El Cristo yacente es una hermosa -y singular- talla de
Gaspar Becerra que puede admirarse habitualmente en el museo de la Descalzas Reales.
Una vez al año, el Viernes Santo por la tarde, el Cristo abandona su lugar para ser trasladado a la iglesia del convento, donde recibirá la adoración de los fieles y paseará en una de las procesiones más singulares de la Semana Santa madrileña.
Las Descalzas viven este día de la Pasión con singular intensidad. Durante gran parte de la jornada el claustro de capellanes del convento está abierto a los fieles para que puedan admirar la rica colección de tapices, que solo se exhibe en ese lugar el día del Corpus y el Viernes Santo. Tejidos en Bruselas sobre cartones de Rubens, este es uno de los tesoros del Patrimonio Nacional. Alguno de ellos se ha prestado temporalmente para la Galería de las Colecciones Reales.
En la tarde del Viernes Santo, el templo de las Descalzas se llena para los solemnes oficios, con los cánticos de la comunidad religiosa como extraordinario acompañamiento. Mientras tanto, el claustro de los capellanes se va llenando de fieles y curiosos a la espera de que salga la procesión. Como discurre a cubierto, no hay riesgo de suspensión. La talla de Becerra, del siglo XVI, lleva en el costado, donde Cristo recibió la lanzada, un viril rodeado de brillantes para colocar la Sagrada Forma. Es la única representación que reúne al Cristo muerto y el vivo en el Sagrado Sacramento. Una dualidad única en el mundo gracias a un privilegio otorgado por bula papal que se repite cada año desde la fundación del monasterio. El claustro es relativamente angosto, así que se palpa la emoción cuando la talla asoma para iniciar el breve recorrido. Los Hermanos del Evangelio son los encargados de portar las andas con la imagen desde hace treinta años. Durante la Semana Santa las campanas enmudecen hasta la Resurrección. Un carraca es el único y rudimentario instrumento que suena, anunciando el paso del Cristo. Mientras tanto, las religiosas clarisas entonan los motetes que compusiera para ellas Tomás Luis de Victoria. El recorrido tiene una breve duración, apenas media hora.
Terminada la procesión, la talla es colocada en el altar mayor del templo bajo la mirada dolorosa de la Virgen, otro hermoso ejemplo de imaginería debido a Juan de Mena. Tallada en el siglo XVII, preside habitualmente la Sala Capitular del Monasterio. Es el momento en el que todos los fieles pueden acercarse y adorar al Cristo muerto. Un ritual que apenas dura una hora, pero que reviste gran intensidad. Terminada la adoración, los Hermanos del Evangelio, proceden a envolver delicadamente la escultura (este año, además, con plástico por la lluvia) para sacarla de la iglesia y volver a depositarla en su lugar propio del convento. Esta ceremonia, que siempre fue relativamente íntima, ya es conocida y propagada por los amantes de la Semana Santa, que acuden cada vez en mayor número. Es también uno de los días, junto a los que se exhibe su histórico belén, en que la iglesia de las Descalzas recibe un mayor número de curiosos. Su convento-museo es visita obligada para todos los amantes del arte religioso.