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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Cocido madrileño
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Cocido madrileño (Foto: Hotel Santo Domingo)

Madrid en tres vuelcos: cocido, mercado y memoria

jueves 16 de octubre de 2025, 08:00h
Actualizado: 19/11/2025 18:53h

Madrid, 16 de octubre. El mundo celebra el Día Mundial de la Alimentación, proclamado por la FAO en 1980 para recordar que alimentarse es un derecho, no un privilegio. Madrid, como tantas veces, tiene su propia forma de contar esta historia: porque comer en esta ciudad no ha sido solo nutrirse, ha sido cultura, resistencia e identidad.

En la Edad Media, la Plaza Mayor —entonces plaza del Arrabal— era el gran mercado abierto, con cajones de madera y pregones. Con el tiempo, llegaron los mercados cubiertos: La Cebada, con hierro y cristal; San Miguel, inaugurado en 1916 sobre la antigua iglesia donde fue bautizado Lope de Vega; y San Antón, hoy convertido en espacio gastronómico contemporáneo. Los mercados fueron siempre más que lugares de compra: fueron puntos de encuentro, de vida compartida.

Tras la Guerra Civil, Madrid conoció el hambre. En abril de 1939 se instauró la cartilla de racionamiento: 400 gramos de pan, 250 de patatas, 100 de legumbres, 50 de aceite… cifras que rara vez se cumplían. Las colas eran largas y silenciosas, y el ingenio se volvió ingrediente: tortillas sin huevos, café de achicoria, sopa de piedras. El estraperlo floreció en mercados como Legazpi o Puerta de Toledo, mientras la propaganda ocultaba la miseria. Hoy, la ciudad sigue cuidando a quienes no pueden llenar la mesa: comedores sociales como el de Canarias en Arganzuela sirven más de 3.000 menús diarios, y la Iglesia de San Antón reparte desayunos calientes cada mañana, más de un millón desde que comenzó su labor. Porque alimentar sigue siendo un acto de comunidad.

En la prisa actual, Madrid corre entre tupper y café para llevar, pero conserva rituales: el camarero que recuerda tu pedido, el bar que guarda tu servilleta doblada. Y en medio de la velocidad, hay gestos que resisten: un bocadillo compartido en un parque, un café pagado para quien no puede permitírselo.

Entre todos esos sabores, uno permanece como símbolo: el cocido madrileño. Plato humilde convertido en identidad, servido en tres vuelcos —sopa, garbanzos, carnes— que son más que tiempos: son pausas, conversaciones, memoria. Porque el cocido no se come solo: se comparte. Y en cada cucharada hay algo de Madrid.

Tal día como hoy, Madrid no solo recuerda lo que come. Recuerda cómo ha comido: en plazas, en mercados, en cocinas humildes y en barras de mármol. Con pan, con aceite, con memoria. Porque alimentar no es solo nutrir. Es cuidar. Es contar. Es seguir.

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