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Ahuehuete del Buen Retiro
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Ahuehuete del Buen Retiro (Foto: Comunidad de Madrid)

Un tejo milenario y una secuoya de 41 metros: los árboles singulares, testigos de la historia

Por Susana Pérez
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sperezmadridiarioes/6/6/18
domingo 22 de septiembre de 2024, 09:00h
Actualizado: 07/10/2024 13:02h

Los Tejos Milenarios del Arroyo del Valhondillo y de la Roca, los Abetos del Cáucaso y el Pinsapo y el Castaño del Cotanillo. Son algunos de los árboles más singulares que forman parte del patrimonio natural y que siguen creciendo, a pesar de las amenazas a las que se enfrentan. Estos ejemplares, únicos y repartidos por diversos municipios, son verdaderos monumentos vivos que destacan no solo por su edad y tamaño, sino también por su valor cultural, histórico y ecológico, como testigos silenciosos de la historia y biodiversidad madrileña.

La región madrileña alberga una gran diversidad de árboles singulares, tanto pertenecientes a especies autóctonas como a especies alóctonas. "Este crisol es el resultado de la de la gama de ambientes ecológicos que conforman el territorio y del pasado histórico de Madrid, tal y como se puede constatar por la presencia de especies arbóreas procedentes de ambientes muy remotos en los numerosos jardines históricos existentes en la Comunidad", explica Fernando Romero, jefe de Sección de Defensa Fitosanitaria del Área de Hábitats y Especies Protegidas de la Consejería de Medio Ambiente. Se trata de ejemplares, añade, con "características extraordinarias de rareza, excelencia de porte, edad, tamaño, significación histórica, cultural o científica", que constituyen un patrimonio merecedor de una especial protección por parte de la Administración.

El Catálogo Singular de la Comunidad de Madrid cuenta con una amplia representatividad de especies arbóreas, con más de 97 especies de flora distintas y, tras su último proceso de actualización, con un total de 283 árboles singulares catalogados. Desde especies autóctonas hasta ejemplares traídos de lugares remotos a lo largo de la historia, estos árboles singularizan los paisajes madrileños, tanto en entornos rurales como urbanos. Jardines históricos, palacios y parques son el hogar de muchas de estas joyas naturales, que en su mayoría están identificadas mediante hitos numerados y, en algunos casos, carteles que narran su historia.

Madrid y Aranjuez son los municipios que albergan la mayor parte de estos árboles. De hecho, casi un tercio de los ejemplares catalogados se encuentran en estas dos localidades. Su relevancia histórica y cultural ha propiciado la plantación y conservación de estas especies a lo largo de los siglos, consolidando su presencia en el imaginario madrileño.

Los más emblemáticos

El Plátano Mellizo del Jardín del Príncipe en AranjuezAl hablar de los árboles singulares de la Comunidad de Madrid, no podemos dejar de mencionar algunos de los ejemplares más impresionantes por su tamaño, antigüedad y relevancia histórica. El tejo del arroyo de Valhondillo, en Rascafría, es el árbol más antiguo de la región. Su longevidad es tal que, aunque es difícil precisar su edad exacta, se estima que goza de más de 1.000 años. Este longevo tejo ha visto pasar generaciones de madrileños y su robustez desafía el paso del tiempo.

Por otro lado, si se trata de altura, el Plátano de la Trinidad, que se encuentra en el Jardín del Príncipe de Aranjuez, se lleva la palma, con sus imponentes 47,5 metros. Otros gigantes madrileños incluyen la Secuoya Gigante de la Casita del Príncipe en El Escorial, que alcanza los 41,5 metros, y el Ahuehuete de los Chinescos, también en Aranjuez, con una altura de 41 metros.

Entre los ejemplares con mayor perímetro destaca la misma secuoya de El Escorial, con 9,2 metros de circunferencia, el Roble Viejo de El Chaparral de Montejo de la Sierra, que alcanza los 9,15 metros, y el Plátano Mellizo del Jardín del Príncipe en Aranjuez, con 8,21 metros. Estos árboles son verdaderos monumentos vivos, testimonios de la biodiversidad y del compromiso de conservación.

Zarzalejo es hogar de dos magníficos castaños: el Castaño del Cotanillo y el Castaño de la Fuente del Rey, ambos de 23 metros de altura y 320 años de antigüedad.

