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ÚLTIMO CAPITULO DE 'EL COMPLOT DE LAS MAGDALENAS'

En un lado, sentados muy juntos, los tres agentes catalanes miraban asombrados a los recién llegados, que se sentaron justo enfrente, también muy juntos, en otro sofá.
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En un lado, sentados muy juntos, los tres agentes catalanes miraban asombrados a los recién llegados, que se sentaron justo enfrente, también muy juntos, en otro sofá.

Capítulo 25 y último de 'El complot de las magdalenas': 'El desenlace'

A las 7.30h la alcaldesa enfilaba andando la calle Alcalá desde la plaza de la Independencia hacia Cibeles, acompañada de Polly, su escolta. A mitad de la cuesta se detuvo para hablar con un indigente que, sentado sobre unos cartones y con una caja vacía delante de sus piernas plegadas, esperaba a sus clientes

- ¿Qué tal, Isidro? ¿Cómo se presenta el día?

Isidro levantó la cabeza y, al reconocer a la alcaldesa, sonríe enseñando su único diente superior

- Hola, Señora Marisa. Pues ya ve, aquí, trabajando un poquito. En este sitio, como tengo detrás la rejilla esta del Insalud, ya le dije, fresquito en verano y caliente en invierno…

- Muy bien… Oye, ¿no tenías algún diente más la última vez que te vi?

- Pues sí, pero el otro día me reglaron un turrón, no del duro no, del marrón ese de avellana, que me encanta. Y aunque tuve cuidao pues, ya ve. Se me fueron un par de piños en el primer bocao. Así que ahora, mire, con madalenas, como las suyas –y volvió a sonreír con su incisivo solitario.

- Vaya, lo siento. Oye y, ¿los del Samur no te han venido a ver?

- Si alcaldesa. Han venido y me han dado unas mantas y unas cosas.

Me han dicho que, si me voy al albergue, que como tiene mi nombre me enchufan, je, je. Pero yo les he dicho que estoy aquí más a gusto

- Bueno, bueno, Isidro, pues yo me voy a la oficina, que hoy tengo un

día… Ya sabes, si tienes algún lío o lo que sea, aquí Polly me lo cuenta.

¿Vale?

- De acuerdo, Marisa. ¡No trabaje mucho! Hasta luego

La alcaldesa y escolta acabaron su recorrido y tras recibir el taconazo del policía municipal que custodiaba la entrada entraron por el amplio zaguán hacia el pasillo acristalado.

- ¿Sabes lo que te digo, Polly? –se volvió la alcaldesa- Que le vas a llevar a Isidro la mitad de las madalenas y a ver si Manoli puede acercarse a por dos docenas de croissants pequeños, de esos tan ricos que tienen en la esquina. Y la otra mitad se los daré a Ada, pero para el café, lo hacemos con los bollos ¿Vale?

- Como quieras, Marisa. Ahora se lo digo, que igual ya ha llegado.

Arriba en su pequeño despacho ya la estaba esperando su jefe de gabinete, con unas perceptibles ojeras

- Pero bueno, Antonio. ¿Y esas ojeras? ¿El niño?

- No, que va. Que ayer me fui de copas con los de la delegación de Barcelona y el trasnoche se paga… En fin, menos mal que esto sólo va a durar cuatro años, que si no…

- Y que lo digas. Hay días que pienso ¿pero qué narices hacemos aquí?

Con lo a gusto que estaba yo con nuestra tienda solidaria de ropa de niños… Pero bueno, esta es la cosa. ¿A qué hora hemos quedado?

- A las nueve, con la gente de Ada y luego con una gente jubilada del

Ayuntamiento que quieren verte

- Pues muy bien –dijo animosa la alcaldesa. ¡Vamos con ello! ¿Un café?

¿Sabes si ha llegado Manoli?

- Sí, por aquí andaba. Creo que ha ido a por unos croissants. ¿Y las madalenas?

- Mira, es que he visto a Isidro, el pobre… Ahora sólo tiene un diente.

Y le he dicho a Polly que le lleve la mitad. Así que con las otras nos apañamos para que se las lleve Ada y a estos les damos unos bollitos, que están muy buenos también. ¿Te parece?

- Ok. Vamos de momento con ese café y te voy contando otras cosas.

