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Entrevista a Roberto Álamo, Premio Hombre del Año en los Premios Madrid.
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Entrevista a Roberto Álamo, Premio Hombre del Año en los Premios Madrid. (Foto: Kike Rincón)

Roberto Álamo: "Madrid es un corazón que late muy impulsivo"

Un policía explosivo con un puñado de fantasmas escondidos, un militar en misión humanitaria en Afganistán y dos padres de familia, aquí en clave de thriller, allí en comedia amarga. Así ha sido el último año de Roberto Álamo, un año de éxitos que ha venido a consolidar dos décadas de trayectoria y en el que el actor ha recogido su segundo Goya, el que le ha distinguido como mejor actor por su papel en Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen). Ahora, el jurado de los Premios Madrid le otorga el galardón Hombre del Año 2017.

¿Qué ha significado para ti ser el hombre del año para el jurado de los Premios Madrid?

Para empezar, un orgullo enorme. Pero antes de sentir orgullo o de sentirme muy gratificado, la verdad es que flipé un poco porque si de pequeño me hubiera dicho que iba a ser hombre del año en algún lado, hubiera pensado que es una broma. Han considerado eso e, insisto, estoy muy gratificado, aunque me suena muy grande para mí.

¿Consideras que este último ha sido el año de Roberto Álamo?

Profesionalmente, está claro que ha sido un año muy bueno para mí. Primero con el estreno de Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen), que funcionó muy bien y nos ha dado muchas alegrías. También, casi seguido, estrené Zona hostil (Adolfo Martínez) y prácticamente seguido, Es por tu bien (Carlos Therón), una película que ha sido la española más taquillera del año. Profesionalmente no le puedo pedir más a la vida, la verdad.

¿Qué significa ganar un Goya?

Yo antes decía que profesionalmente no da ni quita nada. Desde luego, lo que te dan es una alegría inmensa, una gratificación, sentirse aceptado y querido por la profesión, admirado incluso. Un compañero me rectificó y me dijo que sí aportaba, y creo que tiene razón: el hecho de que a ti te den un premio, un Goya en este caso, personalmente es la hostia, pero además ayuda mucho a la película, a que se venda mejor, a que se promocione mejor. Si tiene seis Goya la película, se promociona mucho mejor aquí y fuera de España. Así que sí otorgan muchas cosas.

¿Llegará este Alfaro de Que Dios nos perdone que te ha dado tu segundo Goya a ser como Urtain para tu carrera?

No lo sé, habrá que esperar unos años, pero desde luego ojalá signifique lo que significó Urtain. De alguna manera extraña, el hecho de que yo esté aquí ahora mismo frente a ti contando cosas, tiene que ver con Urtain y con Animalario.

"Van ganando terreno las redes sociales al comunicarse de tú a tú, al piel con piel"

Este personaje, violento, aparentemente seguro de sí mismo, explosivo, esconde en realidad una condicionante incapacidad para comunicarse. ¿Crees que es un poco la enfermedad de nuestro tiempo, la dificultad para hablar con el de enfrente?

Sí, creo que sí. Es verdad que hay muchos adelantos, las redes sociales y todo esto, pero tenemos brazos, tenemos piel, terminaciones nerviosas… y tengo la sensación de que, aunque parezca mentira, a eso que es más importante que las redes sociales, cada vez se le da menos uso. Los abrazos, por ejemplo, o tocarse, o mirarse… creo que van ganando terreno las redes sociales al comunicarse de tú a tú, al piel con piel. Espero que cambie. Que se iguale al menos: antes no había nada, sólo había contacto, luego llegaron otros medios de contacto y ahora parece que el auge está en relacionarse a través de un teléfono o de un ordenador. Yo espero que se estabilice y que con el tiempo el tema de tocarse, de verse, de sentirse, esté más o menos a la misma altura de las redes sociales.

¿Qué ha significad Madrid en tu carrera? ¿Influye el lugar en el que creces?

Soy madrileño gato. No podría decirte exactamente, pero sí. Imagino que si hubiera nacido en León o en Huesca, posiblemente hubiera derivado también a hacer lo que hago, pero desde luego Madrid es una ciudad que me fascina. Solo puedo habar con amor de Madrid. Madrid te da y te quita la vida, pero creo que te da más vida de la que te quita.

¿Qué es lo que dice una ciudad de la personalidad o del carácter de sus habitantes? ¿Qué dice Madrid de nosotros?

