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El juego del pañuelito

lunes 27 de junio de 2016, 08:21h

Por si nos quedaba algo en lo que desconfiar, estas elecciones han señalado a las empresas demoscópicas empezando por el CIS. Ya no habrá a partir de ahora quién se fíe de las encuestas, culpables durante semanas de que hayamos tenido que soportar el chirriante y desagradable sonido del “sorpasso”, esa palabreja engañosa y quien sabe si amenazadora, y por tanto perjudicial finalmente, para quién se suponía destinado a rentabilizarla. Por fin, el dichoso “sorpasso” ya ha pasado a mejor vida y su credibilidad mermada. Pero ¿qué ha pasado para que todo el mundo al mismo tiempo se haya equivocado tanto? Al margen de los datos y análisis postelectorales, que ahora nos abrumarán con la misma inclemencia de hace seis meses, resulta difícil entender cómo es posible que los surcos tan marcados en los rostros de nuestros candidatos hayan sufrido en cuestión de horas el fulgurante efecto de un lavado estético que ha cambiado radicalmente sus expresiones. No tanto, por supuesto, como para que, una vez más, todos se consideren en alguna medida ganadores de algo por mucho que lo hayan perdido todo o casi todo, pues para eso todavía tienen ahora unas semanas para consumar sus éxitos o fracasos. Cualquiera que viese a Rivera tras conocerse su fiasco diría que había ganado las elecciones, a Sánchez casi lo mismo –es un hombre al que le cuesta apuntalar la sonrisa- y por supuesto Rajoy que parecía que había ganado cualquier cosa menos las elecciones –de hecho se olvidó de decirlo al principio-. Tuvo, eso sí, la gallardía y el buen gusto de no dar saltitos en el balcón, quizá escarmentado de su baile en A Toxa. Lució, a cambio, un sobrio, descamisado y sincero aire campechano solo sobresaltado por algunos tropezones y arrebatos patrióticos. Otra cosa es Iglesias, incapaz de evitar la sensación de haber conducido a su pueblo por la senda equivocada. ¿Qué ha pasado pues?

Pues de todo. De todo lo que las encuestas son incapaces de detectar. Cada encuestador debería ir con un polígrafo. Para empezar, no se entiende que líderes pobremente valorados resulten finalmente elevados al olimpo de los triunfadores. La razón está en las siglas que defienden. En su tradición, en su historia, por encima de los nombres, estriba la razón de su supervivencia. Por eso el PSOE no perdió finalmente su sitio. Eso explica que Rajoy, tan vilipendiado y hasta ridiculizado en gran medida durante estos meses, no sólo no ha terminado su carrera política como se vaticinaba, sino que ha gozado de un imprevisto impulso. Rajoy ha elevado a categoría de leyenda el lema de que el que resiste gana. Y sin moverse del sitio. Igual que en aquel juego de niños llamado “El Pañuelito” en el que los contrincantes corrían hacia aquel que sostenía un pañuelo sobre una línea marcada en el suelo. En la habilidad del amago, estribaba que el contrario sobrepasase esa línea y, engañado, se trastabillase permitiendo que le birlaran el pañuelo ante sus narices. Rajoy simplemente ha dejado que “pasaran cosas” y que los demás se pasaran de la raya. “En tiempo de tribulación, no hacer mudanza”, advirtió el fundador de los jesuitas Ignacio de Loyola. Eso parece haber guiado finalmente a gran parte del electorado, finalmente alarmado por las encuestas y probablemente añorando el perfume del bipartidismo, ese status quo que nunca languidece del todo. Los que coquetearon con Ciudadanos, volvieron a casa de PP hasta el punto de llenar su granero para sorpresa del campechano Rajoy que, ya en campaña, añoraba labores labriegas. Los que amagaron sin mucho convencimiento con el pañuelito desde Izquierda Unida hacia Podemos, debieron hacer el camino inverso al de antaño y al final optaron por apuntalar al PSOE. Unidos Podemos ha sufrido uno de esos tremendos avatares que sufren los héroes de “Juego de Tronos”, esa serie implacable que gusta a Iglesias. Ya habrá tiempo de señalarle sus errores estratégicos. Sí, quizá el más gordo haber dado alas a Rajoy como hizo España ante Croacia, para que no falte la cita futbolística de estos días. Un mal cálculo aunque lo haya negado. Tampoco las encuestas han podido registrar los efectos de lo ocurrido en Reino Unido, justo en vísperas de las elecciones, hábilmente manejados a última hora por Rajoy. Un guirigay que ha aportado confusión y recelo en muchos que pensaron que si llegaba otra vez el diluvio mejor refugiarse en el Arca, no vaya a ser. Todo han sido amagos. Como en el pañuelito. Si acaso necesitamos con urgencia un cambio, mejor en otro momento.

Y en todo caso, si tantos y tantas, están convencidos de que realmente España lo necesita y lo desea, tendremos que concluir que, mientras se piensa para cuándo, no contamos todavía con aquellos líderes capaces de llevarlo a cabo.

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