Un rato más tarde, el grupo de conjurados se presentaba en la puerta de la calle Montalbán. Guiados por Julián atravesaron el pasillo acristalado, subieron por la imponente escalera y llegaron a la planta noble donde Manoli les sentó en unos cómodos sofás blancos que habían puesto en el pasillo

- Antes teníamos salas de espera, como Dios manda, pero desde que llegaron estos han ocupado todos los sitios con funcionarios y coneventuales y, la verdad, es todo un poco cutre. Pero claro, estos quieren hacer tantas cosas…

- Bueno, Manoli, tu vete a lo tuyo, que llegó el momento crucial -le ordenó con sueva firmeza Julián. Los camaradas Genaro y Joanet ya han soltado la bomba periodística. Ahora nos toca a nosotros…

Manoli desapareció en dirección a los despachos alcaldiles y los juramentados quedaron a la espera.

Mientras tanto, por la calle de Alcalá, la delegación catalana, acompañada de nuestros bien conocidos agentes secretos, subía por el ascensor lateral y desembocaba casi en el sitio donde estaban sus contrarios. Manoli les esperaba para conducirlos al despacho de la alcaldesa y, para espanto de los supuestos jubilados, vieron cómo a Cucurull, Montull y Rebull les hacía pasar a una sala de enfrente, mientras a Ada Colau y su delegación les acompañaba hacia el otro a la de la planta.

- ¡Nos han descubierto! –dijo aterrado Joanet- Hay que pararlo todo

- ¡De aquí no se mueve nadie! –ordenó imperativamente Peláez

- Habrían venido a detenernos, idiota –replicó furioso Genero por el contratiempo a su primo- Estos no saben nada. Vienen a proteger a la delegación. Pues sí que se van a lucir. Les han dejado aquí y la Colau y los demás van hacia la trampa de las madalenas. ¡Seguimos el plan!

Entretanto, la alcaldesa recibía en la antigua plaza de toros de Farallón (su ex-despacho y ahora Junta de Gobierno) a la delegación catalana

- ¡Hola a todos! ¡Qué alegría verte, querida Ada! Y a todos los demás junts. Bueno, quería decir juntos, aunque no sois de Junts per… ¿no Antonio?

- No te preocupes, Marisa. Es un lío hasta para nosotros –abrazó Ada

a la alcaldesa madrileña con una gran sonrisa.

- Este era el despacho, bueno, una parte, de Ana Vidrio. Yo me he puesto en uno más pequeño aquí al lado. Y hemos reconvertido esto en la Junta de Gobierno y sala de reuniones. Así la aprovechamos más. ¿Verdad?

En la cocinita contigua Manoli preparaba el café y Esther, la secretaria de la alcaldesa le estaba dando la bandeja de los bollos

- Mira, Manoli, que al final le ha dado las madalenas que traía a Isidro, el que se sienta por las mañanas delante del Insalud. Y lo que hay que ponerles a nuestros invitados son estos bollos que has comprado

- Ah, vale – respondió Manoli sin dudar un minuto, concentrada en su tarea conspirativa.

En cuanto Esther volvió a la secretaría, Manoli fue inyectando con una jeringuilla a todos y cada uno de los croissants el veneno convenido. Como la manzana de la cenicienta, los bollitos tenían un aspecto impresionante, con el brillo del azúcar llamando a zampárselos.

Entró con ellos a la sala de la reunión y los dejó en la mesa auxiliar

- Ah. Gracias, Manoli –le saludó la alcaldesa ¿Vais a querer café o té?

- Yo, si no te importa, un té verde –pidió Ada

- Yo agua nada más, gracias

- Yo, si no es mucho pedir, menta poleo

- Bueno, pues ya que estamos así ¿té rojo tienes? - pidió el jefe de gabinete de la alcaldesa de Barcelona, con su suave acento argentino- Como veréis, Ada y yo estamos de lo más políticamente correctos: verde y rojo...

