Érase una vez en un País muy cercano, muy cercano, en donde un Rey que se encaprichó de una hermosa y muy bien tipada vedette. La cenicienta enamorada voló por encima de las nubes en la dorada carroza de la monarquía. El casado Monarca la disfrutaba en un piso que le habían preparado sus fuerzas de seguridad para tales eventualidades. La pareja gustaba de perpetuar su amor grabando escenas de cama con sus macizos y jóvenes cuerpos, y vencer al tiempo en la eterna lozanía cuando las carnes les colgaran. Pasó el tiempo y, tal y como el mujeriego Rey acostumbraba, se cansó de su hermosa vedette y la plantó cerrando su real bragueta. La hermosa abandonada y agraviada al haberle ofrecido a la realeza lo mejor de su juventud, se enfureció y guardó aquellas amadas escenas de cama para su propio regocijo y poder verlas y reverlas una y otra vez añorando a su desdeñoso Rey.
La guardia pretoriana por orden del Rey, o no--Eso no nos lo ha contado el Narrador-- violó la hermosa casita del bosque de Cenicienta y rebuscando las filmaciones, la dejó patas arriba. La abandonada belleza se había quedado sin sus recreaciones erótico-festivas, pero como era muy lista, ya había hecho copias y las había dejado a salvo dentro de una caja fuerte en lo más profundo del bosque.
Así y todo, la hermosa, cuando vio lo acaecido, se sintió abandonada, con mucho miedo y a merced de la guardia pretoriana, así pues, lo denunció a la policía del reino sin consecuencias aclarativas.
Entonces, alguien, le ofreció un pacto de silencio que le supondría pingues beneficios. Ella aceptó porque “la pasta es la pasta”, y ya que no tenía a su Rey, lo supliría con un dinerillo que le ahorraría muchas lágrimas al real abandono. De las arcas del pueblo se le abonaron 500 millones de las antiguas pesetas-- de los años 90--. Si, se le pagó de aquellos opacos Fondos Reservados que hicieron ricos a tantos. “¡500 millones a la buchaca!”.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Moraleja: Todos sabemos que el amor es algo maravilloso, pero es más maravillosos todavía si los entuertos de ese amor los paga el dinero ajeno, es decir, sus súbditos y sin, niquiera, pedirles parecer ante los desmanes de su Rey.
Sabemos que nuestra Carta Magna le otorga al Rey la medieval y trasnochada irresponsabilidad penal(Haga lo que haga no se le puede castigar), pero no sabía que también se le otorga la irresponsabilidad pecuniaria, haciendo responsable civil subsidiario a los ciudadanos que sin haber comido ni bebido, y mucho menos disfrutado, a la escultural vedette, deberán pagar la astronómica cantidad de 500 millones de pesetas de los años 90.
CONCLUSIÓN.-La única función “per se” de la Monarquía es representar a nuestro país enseñando al mundo sus virtudes y, además, inducir una conducta ejemplar en nuestros hijos. Función imposible desde la amoralidad y perversa conducta de sus miembros, y si es imposible, no es necesaria y, por lo tanto, es prescindible.