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Don Benito el retratista

viernes 06 de marzo de 2020, 14:17h

De sobra conocida es la extraordinaria capacidad descriptiva de Galdós a la hora de dibujar a sus personajes para el lector y de ello son ejemplo, entre muchos otros, Benina, la protagonista de Misericordia, criada, mendiga y piadosa hasta el martirio; Ramón Villaamil, confusamente suicidado en el final de Miau y modelo icónico del sufrido cesante decimonónico; el más de un centenar de personajes que pululan por Fortunata y Jacinta, sobre el que destacan la superviviente mujer del pueblo que come huevos crudos y la hembra estéril acosada por su propia clase y nutrida de pajaritos fritos; Máximo Manso, quijotesco y delirante frente a su interesada y vil tiastra Doña Cándida en El amigo Manso; la matrona déspota y voluptuosa de Doña Perfecta; el puntilloso analista y machista a los ojos contemporáneos doctor Miquis, enamorado de Isadora en La desheredada; Rosalía Pipaón, protagonista de La de Bringas, que, “como los toros, acude más al trapo que al hombre”; los prototipos que anteceden al feminismo consciente en las tres hermanas de Lo prohibido, con Eloísa, emprendedora e interesada por los negocios, en el momento actividad reservada a los varones, María Juana, proclive a la cultura y el conocimiento más allá de los cánones preestablecidos, equivalente a las “cultas latiniparlas” del Barroco, y Camila, que maneja con destreza las “armas de mujer”, pero en clave de seducción que salta barreras al uso.

Con todo, son retratos de ficción en los que el narrador adapta los perfiles, los suaviza o endurece a voluntad, quita y pone expresiones y conceptos como mejor va cuadrando a sus intereses descriptivos y expositivos. Tarea muy distinta es la de delinear una imagen de alguien real para que el público pueda tener una idea cabal del personaje.

Tal ocurre con Higinia Balaguer, acusada de haber dado muerte e intentar quemar el cadáver de la señora de la casa en que servía, Luciana Borcino, viuda de Vázquez-Varela, la noche del 1 de julio de 1888 y en el segundo izquierda del edificio de la calle madrileña de Fuencarral esquina a la de Divino Pastor. El escritor grancanario cubrió todas las vistas del proceso para traducirlas en crónicas destinadas al diario argentino La Prensa. Escribió numerosos artículos y sobre ellos dejó caer interesantes reflexiones sobre el sistema español de justicia del momento, pero además efectuó un exquisito dibujo a carboncillo de la juzgada que la prensa de la época reprodujo profusamente, y por añadidura realizó un retrato que sobrecoge por la precisión descriptiva y el análisis psicológico-forense que subyace, en alguna medida vicario de la vigente aún teoría frenológica de Franz Joseph Gall.

Trata el novelista metido a cronista de sucesos de borrar en la imaginación del lector la falsa idea, ya muy difundida, de que semejante horrendo crimen ha debido de ser cometido por una mujer corpulenta, forzuda y de aspecto ordinario y basto, de manera que emprende el diseño de su efigie negando la mayor y en los siguientes términos: “No hay nada de esto; es de complexión delicada, estatura airosa, tez finísima, manos bonitas, pies pequeños, color blanco y pálido, pelo negro. Su semblante es digno del mayor estudio. De frente recuerda la expresión fríamente estupefacta de las máscaras griegas que representan la tragedia. El perfil resulta siniestro, pero siendo los ojos hermosos, la nariz perfecta con el corte de la estatuaria clásica, el desarrollo excesivo de la mandíbula inferior destruye el buen efecto de las demás facciones. La frente es pequeña y abovedada, la cabeza de admirable configuración. Vista de perfil y aún de frente, resulta repulsiva. La boca pequeña y fruncida, que al cerrarse parece oprimida por la elevación de la quijada, no tienen ninguna de las gracias propias del bello sexo. Estas gracias hállanse en la cabeza de configuración perfecta, en las sienes y el entrecejo, en los parietales mal cubiertos por delicados rizos negros. El frontal corresponde por su desarrollo a la mandíbula inferior y los ojos hundidos, negros, vivísimos cuando observa atenta, dormilones cuando está distraída, tienen algo del mirar del ave de rapiña (…) Se expresa con exactitud de frase, impropia de su condición social, pues debe advertirse, para que se juzgue de su educación, que no sabe leer ni escribir”.

Un retrato robot en toda regla que pasma por su precisión y detalle, aunque no debería sorprender conociendo los antecedentes artísticos del autor. Como dicen Enrique Ruiz y Sebastián Cruz en su libro Prehistoria y protohistoria de Galdós: “De habérselo propuesto, hubiese sido un ilustrador excepcional”.

Don Benito en su vertiente retratista llegó a la “fotografía” de Higinia, tras muchos primorosos dibujos de adolescencia y juventud, junto a las posteriores ilustraciones de la edad adulta, entre las que destacan las realizadas para sus primeros Episodios Nacionales, como el león que figura en la portada de Trafalgar, las ruinas de Santa Engracia o la Puerta del Carmen, que adornan los episodios Zaragoza y Napoleón en Chamartín.

Más allá de las litografías y como dibujo original impresiona la belleza del apunte tomado desde la orilla izquierda del Ebro en el que en primer término aparece la tercera y cuarta arcadas del Puente de Piedra y los bravos remolinos que el municipio maño arrendaba para aprovechar en molienda la fuerza del río. Como fondo, elegante e impertérrita, la Basílica del Pilar flanqueada por algunas de las casas y palacetes del Paseo de la Ribera que fueron siendo derribadas con los años.

En algún sitio lo dejo escrito don Benito el retratista: “Nuestra imaginación es la que ve y no los ojos”.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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