Aprovechando las risas, Manoli colocó la bandeja de los bollos en medio de la mesa y salió a preparar las infusiones

- Ah, eso sí que no. Prohibido. Desde que soy alcaldesa he engordado tres kilos y he decidido moderarme. Te lo agradezco, Marisa –rechazó con una sonrisa Ada Colau la bandeja

- Pues están muy ricos –respondió Marisa. Son de una pastelería de aquí al lado

- Por eso, mejor no, que me los como todos

- ¿Y los demás? ¿Gerardo? –Insistió la alcaldesa paseando la mortífera bandeja

- No, muchas gracias. Que le daremos envidia y luego nos regañará- rechazó también el aludido

- Bueno, pues nada. Mira, Antonio. Dile a Esther que, por favor, se los lleve a esa gente que nos está esperando, y a los de la visita de después y que les ofrezca un café, que igual nos retrasamos

Mientras Manoli preparaba las infusiones, la secretaria de la alcaldesa se llevó la bandeja y, recorriendo el largo pasillo y, pasando delante de los supuestos jubilados, la dejó en medio de la mesa que ocupaba la sala en la que estaban ya nuestros conocidos agentes secretos.

- Que dice la alcaldesa que, si no les importa, esperen en la sala con estos señores y que les ofrezcamos un café y bollos por si la otra reunión se alarga.

Como era imposible rechazar la invitación, los conspiradores se levantaron y entraron en la sala.

La sala era una enorme habitación de techo alto con un falso artesonado antiguo que descansaba sobre vidrieras coloreadas con los escudos de todas las regiones españolas. Parecía una cámara del tiempo que contrastaba fuertemente con la decoración escandinava del moderno ayuntamiento (maderas claras, espacios minimalistas, mesas y sillones blancos, alfombras de colores neutros y enormes cuadros abstractos de colores llamativos en las paredes).

Unas banderas, un busto del rey, un tapiz que colgaba de una de las paredes, acrecentaban la sensación de ambiente rancio y clásico de la sala.

En medio de la estancia, un par de mesas largas de color inmaculadamente blanco, rodeadas de sillas inmaculadamente blancas. Encima, tazas y platos inmaculadamente blancos, servilletas blancas de papel… y la bandeja con las dos docenas de croissants, dorados, con los cuernecillos tostados en varias gamas de marrones.

Todo el perímetro de la habitación lo ocupaban sofás (blancos), tan juntos que obviamente se habían puesto alineados tras haberlos sacado de otras salas, y generaban un ambiente de recepción que recordaba al que se ve en las bienvenidas de países árabes.

En un lado, sentados muy juntos, los tres agentes catalanes miraban asombrados a los recién llegados, que se sentaron justo enfrente, también muy juntos, en otro sofá. El silencio se podía cortar. En algún reloj de pared cercano sonaron campanadas metálicas, como de gong.

- Las nueve- dijo Aurelio para aligerar la tensión

Al cabo de cinco minutos de espeso silencio, solo interrumpido por algunas toses, volvieron a sonar las campanadas

- Las nueve y cinco – volvió a intervenir.

En estas llegó el jefe de gabinete de la alcaldesa

- Que me dice Marisa que la disculpéis, que se está alargando un poquito la reunión con Ada Colau. Que por favor os vayáis tomando un café y estos bollos que son de la cafetería de aquí arriba que están buenísimos. ¿Os pongo?

El esmerado servilismo de Aurelio, refinado por su estancia de gorra en la

Residencia, le hizo superar la tensión y con algo de nerviosismo le contestó:

- No se preocupe. Ya nos encargamos nosotros

Al irse el espigado muchacho, todos los presentes se quedaron mirando desde sus campos respectivos la bandeja de los croissants, sin que nadie se decidiese. Allí estaba, apetitosa, y desprendiendo un olor dulzón a bollos recién hechos, tentadores.

Aurelio rompió el hielo y, sin decir ni pamplona, se puso un café y cogió un bollo y luego otro. Uno de los catalanes se levantó desafiante, se puso café y también cogió otro. Uno de sus compañeros, mirando con fiereza y sin desplegar los labios, cogió una cafetera y un plato y separó una docena para ponerlos en su parte de la mesa. El resto de los conjurados, como un solo hombre se levantó para reivindicar el resto de los bollos y, con retadora actitud, se los comieron todos sin dejar de mirar a sus oponentes, a lo que éstos respondieron engullendo los suyos, casi atragantándose.

Justo se habían vuelto a sentar todos cuando llegó Manoli. Miró a unos…

luego a otros… y luego se desmayó.

FIN

Autor : Luis Cueto.
ilustraciones: Danish Xavier J. Morales B.

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