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Una persona tomándose un selfie
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Una persona tomándose un selfie (Foto: Pixabay)

Dismorfia del selfie o cómo el uso de filtros puede generar un trastorno psicológico

Por Nerea Díaz Ochando
domingo 28 de agosto de 2022, 09:11h

La aparición de las redes sociales marcó un antes y un después en nuestra forma de comunicarnos con el mundo, se convirtieron en un escaparate de meras apariencias en el que solo importa el “me gusta” de los demás. Se han trasnformado en una herramienta esencial en nuestras vidas y así lo reflejan los datos: según el último estudio estadístico de IAB Spain, el porcentaje de penetración de las redes sociales entre los jóvenes de 18 a 24 años es del 93 por ciento.

Lo más preocupante es que en plena era digital cualquiera puede acceder a una de estas plataformas con un solo clic, incluso menores de edad. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), alrededor del 95 por ciento de los menores de entre 10 a 15 años ha utilizado el ordenador o la tablet en los últimos tres meses y en torno al 70 por ciento dispone de un móvil. La exposición en Internet también está al alcance de la población más joven, dejando al descubierto su influenciabilidad y generando en algunos casos consecuencias difíciles de revertir.

La desrealización que conlleva el uso de redes sociales a tan temprana edad puede desencadenar en un trastorno dismórfico corporal (TDC). El primer pico de esta patología aparece antes de la mayoría de edad, a los 16,4 años, según se desprende del estudio sobre TDC elaborado por la Universidad Católica de Chile. Los adolescentes perciben como cercanos e imitables cuerpos que ven en redes sociales, imágenes que no son del todo reales y que generan frustración cuando intentan imitarlas, algo que puede llegar a desencadenar en un TDC conocido como 'dismorfia del selfie'.

Todo por parecerse a un selfie

El trastorno dismórfico corporal se define como la percepción distorsionada de la imagen que se tiene de uno mismo. El reconocido psicólogo forense y exdefensor del menor de la Comunidad de Madrid, Javier Urra, considera que los adolescentes están completamente influenciados por lo que opinen los demás de ellos, “yo soy en gran parte según me valoren los demás”. “Si hay que ser delgado, se es. Si hay que operarse los labios para que se vean más carnosos, también. Todo por y para seguir cánones de belleza efímeros”, explica el psicólogo.

Las personas que padecen este trastorno ven o creen ver defectos en su físico que les hace desarrollar comportamientos obsesivo-compulsivos. En los últimos años las redes sociales han agudizado este problema, generando un nuevo fenómeno acuñado como dismorfia del selfie. Esta patología hace referencia a un nuevo tipo de pacientes que acuden a consultas de cirujanos plásticos con un objetivo claro: parecerse a las fotos que publican de sí mismos en redes sociales después de retocarlas o utilizar filtros.

"Estos jóvenes no están bien con su cuerpo y hay que ir a la base del problema"

El doctor en psicología Javier Urra, achaca este problema a la influenciabilidad de los adolescentes, “si un chico se relaciona con un grupo de deportistas, seguramente hará deporte, al igual que si se relaciona con un grupo que consume drogas, es muy fácil que termine consumiéndolas también”. Lo mismo ocurre con las redes sociales. Actualmente, los influencers son los iconos de la juventud, modelos a seguir difícilmente alcanzables, cuerpos y caras perfectos que estos jóvenes desean imitar. En plataformas como Instagram, por lo general, solo publicamos nuestras mejores fotos en nuestros mejores momentos con el único fin de gustar. “Los jóvenes en la sociedad actual necesitan el me gusta de los demás”, explica Javier Urra.

Esta obsesión por imitar imágenes completamente irreales degenera en el paso por quirófano cuando lo que realmente estos pacientes necesitan es terapia psicológica. La operación no es en ningún caso el medio para solucionar el problema. “Se debería prohibir a las personas que sufren este trastorno acceder a este tipo de modificaciones”, denuncia el doctor Urra. Jorge Planas, cirujano plástico y director médico de la Clínica Planas, coincide con el psicólogo y explica que “lo primero que se enseña a los cirujanos jóvenes es a diferenciar y diagnosticar a un dismorfofóbico”.

Es esencial conocer si el paciente sufre este trastorno antes de realizar una cirugía, “da igual que se operen, nunca estarán contentos, porque no perciben sus defectos tal y como son, los tienen totalmente magnificados”, indica el doctor Planas. “Estamos hablando de una despersonalización, no te identificas contigo mismo, es un problema muy serio que no se arregla con un bisturí, se arregla con una terapia”, señala el psicólogo. Los resultados de la operación suelen agrandar la frustración en lugar de eliminarla.