Habría que hacer estudios sesudos sobre qué significa, pero sí que es cierto que Madrid tiene una energía especial. No tienes más que mirar. Aunque sí que hay algo que no me gusta de Madrid: la energía de la prisa, en la cual no me reconozco. Cada vez que voy por la Gran Vía, a no ser que tenga que ir deprisa porque tenga ir a algún sitio importante y no llegue, me fuerzo a ir despacio, caminando, paseando. Es un mal de todas las grandes ciudades y Madrid no se libra de ello: la gente pasea poco, va rápido a todos los lados. Quizás eso, por una parte, no casa conmigo del todo, pero también por otro lado le hace ser una ciudad enérgica, con mucha energía; es un corazón que late muy impulsivo.

¿De dónde te viene la afición al cine?

No es algo que se gesta de un día para otro, pero si hay momentos en que piensas: “Yo quiero hacer esto”. Ese punto clave en mi vida fue con doce años, viendo una película de Bake Edwards, Días de vino y rosas, con Jack Lemon y Lee Remick; una película, la verdad, no recomendable para un niño de 12 años porque trata un tema muy delicado que es el alcoholismo. La vi con 12 años en La2 de TVE, que creo que todavía era UHF, y me impresionó tanto que sí recuerdo vivamente, porque para eso soy muy bueno, que cuando estaba terminando yo estaba llorando. Me tiré tres días llorando por los rincones y me dije: “Yo quiero ser de alguna manera como Jack Lemon, yo quiero provocar en la gente esto que Jack Lemon ha provocado en mí”. Es un pensamiento quizá un poco primitivo en un niño de doce años, pero que aún hoy me sigue sirviendo. Yo quería provocar en la gente aquello que Jack Lemon había provocado en mí. Esa es una de las claves por las que me decidí a ser actor.

A parte de ese Jack Lemon, ¿qué personaje de la historia del cine te hubiera gustado interpretar?

Varios. Hay dos de Marlo Brando que me hubiera encantado hacer: El último tango en París y El Padrino, sin duda. De una película que no es muy conocida, que se llama Espantapájaros, del año 73, con Al Pacino y Gene Hackman, me hubiera encantado hacer cualquiera de los dos personajes.

Empezaste con Cristina Rota, luego en Animalario y, a pesar de empalmar proyectos en cine y televisión, siempre encuentras un hueco para volver a las tablas. ¿Es necesario seguir haciendo teatro para un actor?

No es necesario para un actor hacer teatro. Hay actores increíbles que nunca han hecho teatro. Ahora, es verdad que ellos se lo pierden. La sensación de estar encima de un escenario haciendo una obra, hablando con tu cuerpo, con tus emociones, con tu voz, delante de un público que ha pagado por verte, con unos compañeros, con un equipo detrás… y si encima la obra es maravillosa y lo que cuenta es la hostia… eso no tiene precio. Eso es la fantasía de un actor o una actriz: cuando terminas, miras al público, la gente se levanta o no, aplaude… ese momento no te lo da la televisión, ni el cine, ni los photocalls, ni los premios, no te lo da nada. Es algo realmente extraordinario, que te hace sentir vivo, que te gustaría hacerle el amor a toda la gente que hay allí metida… No sé, te hace sentir muy bien. El cine o la tele te dan otras cosas, pero no esta.

"Hay que tener mucho cuidado y cierta técnica para no hacerse daño"

También debe ser más duro: en según qué casos, andar por lugares difíciles una y otra vez, tocar determinadas teclas en cada función…

Hay que tener mucho cuidado y cierta técnica para hacer papeles, perdona por la palabra, jodidos emocionalmente, para no hacerse daño. Incluso teniendo cierta técnica, cuando haces una función dramática o muy dramática durante doscientas o trescientas veces, hay que tener mucho cuidado. Porque somos humanos, no somos dioses, y siempre puedes flaquear y, de repente, decir, ostia, me estoy empezando a confundir, a no sentirme bien cuando salgo de la función.

Yo en concreto llevo una racha potente, entre Urtain, Hamelin, Marat-Sade, Un tranvía llamado deseo, De ratones y hombres y, esta última, Lluvia constante… que son auténticas tragedias. En la última, me dio un aviso. Llevábamos ya 140 funciones y de repente terminaba la función y yo no estaba bien. Necesitaba descanso, desconectar de todo, y digo de todo. Hay que tener cierto cuidado, cierta precaución, nada más.

