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OPINIÓN

Medio siglo sin patrón oro

Por Joaquín Galván Vallina
martes 28 de septiembre de 2021, 08:32h

Cuando era niño le pregunté a mi abuelo por qué en las tiendas aceptaban esos papelitos verdes a cambio de la compra. Él me contestó: “porque en el Banco de España hay oro”, y a mí me pareció satisfactorio. Luego esto cambió.

En el verano de 1971, el presidente estadounidense Richard Nixon suspendió la convertibilidad del dólar a oro, al anunciar en una comparecencia televisiva que “la convertibilidad del dólar en oro queda temporalmente suspendida”. Pero fue definitivo: en 1976, el precio oficial del oro en dólares fue abolido, con lo que el sistema llamado de patrón oro-dólar -concebido en 1944 en la Conferencia de Bretton Woods- resultó destruido. El sistema monetario internacional quedó a partir de entonces como un “sistema de flotación sucia” (es decir, con las monedas en flotación; pero no de forma libre, sino con intervención de los bancos centrales).

Efectivamente, el oro fue históricamente aceptado como moneda internacional de común acuerdo; aunque en los últimos siglos también se siguió un patrón bimetálico antes de imponerse un patrón oro único.

De este modo, hasta la década de los ochenta del siglo XIX, en muchos países se utilizaba un sistema de respaldo basado en dos metales: el oro y la plata. El tipo de cambio era determinado por la cantidad de metal que llevaban las monedas. Había monedas -como la libra esterlina-, respaldadas exclusivamente por el oro, otras –como el franco francés- con un patrón bimetálico plata-oro y otras -como el marco alemán- respaldadas por la plata.

Con este sistema, al fijarse el tipo de cambio de manera oficial, sólo el metal más abundante tiende a ser utilizado como moneda, expulsando al metal más escaso fuera del sistema (Ley de Gresham). Con esto, hubo importantes fluctuaciones originadas por los yacimientos de oro hallados en el siglo XIX en California, Alaska y Australia.

En 1870, Francia impulsó la Unión Monetaria Latina, y se adhieren además Bélgica, Suiza, Italia, Grecia y Rumanía. Esta unión conllevaba acuerdos sobre valores de las unidades monetarias y equivalencia entre las mismas, así como de la ley del oro y la plata que debía llevar cada moneda. España creó la peseta en 1868 con el fin, que luego no se llevó a cabo, de integrarse en la Unión monetaria Latina.

El sistema de patrón oro se mantuvo durante este período debido a que existió un marco estable de relaciones entre los países que permitió un período de paz en Europa relativamente largo (salvo en la región de los Balcanes), que vino a denominarse paz armada –donde se fueron creando alianzas de poder que llevarían a la primera Gran Guerra-.

El oro, tradicionalmente es un activo cuya posesión representa riqueza debido a una serie de características: es escaso, homogéneo, no se degrada, es divisible, es transportable y resulta difícil falsificarlo. El primer país que decidió utilizar el patrón oro fue el Reino Unido en 1821. En virtud de este patrón cada país podía emitir una cantidad de moneda limitada al oro que tuviese.

Los demás países fueron adoptando el patrón oro poco a poco: Alemania lo adoptó en 1875 –derogando el patrón plata-, Francia en 1878 (al igual que la Unión Monetaria Latina), los Estados Unidos en 1879 –abandonando el patrón bimetálico junto con la plata-; España, por su parte, no llegó a adoptar el patrón oro, ya que los billetes nunca fueron convertibles solamente en oro: a partir de 1883 los billetes fueron convertibles exclusivamente en plata, dejando de serlo en oro (a la vez que los demás países –como hemos visto- desmonetizan la plata). Incluso Méjico, que era el primer productor mundial de plata, adoptó el patrón oro en 1905.

Durante este período de tiempo, Londres fue el centro del Sistema Financiero Internacional, debido a la capital importancia del Reino Unido en la economía mundial. El sistema de patrón oro clásico se basa en el uso de resguardos o certificados de depósito de oro, como medio de pago; de este modo, la moneda funciona a modo de resguardo que permite a su propietario retirar del banco la cantidad de oro especificada en cada billete. 

Al comenzar la primera Guerra Mundial, la mayoría de los países industrializados, como Francia, el Reino Unido y Alemania, impusieron embargos a las exportaciones de oro y suspendieron el intercambio de pagarés en oro. Las monedas fluctuaban entre sí, moviéndose dentro de rangos preestablecidos; pero tampoco esos rangos funcionaron. Al finalizar la Guerra, algunos países sufrieron hiperinflación; como ejemplo está la República de Weimar, que sufrió este proceso a causa -entre otras cosas- de la caída de la actividad económica, la crisis del 29 y la impresión masiva de dinero para satisfacer las indemnizaciones de guerra.

En la década de los veinte, los países, al ir estabilizando sus economías, fueron volviendo paulatinamente al patrón oro (entre ellos, Estados Unidos en 1919 y el Reino Unido en 1925).