En Somosierra, un majestuoso Abedul de 25 metros y 200 años añade un toque de serenidad al entorno, mientras que el Mostajo destaca por su elegancia y su historia de 150 años.

Los Cedros del Himalaya de Prado Redondo en Villaviciosa de Odón, con 30 metros de altura y un diámetro de copa de 17 metros, representan la exótica belleza de las especies introducidas. En Lozoya, el Ciprés de Lawson y los Abetos Rojos de la Cebedilla son testigos del clima riguroso de la Sierra Norte, donde estos árboles han prosperado durante casi un siglo.

El Pino de Lord Weymouth en Lozoya y los Pinos Albar en Navacerrada y Montejo de la Sierra muestran la resistencia de estas especies en entornos montañosos, con alturas que superan los 24 metros y edades de hasta 190 años.

El tejo de Barondillo (Foto: Comunidad de Madrid)

En Ambite, una encina de 500 años y 20 metros de altura se erige como un símbolo de la longevidad y la fortaleza, mientras que el Rebollo de la Mata del Pañuelo en Rascafría es un magnífico ejemplo de la flora autóctona con sus 15 metros de altura y 345 años de historia.

Otro de los ejemplos más representativos de árboles singulares en la Comunidad de Madrid es el Fresno del Frontón en El Berrueco, moldeado por el desmoche, una técnica ancestral para obtener forraje y leña. Este fresno se ha convertido en un punto de encuentro para la comunidad local, donde se comparten charlas y leyendas.

En Pinilla del Valle, el Chopo del Ayuntamiento destaca con sus más de 22 metros de altura, siendo visible desde diversos puntos del Valle del Lozoya. Este chopo forma parte de un paisaje ribereño que ha dado nombre a la región, vinculado etimológicamente al término 'Paular', que alude a la abundancia de chopos en la zona.

El Candelabro de los Jardines de Santa Lucía en Torrelaguna, un cedro cuyo crecimiento bifurcado fue causado por un rayo hace más de 40 años, es otro ejemplo fascinante. Este árbol se encuentra en un entorno que combina naturaleza e ingeniería histórica, con un jardín que enlaza instalaciones modernas con un embalse y un museo de la antigua estación hidroeléctrica.

En Canencia de la Sierra, el Alerce del Vivero de Mojonavalle se destaca con sus 21 metros de altura y su adaptación a un entorno especial de temperatura y humedad. Este alerce centenario forma parte de un bosque relicto, donde coexisten abedules, tejos y acebos, creando un ecosistema singular en la Umbría de Canencia.

El Cerezo de Mala Colá en Puebla de la Sierra es un testigo vivo de la historia agrícola de la región, plantado hace más de 120 años y aún productivo. Este cerezo es parte de un patrimonio agrogenético que se conserva en la Sierra Norte, una región conocida por sus cerezos tradicionales.

En Lozoya del Valle, el Nogal de Lozoya es uno de los muchos nogales que sobreviven como testigos del pasado, plantados en linares y prados, aprovechados para la producción de nueces y madera. Aunque muchos nogales desaparecieron con el abandono del campo, este ejemplar continúa prosperando, simbolizando la resistencia.

Finalmente, en Las Rozas de Puerto Real, el Castaño de Canto Ganguerrero y el Fresno del Colegio San Dámaso son árboles que, con más de 150 años, continúan embelleciendo el paisaje local. En Olmeda de las Fuentes, un Nogal de 150 años y 25 metros de diámetro de copa sigue siendo un pilar en la comunidad rural.

El reto de la conservación

Secuoya Gigante de la Casita del Príncipe (Foto: Comunidad de Madrid)La preservación de estos árboles no es tarea sencilla. La propia ubicación geográfica de la Comunidad de Madrid y su relieve variado exponen a los árboles singulares a una amplia gama de condiciones climáticas, algunas de las cuales pueden ser adversas. Según Fernando Romero, "la variabilidad climática en Madrid, que va desde zonas subdesérticas a climas de alta montaña con abundantes precipitaciones, supone un desafío constante para la supervivencia de estos ejemplares".

"La gran densidad de población supone una presión adicional"

Uno de los principales retos es hacer frente al cambio climático, cuyas consecuencias se están manifestando en fenómenos extremos cada vez más frecuentes. Olas de calor más largas, precipitaciones históricas, fuertes temporales como los provocados por la borrasca Filomena, que dejó nevadas históricas en gran parte del centro y el sur de la región, y aumentos en la temperatura media son solo algunos de los desafíos a los que estos árboles deben enfrentarse. A esto se suma la presión humana, sobre todo en áreas urbanas como Madrid, donde la contaminación atmosférica y la sobrepoblación también afectan la salud de los árboles.

