La frase de que el metro es
el transporte más ecológico que existe se repite con frecuencia, en primer lugar, porque funciona con
energía eléctrica y no produce emisiones a la atmósfera. Ahora bien, el consumo anual es tan alto (el suministro se lleva una gran parte de su presupuesto anual y la subida del precio de la energía siempre provoca grandes quebraderos de cabeza para cuadrar las cuentas), que cualquier reducción por pequeña que fuese merecería la pena. Pero este no es el caso, porque Metro no invierte en medidas aisladas. Al contrario, cuenta desde hace años con un proyecto estratégico transversal de eficiencia energética que implica a uno de los de sus
6.958 trabajadores y a todas las áreas, influyendo desde en el tipo de bombillas que se compran hasta en el agua con el que se duchan los empleados en sus instalaciones.
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Para conocer la medida de ese plan, la subdirectora de Calidad y Procesos de Metro,
Mónica González, pone como ejemplo el freno regenerativo (que
Madridiario les presentó como
‘el KERS’ de Metro), una tecnología que se aplica en todos los convoyes desde los años 90’ y que permite ahorrar toda la energía que gasta la línea 2 en un año.
Si la electricidad es la piedra angular, los ingenios para ‘tirar’ menos de enchufe son numerosos. “La iluminación de vestíbulos, pasillos, andenes y túneles es cada vez más eficiente y estamos colocando
luminarias LED con un consumo mínimo. Cuando comenzamos a renovar las
escaleras mecánicas, implantamos sistemas de ralentización que las hacen ir más despacio o incluso pararse cuando no hay viajeros. En las obras nuevas, los
templetes acristalados aumentan la entrada de iluminación natural a la vez que disponen de células fotoeléctricas para regular la luz artificial. En los vagones tenemos
sensores de temperatura para ajustar la climatización dependiendo del número de pasajeros que hay en ellos”, explica González.
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Eso en cuanto a lo que el usuario ve, porque en la trastienda también se ahorra y los trucos van más allá de la electricidad. Metro, por ejemplo, recicla el 80 por ciento del agua que utiliza para
limpiar los trenes en sus talleres y saca provecho de las
aguas freáticas (las de las filtraciones) que se filtran en los túneles de toda la red. En cada cochera, sea esta de reparaciones, limpieza o banco de pruebas, existen
puntos limpios para las grasas, pinturas y otros materiales similares. En las cocheras de El Sacedal el agua caliente que utiliza el personal es calentada mediante
paneles térmicos, mientras que en Canillejas se está desarrollando un proyecto de suministro con
placas fotovoltaicas que, de ser rentable, podría extenderse a otras instalaciones. En la línea 8, y también en proyecto, se han instalado papeleras de reciclaje para papel y envases.
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Los
empleados, conociendo el día a día de la compañía, también tienen mucho que decir. Para ellos, Metro cuenta con una
intranet en la que pueden hacer aportaciones en los campos de reducción de costes, calidad del servicio, atención al cliente, eficiencia energética y accesibilidad, ideas que luego son votadas y examinadas por los departamentos correspondientes. “Incluso los que estamos más arriba vemos las aplicaciones que se hacen en otros campos, no necesariamente en el transporte, y después estudiamos la forma de aplicarlas al metro, como hicimos con la
climatización por geotermia en la estación de Pacífico”, añade la responsable de Calidad y Procesos.
El gran logro: menos coches
Cuantificar todo el ahorro que supone cada una de las acciones anteriores no es fácil, sobre todo porque el uso del metro comporta un beneficio todavía más inmediato y mucho más visible: la eliminación de coches en calles y carreteras. “Sólo con la ampliación que se hizo entre 1995 y 2007 y con los pasajeros que pasaron a utilizar el metro eliminamos
385.000 coches diarios de las carreteras, con la consecuente reducción de las congestiones de tráfico y de horas perdidas para los pasajeros. Sin esos coches se produjeron 45 veces menos de emisiones por pasajero y se absorbieron en total
9.000 millones de kilómetros de atascos, con la consecuente reducción de partículas en suspensión emitidas”, comenta con orgullo González, que apostilla: “No funcionamos porque ser ecológico esté ahora de moda o porque haya que gastar menos debido a la crisis. Es una cultura de funcionamiento”.
Gracias a esa cultura, Metro ha estado entre las primeras compañías públicas que ha desarrollado un sistema de triple balance,
medioambiental,
social y
económico, a la hora de plantear cualquier inversión nueva. Si esos tres requisitos no se cumplen, toca repensar el proyecto y adaptarlo a los requerimientos de una compañía cuyos primeros inversores -y únicos- son los madrileños.