De 1922 a 1944, para mejorar la liquidez del sistema de patrón oro, se estableció la libra esterlina como unidad de cuenta. Este sistema se sustentaba sobre el hecho de que el 90% del comercio internacional se llevaba a cabo a través de Inglaterra, utilizando la libra como medio de pago; y se afianzaba en la confianza depositada en esa moneda. Los Estados Unidos, por su parte, fueron sustituyendo al Reino Unido como potencia económica dominante. Finalmente, la Gran Depresión y la devaluación continuada de la libra esterlina llevaron a que en 1931 el gobierno británico suspendiera los pagos en oro y estableciera la libre flotación del oro. Esto supuso la destrucción del patrón oro y otros países fueron permitiendo la libre flotación del oro (como los Estados Unidos, en 1933). El Sistema Monetario Internacional tiende entonces a fraccionarse en bloques de divisas: principalmente libra esterlina, dólar y franco. Esta situación se mantendría con pocas variaciones hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

A finales de la Segunda Guerra Mundial, los acuerdos de Bretton Woods fijaron de 1944 a 1971 el patrón de cambios dólar-oro. El principal de estos acuerdos fue hacer todas las monedas convertibles con el dólar y el dólar, a su vez, la única moneda convertible con el oro. Sería un patrón oro indirecto, y el dólar se convertiría en la divisa-reserva hegemónica del sistema monetario internacional. Las líneas generales de este conjunto de acuerdos fueron las siguientes:

-El valor del dólar se fijó en 35$ la onza de oro.

-Las demás monedas se valoraban en dólares (cada moneda tenía un valor en oro calculado a través de su valor en dólares). El precio de una moneda podía variar un 1% en torno al valor de paridad.

-La paridad de una moneda podía alterarse sólo si el país presentaba un “desequilibrio fundamental” de su balanza de pagos. Sólo se podían ajustar los tipos de cambio junto con la aplicación de unas políticas destinadas a corregir el desequilibrio (se pretendía evitar devaluaciones competitivas).

-Se constituyó el Fondo Monetario Internacional (FMI). Su objetivo era determinar unas reglas sobre la conducta de las políticas monetarias internacionales. Proporcionaría financiación a medio plazo, de forma temporal, a los países con desequilibrios durante el período de ajuste.

-El Banco Mundial sería el encargado de financiar los proyectos de desarrollo.

Los diferentes países enviaron oro a los EE.UU. para dar respaldo al sistema. En un principio, el oro de los EE.UU. era suficiente y superaba a los pasivos en dólares frente a los bancos centrales extranjeros. No obstante, comenzó a haber inquietud en los mercados, ya que las necesidades de reservas internacionales de los bancos centrales crecían, y sus necesidades de dólares se incrementarían hasta sobrepasar el stock de reservas en oro de los EE.UU. Por otro lado, los EE.UU. practicaban una política monetaria expansiva e incurrían en una inflación creciente, debido a la Guerra del Vietnam y la expansión del Estado del Bienestar de los sesenta.

Ante la posibilidad de que aumentase el precio oficial del dólar en términos de oro, Francia fue la primera que, bajo el mandato de Charles de Gaulle, pidió el cambio de los dólares de sus reservas en oro. Esta petición inicial fue atendida, pero en ese mismo año se suspendió temporalmente la conversión de dólares en oro. Como reacción a lo anterior, se crearon en 1970 los Derechos Especiales de Giro (DEG) como nuevo medio de pago internacional. Los DEG son unidades de cuenta basadas en una cesta de monedas y, con ellos, el patrón oro pasa a convertirse, prácticamente, en patrón dólar.

En 1971, tras suspender el presidente Nixon la convertibilidad del dólar, las 10 mayores potencias del sistema Bretton Woods llegaron a un acuerdo para salvar el sistema, el Smithsonian Agreement, con un nuevo valor del oro (38$ la onza), una devaluación del dólar y mayores bandas de fluctuación de las distintas monedas en torno al mismo.

De todos modos, el oro seguía subiendo, y el dólar se devaluó frente a las monedas de los demás países industrializados. Por ello, en 1973 se eliminaron los tipos de cambio fijos y el valor de las monedas pasó a estar en flotación libre. En 1976, el precio oficial del oro en dólares fue abolido, con lo que el sistema quedó destruido. 

En efecto, en los acuerdos de Jamaica de 1976, el sistema de tipos variables fue ratificado por los miembros del FMI. Se decidió que los tipos de cambio flexibles eran aceptables para los miembros del FMI y se abandonó oficialmente el oro como activo de reserva internacional. La mitad del oro que mantenía el FMI se devolvió a los países miembros, la otra mitad se vendió y los beneficios fueron dedicados a ayudar a los países pobres.

Al perderse el oro como referencia internacional, las distintas monedas han intentado organizarse para dar estabilidad al sistema, como ocurrió con el SME y la moneda única europea.