“La gran densidad de población de la región, con más de siete millones de habitantes, supone una presión adicional para los árboles singulares", añade Romero. Las concentraciones de contaminantes como el dióxido de nitrógeno (NO2) y las partículas en suspensión (PM10) en los principales núcleos urbanos son preocupantes, ya que pueden debilitar la resistencia de los árboles a plagas y enfermedades, reduciendo su capacidad de recuperación ante fenómenos adversos.

A pesar de los desafíos, desde la Consejería de Medio Ambiente se ha implementado un enfoque de conservación basado en la "evolución natural" de los árboles. “La principal labor que se ha pretendido realizar es acompañar al árbol en su evolución. Es decir, aprender a descifrar sus necesidades e intervenir únicamente en caso necesario”, detalla Romero. Este enfoque busca respetar el ciclo de vida de cada ejemplar, interviniendo solo cuando es imprescindible para asegurar su longevidad.

Para los ciudadanos, el papel en la conservación de estos árboles es clave. Romero subraya que "es fundamental la ayuda de la población en la conservación de estos ejemplares". Los madrileños pueden colaborar informando sobre posibles daños o solicitando la catalogación de árboles que aún no figuren en el listado oficial. Además, respetar las normas de comportamiento es esencial para no dañarlos. Entre las recomendaciones más comunes: evitar pisotear el suelo a su alrededor, no arrancar ramas, no realizar fuegos cerca y, por supuesto, evitar prácticas que puedan compactar el terreno o herir al árbol.

Historias y leyendas

El Ahuehuete del Buen Retiro (Foto: Comunidad de Madrid)

Algunos de estos árboles singulares guardan una vinculación estrecha con la historia y la cultura de la región. Uno de los casos más emblemáticos es el del Ahuehuete del Parterre, situado en el Parque de El Retiro de Madrid. La leyenda cuenta que fue el único de los árboles viejos que sobrevivió a las acciones bélicas durante la Guerra de la Independencia porque en este árbol se situó un cañón francés. "Sin embargo, parece que esta historia es más mito que realidad, pues en aquella época el árbol aún no tenía el porte suficiente para soportar tal carga", cuentan Romero.

“La principal labor es acompañar al árbol en su evolución"

Estos árboles no solo nos hablan de historia, sino que también se han integrado en el presente, como parte de rutas turísticas y educativas que recorren la región. Programas de educación ambiental y guías turísticas hacen uso de los árboles singulares como recurso didáctico y atractivo turístico, destacando su relevancia no solo ecológica, sino también patrimonial.

Los árboles singulares de la Comunidad de Madrid son mucho más que meros elementos decorativos del paisaje. Son testimonios vivos de la historia, la cultura y la biodiversidad de la región. Su conservación no solo es responsabilidad de las autoridades, sino de todos los madrileños que, como señala Fernando Romero, “deben celebrar su existencia y contribuir a su protección”. En un contexto de cambio climático y creciente urbanización, cuidar de estos gigantes verdes es una forma de preservar el pasado y asegurar un futuro más sostenible.

Árboles singulares clonados

El IMIDRA protege el material vegetal recogido de los árboles singulares y de otros ejemplares de interés en el Banco de Germoplasma de Flora Silvestre, que se ubica en la Isla Forestal de Madrid (Biformad), en Arganda del Rey.

Con las muestras se pueden producir plantones que se emplean en diversos proyectos de conservación o restauración, en colaboración con los ayuntamientos y propietarios del original. Los equipos de investigación trabajan en la reproducción arbórea, tanto mediante la germinación de semillas como mediante la clonación. Esto permite duplicados exactos de las combinaciones genéticas de especial interés por su belleza, gran crecimiento, resistencia o adaptación al clima.

Para las especies que tienen mayor dificultad de reproducirse a nivel vegetativo se están ensayando otros métodos en laboratorio, a través de técnicas de cultivo in vitro o del injerto de yemas en patrones de la misma especie.

De esta forma, el IMIDRA ha clonado 114 árboles singulares, logrando 15.000 réplicas para su replantación. Entre ellos figuran ejemplares que sufrieron algún daño en Filomena.

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