En este tiempo, inspirado en modelos naturales, ha intentado imitar no sólo el movimiento sino también el carácter y la esencia de vida que desprenden todos los organismos del Planeta. Todos los animales de la muestra funcionan con mecanismos que se activan mediante sensores de movimiento, de modo que el público interactúa directamente con cada pieza, estableciéndose un lenguaje hombre?máquina. Al acercarse, pasar la mano sobre ellos o accionar la bomba de aire, el visitante puede provocar movimientos orgánicos que destacan por la naturalidad que desprenden y descubrir nuevas formas de vida.
La entrada a este singular mundo submarino es a través de la mandíbula de un tiburón gigante. Una vez dentro, se oye el crujir de la chatarra y el sonido del mar. Se descubren mecanismos que van desde una simple bomba de aire conectada a una electroválvula (pez globo), pasando por unas cadenas que accionan un banco de peces, hasta una biela que articula una ballena beluga o una pica de acero inoxidable que compone un caballito de mar que enrosca y desenrosca su cola prensil.
Detrás de Ferroluar se esconde Raúl Martínez, un artista observador e ingeniero industrial autodidacta que crea piezas a partir de todo tipo de chatarra y elementos reciclados. Su obra se desarrolla en torno a la creación de objetos y animales mecánicos y sus esculturas mezclan movimiento, sensaciones y tecnología, y al mismo tiempo interactúan con el visitante creando una sensación extraña y brillante.
Una beca concedida le permitió componer una primera exposición de seis piezas. Hoy fabrica seres de chatarra para compañías de teatro, vende las piezas y las exhibe en museos. Algunas forman parte de la colección permanente del Museo de Zoología de Barcelona o han sido expuestas en diversos centros como el Museo Marítimo de Barcelona, el Centro de Conservación de Salburua (Vitoria) o el Museo de Pesca de Palamós (Gerona).
FOTOGALERÍA: Vida acuática, en el Círculo de Bellas Artes