Tres joyitas, tres, de Madrid, a tiro de piedra. Y es que esta ciudad es infinita. Ahí está, reinventado, el Museo de Historia de Madrid, antes Museo Municipal, en la calle Fuencarral 78. La restauración de Juan Pablo Rodríguez Frade ha dotado de amplitud, luminosidad y calidez al museo. Y la visita por sus salas se hace realmente agradable, tanto por las numerosas pinturas -curiosísimas las arquitecturas efímeras con que en la capital se celebraban diferentes acontecimientos- como por las porcelanas del Buen Retiro, esa magnífica "Alegoría de la Villa" pintada por Goya o la espectacular maqueta de León Gil de Palacio.
Sólo unos números más abajo, en esta misma calle, en Capilla de Nuestra Señora de la Soledad (más conocido como El Humilladero, en Fuencarral, 44), la oportunidad navideña permite contemplar esta reliquia del pasado -que fue caballeriza, dicen, antes que capilla- a la vez que se colabora con la ONG Mensajeros de la Paz, visitando y contribuyendo al belén solidario del padre Ángel. Este año, el belén recuerda África y el ébola, además del drama de las pateras en el Estrecho, con figuras todas negras salvo los vigilantes de la valla.
Bajando por Gran Vía, además del ambiente de la calle, se llega en un plis plas al Palacio de Linares, una joya que externamente se queda a la sombra del Palacio de Cibeles, pero cuyo interior merece sin duda la visita. Por la riqueza de su decoración desde los techos -muchos cubiertos de frescos-, las lámparas, las paredes, los muebles, las alfombras, las escaleras...
Las cifras de turismo que llega a Madrid vuelven a crecer, lo cual es todo un respiro para una ciudad tan pegada a los servicios como esta. Pero tal vez convendría no centrar todos los esfuerzos en el turismo de compras, aunque sea éste el que deja el dinero. Porque la riqueza cultural de Madrid merece destacar por encima de sus tiendas, y sin duda muchos de los que vienen -y de los que no lo hacen- ignoran cuánta riqueza atesoran casi cada una de nuestras calles.