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Andreíta y los pijoborrokas

Andreíta y los pijoborrokas

viernes 11 de septiembre de 2009, 00:00h
Me disponía a escribir esta columna semanal sobre esa infancia y juventud que estamos formando, a la que estamos educando en la ausencia de valores en la creencia de que así son más libres, a los que una parte de la sociedad ha intentado incluso preservar del supuesto "adoctrinamiento" de una asignatura como Educación para la Ciudadanía, a quienes cómo les vamos a pedir respeto para los profesores cuando les vemos mandar a hacer puñetas (y soy fino) a los padres en medio de la calle.

Iba a hablar de esa juventud desmotivada, sin ilusiones, ajena a cualquier actividad cultural, de ese 14 por ciento de los jóvenes españoles de entre 16 y 24 años que ni estudia ni trabaja, es decir, que no hace nada más que vivir en casa, pedir dinero y hacer de su capa un sayo; de ese 30 por ciento de fracaso escolar que sufrimos y que hace que sacar un curso de carrera en un año convierta al autor en un raro y que sacar un 9,90 de nota media en la selectividad conlleve salir en todos los periódicos.

 Iba a escribir sobre los pijosborroka, sobre los que graban y suben a Youtube sus ataques a la policía con comentarios jocosos cada vez que un botellazo alcanza a un agente que maldita la gracia que le hace tener que pasar toda la madrugada aguantando ser el pim pam pum de unos imberbes sabedores de que, en muchos casos, sus padres les apoyarán, contratarán abogados, les defenderán, y hasta recurrirán unas sanciones que pueden dejar a sus hijos nada menos que tres meses llegando a las diez de la noche. ¡Hasta ahí podíamos llegar!.

Iba a escribir sobre esas series televisivas en las que, para llegar mejor al público juvenil, se banalizan las relaciones sexuales, se comparten pastillas, se hace botellón y se monta el pollo. Iba a hablar de cómo una sociedad del bienestar, amuermada por la falta de diálogo institucional, por la ya cansina pelea entre los dos principales partidos que no son capaces de poner las bases de un programa educativo a aplicar durante varios años, se agita en sus asientos cuando las batallas campales no las protagonizan como en los "banlieues" franceses los inmigrantes en una situación insostenible sino hijos de lo que socialmente se considera buenas familias.

Y de pronto el Defensor del Menor, de quien pensaba que estaría superado y abrumado por esta situación antes descrita que afortunadamente no afecta más que a una parte de nuestros jóvenes y adolescentes, me descoloca saliendo en defensa de Andreíta, la hija de Belén Esteban, no porque la niña no merezca esta dedicación sino porque esa intervención nos devuelve al mundo del pan y circo en el que parece que estamos condenados a vivir.
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