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Fachada del teatro de la Zarzuela en 1918
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Fachada del teatro de la Zarzuela en 1918 (Foto: BNE)

La Zarzuela, un género que nació en Madrid

miércoles 31 de enero de 2024, 19:15h
Actualizado: 06/02/2024 12:21h

El Consejo de Ministros aprobó el martes día 30, un Real Decreto en el que se declara a la Zarzuela como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial, fundamentado ‘en la originalidad, popularidad y transculturalidad de este género musical y teatral’. Este es un primer -y necesario- paso para conseguir de la UNESCO la consideración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, lo que no producirá de manera inmediata.

Todo este proceso, iniciado desde el teatro de La Zarzuela, llega cuando el género goza de la aceptación popular, aunque no sea muy programado con regularidad en la escena madrileña, salvo en el teatro del que toma el nombre. Y eso que la Zarzuela nació en Madrid en la primera mitad del siglo XVII. Su primer autor: Pedro Calderón de la Barca.

A este dramaturgo se atribuye El jardín de Falerina, estrenada en 1649, como la primera zarzuela. Más seguro parece que Calderón escribió otra, titulada El golfo de las sirenas, en 1657. El mismo Calderón de la Barca escribió en 1658 El laurel de Apolo una ‘Fiesta de la Zarzuela dedicada al nacimiento del príncipe Felipe Próspero de Austria, hijo de Felipe IV y Mariana de Austria, que solo llegó a vivir cuatro años. En El laurel de Apolo, el autor hace salir a escena al personaje Zarzuela, quien dice de sí que:

"No es comedia, sino solo
una fábula pequeña
en que a imitación de Italia
se canta y se representa".

Don José Tamayo rescató esta loa como introducción a sus recordadas Antologías de la Zarzuela.

El teatro de la Zarzuela

Retrato del compositor tudelano Joaquín Gaztambide por Santiago Llanta y Guerín (Foto: BNE)Mediado el siglo XIX la Zarzuela inició un renacimiento esplendoroso que caló inmediatamente entre el público. El 6 de junio de 1849 se estrenó en el desaparecido teatro Variedades de la calle Magdalena, una zarzuela titulada El Duende, con música era de Rafael Hernando, y libreto de Luis Olona. En ese escenario triunfaron también Gaztambide y Barbieri. Tal fue el éxito que se trasladaron al teatro del Circo, en la plaza del Rey, también desaparecido, donde el éxito les siguió sonriendo. Finalmente, constituyeron una sociedad Joaquín Gaztambide, Francisco Salas, Francisco Asenjo Barbieri, Cristóbal Oudrid y Luis Olona para poner en marcha la construcción de un nuevo teatro para la Zarzuela. Contaron con la complicidad del banquero Francisco José de las Rivas.

Sobre sus solares de la calle Jovellanos levantaron La Zarzuela, según el proyecto del arquitecto Jerónimo de la Gándara, que ejecutó José María Guallart. En seis meses estuvo terminado el nuevo teatro y se inauguró el 10 de octubre de 1856 con una sinfonía sobre motivos de zarzuela y dos zarzuelas cortas: El sonámbulo, de Olona y Arrieta, y La Zarzuela, alegoría de Gaztambide, Arrieta, Rossini, Barbieri, Hurtado y Olona. Pero este teatro no se dedicó exclusivamente al género. Sufrió numerosos altibajos durante las primeras décadas y pudo desaparecer tras el devastador incendio que sufrió el 7 de noviembre de 1909. Se dudó sobre las posibilidades de su reconstrucción aunque, finalmente, volvió a levantar el telón el 22 de febrero de 1913 tras la reconstrucción proyectada por Cesáreo Iradier. Este teatro madrileño ha pasado por varias manos en sus 170 años de historia. La Sociedad General de Autores lo restauró en 1956 tras haberlo comprado a las familias Calleja y Del Río Bengoechea. El 21 de octubre de 1963 el Estado adquirido las cuatro quintas partes de la propiedad a través del Ministerio de Información y Turismo, reservándose la SGAE diez meses para su programación. El Estado pagó por esa participación 34 millones de pesetas. En 1970 pasó a ser exclusivamente propiedad del Estado, como sigue siéndolo.

Interior del teatro de la Zarzuela (Foto: Antonio Castro)

Fueron aquellas las décadas en que se compusieron, entre otras muchas, Pan y toros, El barberillo de Lavapiés, La tempestad, La Bruja, El rey que rabió, Los sobrinos del Capitán Grant o La Dolores.