Tras la quiebra del sistema de Bretton Woods, éste se sustituyó por el sistema de tipos de cambio flexibles. Los países de la CEE, para evitar los problemas derivados de la flotación de las monedas (principalmente la volatilidad de los tipos de cambio y sus efectos negativos sobre el comercio internacional y la posición competitiva de muchos países) firman en 1972 el acuerdo de Basilea; por este acuerdo, los países firmantes reducen el margen de fluctuación de sus monedas. El Sistema Monetario Europeo (SME) sustituyó en 1979 al Bloque Europeo de Tipos de Cambio de 1972. El SME se basaba en una cesta de monedas, denominada ECU, con todas las monedas de los países miembros. Se estableció un tipo de cambio fijo entre las demás monedas y el ECU. A la vez, se estableció un tipo de cambio central entre las diferentes monedas, permitiendo unas bandas de cotización y con la intervención de los bancos centrales en caso de ser rebasadas.

El difícil encaje de las políticas monetarias de las monedas pertenecientes al SME, entre otras causas, provocó turbulencias monetarias -especialmente de 1992 a 1994-, aunque ello no impidió que en enero de 1999 once países europeos lanzaran el euro como moneda única común, sustituyendo a todas las monedas de los países que componían el sistema.

En definitiva, la evolución del sistema monetario internacional, no había experimentado grandes cambios hasta finales del siglo XIX y, a partir de ese momento, los cambios fueron radicales. Se abandonó el patrón bimetálico para, posteriormente, adoptarse el patrón oro en las economías más importantes del mundo y la libra esterlina, como moneda de referencia internacional, dejó paso al dólar. Posteriormente, tras los acuerdos de Bretton Woods, se adoptó un patrón dólar-oro, que desapareció en 1971, llegándose al sistema actual de flotación dirigida y con preponderancia del dólar.

Como vemos, la pérdida del patrón oro llevó a distintos modos de organización con la finalidad de dar una estabilidad en los tipos de cambio que resulta crucial para el buen funcionamiento del comercio y las finanzas internacionales.

La pérdida del oro como referencia ha traído una mayor inestabilidad al sistema monetario internacional, con unas repercusiones económicas importantes. Según el premio Nobel de Economía Milton Friedman, para que haya un crecimiento económico sin inflación la cantidad de dinero de las economías sólo podría aumentar lo que crezca el PIB. Y en este sentido, la extracción de oro ha venido aumentando en paralelo al PIB mundial, lo que haría al oro el respaldo monetario idóneo.

Sin embargo, los distintos países con posibilidades de emitir moneda sin el freno que suponía el respaldo del oro, se lanzaron a imprimirla para solucionar situaciones de crisis. Habida cuenta de que la inflación es un fenómeno eminentemente monetario, la inyección de liquidez sin aumento paralelo del stock de activos en las economías condujo a importantes procesos inflacionistas, especialmente durante los años setenta y ochenta. Si observamos el precio del oro hoy, rondando los 1.800 dólares la onza, con respecto a los 35 dólares la onza del Sistema de Bretton Woods, vemos que el dólar se ha devaluado un cinco mil por ciento con respecto al oro desde entonces.

Por otro lado, las crisis económicas tras el abandono del patrón oro han sido más cortas que en los períodos previos. No obstante, al ser afrontadas con inyecciones de dinero y aumento de deuda, sin resolver los problemas reales de las economías, dejan estos últimos camuflados, a la vez que los precios quedan falseados; y la vital información que da el sistema de precios lleva a tomar decisiones equivocadas.

La economía mundial ha crecido de forma sostenida en este período, pero esa causa del crecimiento no es achacable a la política monetaria (que a la larga tiende a ser trivial) con la expansión monetaria y del crédito. La economía que se mueve a lomos de la inyección de dinero y el aumento del crédito generado por los bancos comerciales, además de dar la patada hacia adelante y dejar los pagos a generaciones futuras, tiende a inflar los precios de los activos; y la experiencia nos muestra que los gobiernos y ciertas clases pudientes pueden resultar beneficiados, pero para las clases media y baja los salarios crecen por debajo de la inflación (o son indiciados con retraso), a la vez que aumentan los precios de los gastos básicos, como vivienda, suministros o impuestos, lo que redunda en un deterioro de su capacidad adquisitiva.

En general el patrón oro, aceptado casi de forma tácita por todos los países en su momento, presenta más virtudes y menos defectos que sus alternativas. Volver a él de forma global podría atajar la crisis de deuda de los últimos años, que continúa amenazando. Sin embargo, se presenta harto difícil que los gobernantes renuncien a la posibilidad de poder dar un “manguerazo” de liquidez cuando se presenten problemas. Mientras tanto, China continúa acumulando grandes reservas de oro, en sus aspiraciones de ser la potencia hegemónica del mundo. Si occidente reacciona, puede ser ya con retraso.

Joaquín Galván Vallina

Doctor en CC. Económicas y Empresariales. Profesor de la Universidad Europea de Madrid

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