José Manuel Díaz Palomares se ha propuesto un reto: recorrer en bicicleta la distancia que separa Madrid de Cabo Norte (Noruega) en autosuficiencia. La aventura le llevará por ocho países a lo largo de 4.800 kilómetros en 25 días, una experiencia extrema que además será benéfica. Su plan es partir en solitario el 9 de julio, aprovechando sus vacaciones. Diez días después, en Hamburgo se sumará al desafío su pareja, la alemana Patrizia Schidlo, para completar juntos el resto del itinerario.
"Ella en principio no tenía disponibilidad para cuatro semanas y realmente al principio también le dio un poco de miedo afrontar todo el viaje, el calor lo lleva peor y en las etapas de salida en España y Francia podemos llegar a los 40 grados", aclara este guardia civil destacado en la Escuela de Adiestramiento de Perros que la Benemérita tiene en El Pardo.
Han elegido como destino el punto accesible más septentrional de Europa porque es "un poco místico para los viajeros. Va mucha gente en moto, en autocaravana, en bici también. Es un poco como el viaje al confín de Europa", explica José Manuel.
Los dos ciclistas no son nuevos en las pruebas de larga distancia, pero esta es la primera vez que lo hacen en autosuficiencia total, es decir, llevando consigo todo lo necesario para el viaje y preparados para "torear los imprevistos". Recuerda cuando hace dos años hizo un viaje de Viena a Barcelona con unos amigos "y rompí el cambio, así que tienes que coger un tren, buscar un sitio donde poder arreglar la bici, un sitio para comer, adaptarte a las situaciones; si te pilla una tormenta y te quedas sin ropa, pues te tienes que adaptar, es un poco la dificultad de la autosuficiencia".
Equipaje mínimo
Hacer el equipaje para cerca de un mes teniendo en cuenta que solo llevas una bicicleta con la que vas a recorrer tantos kilómetros no parece fácil. "A grandes rasgos en este viaje voy a llevar dos equipaciones ciclistas de verano; una de invierno, porque cuando llegas allí hace frío, y ropa de calle; un pantalón corto; una camiseta, y con las perneras, los manguitos y la chaqueta de invierno, ir jugando con ellos. Cada dos, tres días, hay que lavar ropa y ya está. De calzado, todavía no tengo claro, seguramente unas chanclas con velcro que me sirvan también para mojarme y para todo".
Una vez completada la elección del contenido, llega el momento de escoger el 'continente' más adecuado. "Llevo unas bolsas de bikepacking de Geosmina, una atrás, y luego con un enganche de metal que sale del sillín para que no se mueva esa bolsa que además tiene dos agujeritos a los lados para portabidones, lo que hago es poner dos ensambles para dos mochilas chiquititas de cuatro litros más".
La comida con la que se alimentarán durante el viaje la adquirirán sobre la marcha cada día, "barritas y geles, puedo llevar tres o cuatro de cada para una emergencia, pero no se puede cargar con esto". Otra cosa que inevitablemente tiene que caber en el equipaje de su bici es "un pequeño botiquín con antihistamínicos. Yo no soy alérgico, pero sí me produce mucha reacción la picadura de insectos". Tampoco pueden faltar "algún pequeño repuesto, un par de radios, el cargador de la batería del cambio, herramientas. Al final entre una cosa y otra metes cinco kilos y pico en la bici y eso intentando ir al mínimo".
Itinerario cerrado
Sobre el papel ha trazado un itinerario con las etapas y los lugares en los que parar a dormir. "En un principio pensé ir un poco más a la aventura, pero luego también dije que si voy a llegar después de tantos kilómetros y ponerme a buscar un hotel, mejor lo llevo reservado desde aquí".
Calcula que harán una media de 200 kilómetros diarios con un día de descanso y otro para disfrutar de la meta en Cabo Norte, aunque hay etapas más largas y otras menores. "El día que cruzo París solamente hago 125, porque atravesar una ciudad así lleva más tiempo y también por recrearme tranquilamente; el día que llegamos a Estocolmo hacemos 130 y luego cogemos un ferry por la noche".
Este desafío conlleva una carga íntima y emocional, "no deja de ser un viaje también hacia el interior". La primera parte de la aventura, la que debe afrontar en solitario parece a priori la más complicada para José. "Esa parte solo también me apetece, es un poco adaptarte tú, pelear con los idiomas, que yo soy un negado, buscarme la vida con el traductor, con lo que sea, y luego ya a partir de que entra mi pareja, que habla bien alemán, inglés y español, se acabó el problema".
A favor de Juegaterapia
En este desafío personal a Díaz Palomares le mueve no solo su pasión por la bici y el sueño de cruzar Europa. También quiere aprovechar este llamativo evento para algo útil, que el esfuerzo sea solidario y que esos kilómetros rodados se traduzcan en ayuda para que la Fundación Juegaterapia lo destine a un proyecto concreto: 'El jardín de mi hospi'. Igual que los hospitales madrileños La Paz, 12 de Octubre y Gregorio Marañón ya cuentan con azoteas reconvertidas en bonitos jardines de recreo para que puedan jugar los niños hospitalizados, la organización proyecta algo similar en el Hospital Materno Infantil de Málaga.
