo y demostrar su aplicación para el mundo real. Muchos docentes no aplican en clase lo que ocurre en la realidad profesional y vital, sino lo que les dice la burocracia, la normativa o su propia ideología, amparándose en una mal entendida libertad de cátedra o una autonomía de centro. La geopolítica trabaja con herramientas de prospectiva porque trata de gestionar el futuro, un período desconocido lleno de posibilidades. Decía Kant que la inteligencia se mide en función de la cantidad de incertidumbre que somos capaces de asumir y gestionar. Es decir, exactamente lo contrario a lo que propugnan los gurús de la sobreprotección y anulación del carácter del estudiante representados en los psicólogos, sociólogos y politólogos que han tomado al asalto la forma en la que se trabaja en las clases, al igual que han hecho con la paternidad y con otras instituciones clave en la construcción personal de los individuos.
"Mi postura es la de enseñar a gestionar la incertidumbre"
Para elaborar mi propuesta de evaluación, he adoptado una idea del profesor Robert Gagné, que hablaba de una evaluación prospectiva más que de una evaluación retrospectiva para las aulas. De tal manera, el estudiante reflexiona en cómo le va a servir lo que aprende al enfrentarse a lo desconocido, a la incertidumbre, no demostrar lo que ya ha aprendido. Eso supone valorar que el alumno no puede calificarse entre el 0 y el 10, sino entre el menos infinito y el más infinito. Por tanto, la evaluación debe realizarse de manera asintótica con retos dotados de progresividad que permitan llevar al alumno a su máximo rendimiento, que es exactamente lo que van a valorar de ellos cualquier empresa en la que trabajen o cualquier cliente que tengan. Se trata de promover un modelo meritocrático y no un concepto falsamente inclusivo que vende que nadie se queda fuera cuando lo que se está haciendo es vaciar de valor los títulos educativos y prorrogar la exclusión hasta el período profesional, momento en que se denuncian discriminaciones y se aboga por una intervención asistencialista del Estado. En realidad, mi propuesta es una adaptación del modelo de enriquecimiento de Renzulli y Reis para alumnado de altas capacidades para toda la escuela.
¿Cómo se aborda el conflicto geopolítico desde el aula?
En primer lugar, con naturalidad. La sociedad piensa que la mejor manera de proteger a sus miembros es a través de la censura, el establecimiento de dogmas y la falta de debate. Si no hay conflicto intelectual, el aprendizaje no avanza. En las aulas tienen que saltar las chispas que encienden los cerebros. La censura como manera de pensar crea estudiantes que van a tener muchos problemas para afrontar el futuro porque no se frustran y no son capaces de soportar dolor. Así pasa en las universidades americanas, que ponen espacios seguros donde mayores de edad necesitan abrazarse a peluches por no escuchar lo que no se ajusta a su realidad. Esa es una actitud victimista. También está la vertiente violenta de esa misma actitud, que la encontramos en grupos que hacen escraches a quien piensan distinto gritando cosas como "fuera fascistas de la universidad". Eso lo hacen en el templo del conocimiento profesores y alumnos, la supuesta élite intelectual.
Si se extrapola a un colegio, tiene unas consecuencias devastadoras porque se supone que los menores todavía no tienen un criterio formado. No se trata de que el profesor actúe como un sacerdote, proclamando dogmas, sino que dé que pensar a los alumnos. De guiar, acompañar y explicar. Por ejemplo, si hay que hablar de pobreza, hay que señalar sus causas y circunstancias para promover la lucha contra la necesidad, pero también hay que decir qué se está haciendo para resolverla. Por ejemplo, hace un flaco favor a sus alumnos el profesor que habla de pobreza con indicadores nefastos metodológicamente como el coeficiente GINI, que dice que en Kirguistán la sociedad es más igualitaria y hay más acceso a servicios que en la Unión Europea, y no se usen otros coeficientes basados en datos del Banco Mundial que demuestran que la pobreza, tal y como está definida, se lleva reduciendo desde hace muchos años. Otra cosa es, como decía, la escala de grises en la que se analiza el fenómeno.