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Madrid, entre par?ntesis

Madrid, entre par?ntesis

lunes 10 de junio de 2013, 00:00h
Madrid vive en un paréntesis. Su historia dejó de ser contada hace años y el futuro está a expensas de una decisión ajena sobre su declaración de ciudad olímpica. Entre medias, es una ciudad entre paréntesis que sigue viva porque los madrileños saben a qué hora abrir los cierres de sus comercios, en dónde está la oficina del INEM, el hospital que les corresponde, el horario de la escuela de sus hijos y el metro que les lleva al Santiago Bernabéu. Por lo demás, funciona con el piloto automático, como un avión sobre el Atlántico, sin gobierno ni gestores. Los vecinos, si lo pensaran por un momento, lo preferirían, porque el equipo Botella sólo se acuerda de ellos para cobrarles tasas e impuestos, afearles su actitud si reclaman cualquier cosa, extender prohibiciones y echar la culpa de todo a la herencia recibida, no se sabe si la de Gallardón, la de Álvarez del Manzano o la de Tierno Galván. Porque echárselas a Zapatero sería hilarante, cuando sólo en Cibeles se gastaron setecientos millones de euros para que Gallardón se hiciera un despacho a la medida de su ego.
 
Ahora se ha debatido en un pleno municipal el “estado de la ciudad” y sus gestores han demostrado que ignoran que Madrid es algo más que un pueblo grande. La historia la ha convertido en una ciudad-Estado con una población superior a la de muchos países y un protagonismo nacional e internacional que la señala como escenario en donde aprobar la reválida e iniciar un futuro profesional, artístico o científico. Por su propia naturaleza, pretender gestionarla como una charcutería de barrio es carecer de una concepción del mundo, de una idea de ciudad y del menor sentido de la cosa pública, porque para creerse Madrid hay que creer en Madrid, conocerla y respetarla, algo que se viene demostrando que está al alcance de muy pocos gobernantes. El equipo Botella se enorgullece año tras año de “lo que va a hacer”, pero pasan los años y nunca se hace nada. Sólo palabras, palabras, palabras...; tan volátiles.

Es el drama permanente de la derecha española, que se dice liberal sin tener la menor idea de lo que significa el liberalismo. Son quienes se rasgan las vestiduras porque hay en España dos millones de niños hambrientos y quienes defienden a ultranza los derechos de todos, incluidas las mujeres, pero no les dejan decidir sobre su libertad para ser madres. Son quienes defienden la libertad de mercado, pero se reparten el dinero público en sobres o en concesiones cercanas al monopolio, o inmersas en él, para pervertir la ley de la oferta y la demanda.  Son quienes critican el fundamentalismo islámico, pero obligan a los niños a estudiar religión católica... Así son los “liberales” de la derecha española, los que presionan a los directores de los periódicos, los que aseguran que toda la prensa española es de izquierdas, los que obstaculizan la labor judicial y los que hacen un regate a las sentencias judiciales colocando a sus amigos en otros puestos con nuevos y mayores sueldos. En definitiva, una particular concepción del liberalismo, muy diferente de aquél que se preocupó de llevar a cabo correcciones sociales para que no se impusieran ideas como las que exhibe el equipo Botella y sus palmeros.

Si los madrileños no hubieran alcanzado el estado de hastío y, en consecuencia, no les hubieran dejado por imposibles, mostrarían su irritación por una gestión que tiene poco que ver con la crisis económica y mucho con el caos organizativo y el desbarajuste institucional. Resumiendo: en un año (un año de resignación y parálisis) se ha cambiado cinco veces el equipo de gobierno; la mayoría de los edificios públicos están deteriorados o cercanos a la ruina; la seguridad de los madrileños se deja al albur de “empresas próximas” aunque el resultado sea de cinco niñas muertas en una fiesta; se decide dejar de colaborar con las grandes instituciones culturales madrileñas para gastar en otras duplicadas e inútiles; se hace competencia a la iniciativa privada sin escatimar gastos desmesurados en publicidad; se abandonan los distritos y los barrios, incluso dejando de invertir partidas ya presupuestadas; se obstaculiza la puesta en marcha de iniciativas empresariales de emprendedores con mil y un papeleo; se desprecia toda opinión o ayuda para mejorar la calidad de vida de los madrileños; se dejan sin entregar viviendas sociales y se olvida a los más débiles y en riesgo de exclusión social; se convierte, en fin, al ciudadano en un mero contribuyente sin recompensa, o sencillamente se le desprecia.

Convendría preguntarse qué será de Madrid si finalmente sale elegida Estambul, o Tokio, para los Juegos y hay que cerrar el paréntesis. Porque fiarlo todo a una carta que resultó perdedora dos veces es algo peor que una osadía: es una temeridad. Y con un ayuntamiento descabezado, un equipo de gobierno inexperto, unos concejales a los que les viene grande la ciudad-Estado y una crisis general para la que carecen de respuestas, Madrid se eternizará en lo que ahora es un paréntesis y luego sería una larga e insustancial parrafada que comenzó hace más de dos décadas.

Ana García D'Atri.
Concejala socialista en el Ayuntamiento de Madrid.
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