Cómo reconocer a un dismorfofóbico

Alrededor del dos por ciento de la población sufre de dismorfia corporal y existe cierta prevalencia de este trastorno de los hombres sobre las mujeres, “en el 99 por ciento de los casos son hombres”, explica Jorge Planas. El cirujano plástico cuenta que existe una regla que puede ayudar a diagnosticar estos casos, conocida como el Síndrome de Simón, una variante del conocido Síndrome de Peter Pan. Los “Simón” tienen cinco modalidades de conducta: son solteros, inmaduros, de género masculino, obsesivos y narcisistas.

"Las expectativas de estos pacientes no son reales"

Normalmente este patrón, según indica el doctor Planas, está relacionado con “un varón de unos 20 años que no te mira a la cara cuando te habla, que exagera mucho el problema que tiene o que a veces no sabe exactamente qué quiere”. En la Clínica Planas antes de realizar una cirugía se realiza una prueba para confirmar si el paciente sufre de este trastorno. “Tenemos una psicóloga que hace unos test de personalidad y una entrevista, de esta manera se confirma si sufren esta patología”, relata el cirujano. En el caso de que el paciente presente rasgos de este trastorno, se negará la posibilidad de recibir esta operación y se le derivará al psicólogo o psiquiatra.

Los rasgos más frecuentes que presentan estos pacientes tienen que ver con el cuidado excesivo de todo lo que tiene que ver con su imagen. En su día a día adoptan conductas de camuflaje como el uso de maquillaje o de posturas y ángulos que les favorecen. La comparación con uno mismo y con los demás es constante, además de la verificación, esa necesidad de mirarse compulsivamente en el espejo para confirmar si su aspecto es el correcto. Aseo e higiene excesivos, inseguridades, baja autoestima y conductas evitativas como cancelar citas para no ser juzgados. Este trastorno limita cada paso de su vida, convirtiéndose en una espiral de la que es difícil salir.

Cánones irreales como referencia

La búsqueda de la perfección mediante la comparación con rostros y cuerpos que no son reales resulta muy crítica en la adolescencia. Siempre han existido cánones de belleza e iconos que han marcado la “moda” del momento. “Hace varios siglos, Rubens pintaba mujeres gruesas, era lo que gustaba en esa época porque eran la prueba de que tenían una buena alimentación en un momento en el que la comida escaseaba”, explica el doctor Urra, “ahora estamos en una etapa desde hace tiempo, sobre todo en los países occidentales, donde lo que gusta es la delgadez”, añade.

Estos cánones afectan más a las mujeres que a los hombres, ya que desde la niñez están expuestas a un prototipo de belleza inalcanzable. Ya lo dice el refrán, “para presumir, hay que sufrir”. La sociedad ha construido una exigencia hacia el cuerpo de la mujer, que se encuentra cosificada y prototipada por la publicidad y la cultura patriarcal. Los trastornos alimenticios son un buen ejemplo de las consecuencias que este tipo de cánones tienen en las personas.

"Tener otra imagen no te va a hacer más feliz"

En los años 90 y principios de los 2000 las modelos de pasarela eran las que proyectaban la imagen que había que perseguir, ahora lo hacen los creadores de contenido. Antes era la extrema delgadez, los cuerpos fibrosos, ahora la voluptuosidad manda, labios más gruesos, pómulos más marcados o curvas marcadas. Los cánones han cambiado, pero siguen perteneciendo a cuerpos irreales. El doctor Planas explica que ahora “se pide más perfección” y que las operaciones más recurrentes son “la nariz, la línea de la mandíbula y el mentón”.

“Los jóvenes creen que las personas que siguen en Instagram son realmente así y se olvidan de los filtros”, señala el cirujano plástico. Durante la adolescencia la comparación con este tipo de modelos a seguir es inevitable, “a los 15 años se sucumbe fácilmente a la presión del grupo, porque si no estás en la moda te desprecian y no te valoran”, indica Javier Urra. La dismorfia del selfie provoca una insatisfacción corporal constante, las personas que padecen este trastorno nunca conseguirán alcanzar ese ideal de belleza que persiguen, “los filtros aumentan demasiado las expectativas de los pacientes”, cuenta el doctor Planas. “Las redes sociales son mucho más eficaces para comunicar, se acercan al espectador”, explica el psicólogo. Esta cercanía hace que lo que vemos tras la pantalla resulte mucho más alcanzable, a diferencia de lo que ocurría en un pasado, ahora el consumo de redes es completamente activo frente a la pasividad de la era analógica.

Lo que podría parecer un entretenimiento de lo más inocente como es el uso de filtros, se ha convertido en un elemento de absoluta toxicidad. De hecho, numerosas influencers iniciaron el movimiento ‘no filters’ para promover una belleza natural. Sin embargo, estos filtros están al alcance de cualquiera y esa distorsión de la realidad puede conllevar serios problemas. Instagram es un red social basada en juzgar el aspecto físico de los demás, de hecho, han salido a la luz datos como que empeora la relación con su cuerpo en un tercio de la población y eleva los niveles de ansiedad y depresión. Atajar el problema es verdaderamente complicado, Javier Urra nos da dos claves: hablarlo y conocer la raíz del problema.

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