Los fondos que se recauden con este reto servirán para costear una parte del proyecto de construcción de este espacio de más de 800 m2 con dos terrazas, aula y sala de juegos, lleno de magia, color y diversión para todos los pequeños que tengan que estar hospitalizados, sus familiares y el personal sanitario.
"Hace año y medio, un amigo de mi hijo tuvo una leucemia. Les pregunté a los padres de este chaval y me dijeron que tanto Juegaterapia como Pequeño Deseo les habían ayudado mucho, así que contacté con la primera y me gustó la idea que me dieron, destinarlo a este proyecto en este hospital", relata José Manuel.
No es la primera vez que se embarca en aventuras altruistas. "Llevo seis o siete. Cuando me monto algún viaje de estos o alguna carrera de ultrafondo, siempre busco vincularlo a alguna fundación, algún tema solidario". Estas colaboraciones en causas humanitarias le aportan motivación y le hacen sentir que ayuda a la sociedad a la vez que disfruta de algo que le apasiona. "Lo más gordo que he hecho fue conseguir el récord del mundo de mil kilómetros en pista cubierta en un velódromo. Estuve 38 horas seguidas dando vueltas al velódromo para hacer mil kilómetros a favor de la ONG Life Mu Ghetto, que tiene niños en Uganda". Es uno de los retos solidarios de una lista donde también aparecen el 'Everesting' en favor de la Fundación Nemo, consistente en subir 8.848m de desnivel en un puerto (2017) y los 1.000 kms por Guatemala en menos de 50 horas (2016).
Objetivo: 15.000 euros
El objetivo que se han marcado es recaudar 15.000 euros, una cifra elegida de manera testimonial, "pensé en una cantidad a la que se pudiera llegar con un poco de suerte, porque la obra de la azotea no se paga solo con esto, tienen presupuestado más un millón de euros, así que es simplemente una aportación". De momento hay quien ya ha puesto su grano de arena para ir animando a los ciclistas y llevan conseguidos más de 3.000 euros. Además, la empresa Mirador de Estepona Hills se ha comprometido a ingresar otros 3.000 en seis donaciones de 500 euros a medida que el viaje avance: cuando cruce la frontera, al llegar a París, en Hamburgo, en Estocolmo, al entrar al Círculo Polar Ártico y ya en Cabo Norte. "Es una especie de patrocinio motivacional, pero el dinero va exclusivamente para la Fundación, no para mí, en ningún momento financia nada del viaje", remarca Díaz Palomares.
Sus propios compañeros de la Escuela de Adiestramiento de Perros de la Guardia Civil de El Pardo han sido los primeros en colaborar con el reto solidario. "Aquí, entre lo que han recaudado en grupo, que han hecho un donativo de 600 euros, y lo que la gente ha ido donando por su cuenta, de mis compañeros han salido más de 1.000 euros", subraya agradecido.
La recaudación de fondos la están realizando a través de la plataforma de crowdfunding de donaciónMigranodearena donde cuentan todos los detalles de su reto. Desde esta plataforma se transferirá la cantidad donada en su totalidad a Juegaterapia, organización que trabaja para que los niños con cáncer se olviden un poco de su enfermedad y no pierdan las ganas de jugar.
Si en el peor de los casos, José Manuel y Patrizia no llegaran a su destino o no pudieran cumplir el reto, "el dinero recaudado está ahí y va igualmente a la Fundación, no hay problema; yo me tengo que buscar la vida para volverme y ya está".
Si fracasa no será porque no esté entrenado en la larga distancia en autosuficiencia. Su historial deportivo en ultrafondo es envidiable, con un subcampeonato de España Máster 50 en 12 y 24 horas en 2019, entre otras muchas hazañas. Además, ha completado dos veces la París-Brest-París, de más de 1.225 kilómetros, otras seis de una distancia similar, como Londres-Edimburgo-Londres o Madrid-Gijón-Madrid, y unas 14 pruebas de mil kilómetros.
El reto de José Manuel y Patrizia, desde la organización y entrenamiento actuales hasta el propio viaje etapa a etapa, se podrá ir siguiendo puntualmente a través de sus páginas en Facebook, Instagram y Strava.
La labor de Juegaterapia
Juegaterapia nació en 2010 con la misión de alegrar la vida de los niños con cáncer ingresados en el hospital proporcionándoles consolas, tablets y videojuegos donados por gente que ya no los usaba convencidos de lo beneficioso que puede resultar el juego como terapia para que "la quimio jugando se pase volando".
Con el tiempo su misión ha ido cogiendo más entidad a medida que iban conociendo las necesidades de pacientes y familias. Ahora sus proyectos son más ambiciosos y buscan humanizar los espacios hospitalarios para hacerlos más amables, como 'El jardín de mi hospi'. A través de este proyecto aprovechan azoteas en desuso de hospitales de toda España para convertirlas en bonitos jardines de recreo para los niños hospitalizados.
Además, construyen salas de cine, convierten las habitaciones de aislamiento en 'Estaciones Lunares', las Unidades del Dolor en 'Unidades del Color', han metido el parque de El Retiro, en el hospital Niño Jesús y muchos otros proyectos para que los niños no se olviden de jugar cuando están enfermos.