Hagamos una radiografía de la situación del cine español o, mejor, de la industria cinematográfica española, apenas dos meses después de la polémica no bajada del IVA…

La buena noticia del IVA es que parece que no lo suben. Efectivamente, no sé si alguna vez… imagino que sí, que el cine español ha gozado de mejores momentos. Yo rompo una lanza por la positividad y por la energía. Cuando hay malos tiempos, está muy bien ponerse el paraguas y seguir currando. Es decir, vamos a demostrarles que el cine es cultura y que el cine vende y que el cine es, como lo llaman algunos, marca España. Que el cine vende fuera, que es rentable. Sin ir más lejos, Que Dios nos perdone fue la semana pasada premiada en uno de los festivales de cine policiaco más importantes del mundo, el festival de Lieja, donde se ha llevado el premio a mejor película del jurado, el de mejor película del jurado joven, el premio a mejor película de la crítica y a mejor actor (para el propio Roberto Álamo). Es una forma de decir fuera de nuestras fronteras que aquí se hace buen cine, que España es un país que merece la pena y que hace cosas de calidad. Espero que poco a poco abran los ojos.

La culpa fue de Jack Lemon

Fue antes que Urtain. Mucho antes, pero también dentro de esa serie de acontecimientos que le hacen a uno estar donde está en el presente. Lo de ‘meterse en la piel’ del personaje nunca antes había cobrado tanto sentido. Roberto Álamo era por entonces recordado sobre todo por ser Ramón, ‘el calvo’ de la a menudo injustamente denostada Días de fútbol (2003). El punto agridulce de aquella comedia de extrarradio lucía bien en Álamo, que participó en otras cintas del tono (Los 2 lados de la cama, Días de cine, Una hora más en Canarias). Formado en la prolífica escuela madrileña de Cristina Rota y acogido en esa cantera de talento que es Animalario, el espaldarazo definitivo no le podía venir, sin embargo, de otro sitio que no fueran sus queridas tablas. Entre 2008 y 2010 se transformó en el boxeador vasco José Manuel Urtain. Literalmente. Porque Álamo entrenaba y ensayaba. Ensayaba y entrenaba. Y la honestidad de su interpretación se grabó a fuego en la retina y el alma de un sector que empezó a mirarle con otros ojos.

Y entonces llegó a ser un chico Almodóvar en esa joya de la ciencia ficción melodramática que es La piel que habito (2011), paseándose por el lado salvaje; tocó teclas mucho más intimistas (De tu ventana a la mía, Paula Ortiz, 2011) y se sumó al gran impulso de la ficción televisiva de la última década (Águila Roja, TVE). Sin abandonar nunca el vértigo del público, subiéndose siempre que le era posible a un escenario para descarnarse, vomitar el amor y el odio y explorar rincones peligrosos del alma (Lluvia constante, 2014-2016; De ratones y hombres, 2012-2013; o Un tranvía llamado Deseo, 2010-2011).

Álamo representó en los Goya de 2014 la responsabilidad de hacer comedia. Cero ligerezas y todo el respeto del mundo requería su personaje en La gran familia española (Daniel Sánchez Arévalo), un hombre con discapacidad que le valió su primer ‘cabezón’, reconocido como mejor (y valiente) actor de reparto. Tres años después, se ratificó en su instinto. Porque recuerda ahora cómo terminó la primera lectura del guion de Que Dios nos perdone: llorando. Una emoción que logró arrancar al público, a la crítica y a los compañeros de sector desde su interpretación del inspector Alfaro y que le concedió el Goya al Mejor Actor en la última edición de los premios de la Academia.

Ya en 2017 ha estrenado Zona Hostil (Adolfo Martínez) y la taquillera Es por tu bien (Carlos Therón). En el horizonte, el estreno en septiembre del thriller policiaco La niebla y la doncella, basado en la novela de Lorenzo Silva, con Quim Gutiérrez, Aura Garrido y Verónica Echegui; el rodaje de la serie televisiva Estoy vivo y, ya en verano, una nueva colaboración con Sorogoyen. Además, una buena noticia para el mundo del cine: José Luis Cuerda rodará en septiembre la secuela de Amanece que no es poco, una distopía cargada de actualidad llamada Tiempo después y en la que estará, claro, Roberto Álamo. El actor no puede dar muchos detalles. Hace un resumen: “Es un descojone”.

Pero fue antes de todo. Antes de Cuerda, de Alfaro y de Urtain. Fue en un piso de Villaverde Alto, a la luz de un televisor con dos canales en 1982, unos títulos de crédito que marcaban el final de Días de vino y rosas (Bake Edwards) y un Roberto Martínez -lo de Álamo también vendría después- de 12 años en shock. “Yo quería provocar en la gente aquello que Jack Lemon había provocado en mí”. La culpa fue, pues, de Jack Lemon.

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