Avanzado el siglo, compositores como Federico Chueca, Gerónimo Giménez o Tomás Bretón, siguieron engrandeciendo el género, aunque también crearon inmortales partituras para el chico. La gran calidad de muchas de las partituras es innegable y están plagadas de dificultades vocales para los cantantes, con romanzas equiparables a las mejores arias de ópera. Otra cosa son los libretos, que se han quedado trasnochados y que, al reponerse ahora, deben ser revisados o adaptados.

Géneros competidores

En el último tercio del siglo XIX, a la Zarzuela le salieron dos temibles competidores: el género bufo y el teatro por horas, que propició el denominado Género Chico. No debe identificarse a la Zarzuela como el Género Chico, ya que esté es, más bien, un subgénero caracterizado por su corta duración. El bufo, a imitación de la opereta centroeuropea, fue una empresa de Francisco Arderius, que le duró apenas una década desde su presentación en 1866 con El joven Telémaco. El teatro por horas se mantuvo durante medio siglo, originando miles de piezas cortas, con o sin música, que degradaron notablemente la dramaturgia española. Como derivación de éste, apareció en 1865 la revista, que también sobrevivió durante poco más de un siglo, adaptándose a las modas y gustos de cada época. De entre la abundantísima producción del género chico, se pueden encontrar auténticas joyas, sobre todo musicales: La verbena de la Paloma, La revoltosa, Agua, azucarillos y aguardiente, El año pasado por agua… Todas ellas, y algunas más, permanecen en el repertorio contemporáneo.

Trato de favor, zarzuela contemporánea. 2023 (Foto: Antonio Castro)

Siglo XX

Cuando fue decreciendo la fiebre del Género Chico, la zarzuela grande volvió a brillar gracias a una serie de compositores que recobraron el favor del público: Jacinto Guerrero, Federico Moreno Torroba, Amadeo Vives, Pablo Sorozábal o Francisco Alonso. Hasta final de los años treinta del pasado siglo se estrenaron grandes composiciones, que siguen en repertorio, como Doña Francisquita, El huésped del Sevillano, Luisa Fernanda, La chulapona, La rosa del azafrán, Los gavilanes… Aunque se siguió produciendo zarzuela tras la Guerra Civil, no sería hasta mediados los años 50 cuando volvió con gran ímpetu, impulsada, sobre todo, por José Tamayo en 1956 con su montaje de Doña Francisquita. Más tarde, Tamayo estrenaría -el 15 de julio de 1966- su primera Antología de la Zarzuela, una fórmula cuyo éxito explotó hasta final del siglo XX y que llevó por todo el mundo.

Situación actual

La Zarzuela es un género muy costoso de producir. Por eso los montajes más espectaculares, como el actual de La rosa del azafrán, son afrontados por el teatro público, a veces en coproducción con otros de Valencia, Coruña, Bilbao o Sevilla. El teatro de La Zarzuela mantiene la programación regular y, en las últimas temporadas, se ha arriesgado a estrenar nuevas obras, como Tres sombreros de copa, de Ricardo Llorca, Policías y ladrones, de Tomás Marco, o Trato de favor, de Lucas Vidal. Además, por iniciativa de Daniel Bianco, se puso en marcha el proyecto Zarza para acercar el género a los más jóvenes. Es gratificante asistir a una función con decenas de adolescentes entre el público. Su entusiasmo es absoluto.

Representación de El barberillo de Lavapiés. 2019 (Foto: Antonio Castro)

La empresa privada tiene más dificultades para mantener una compañía de Zarzuela. Nieves Fernández de Sevilla mantiene la compañía que lleva el nombre de su abuelo, Luis Fernández de Sevilla. La Compañía teatral Clásicos de la Lírica se creó en la Comunidad de Madrid en 2015 y mantiene también una actividad regular. En las últimas temporadas se han programado ciclos de Zarzuela en el teatro Amaya (volverán en mayo) con la participación de los Marco Moncloa, gran familia de artistas líricos, con el antecedente de su matriarca, la maestra Dolores Marco, seguramente la primera mujer que dirigió la orquesta en producciones de Zarzuela.

El reconocimiento estatal a este género, no es sino un acto de justicia hacia sus creadores y hacia sus mantenedores.

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