Hay un vergel en el interior del parque de la Quinta de los Molinos que significa mucho para Ainara Vázquez. Es su segunda familia. Cruzó estas puertas acristaladas, las mismas por las que hoy entramos nosotros, en noviembre del año pasado. Cuenta que su sueño es ser Tripulante de Cabina de Pasajero (TCP), es decir, azafata de vuelo, y que gracias al programa de La Quinta Cocina está un paso más cerca de conseguir: “Si me hubieras preguntado hace ocho meses te habría dicho que se trataba de un sueño perdido en un cajón y que nunca se iba a cumplir”. Al escuchar a Ainara uno entiende que La Quinta Cocina no sólo es un restaurante, es una excusa para reinsertar a personas que buscan una segunda oportunidad.
Con tan solo 17 años, Ainara se ha convertido en una de las formadoras del centro que le ha cambiado la vida. Aún guarda el folleto que le envió su amiga Aroa el día que llego por primera vez y asegura que “es la comprensión, la ternura, el cariño…” lo que le ha permitido sentirse a gusto, estar como en casa. “La parte dura te hace comprender que tienes que crecer, que no te puedes quedar estancado”, cuenta, y afirma que a través del proyecto ha aprendido que “puedes llegar a donde te propongas”.
La Quinta Cocina: más de 2.000 finales felices
Salvar el futuro de más de 2.000 jóvenes en solo seis años no es tarea sencilla, ya que “los chicos vienen con una mochila bastante grande detrás”, confiesa Carolina Mónaco, directora de La Quinta Cocina, que explica a Madridiario que los profesionales del centro tratan de “abordar de alguna manera el poder acompañarlos y que las circunstancias problemáticas no les definan”. La formación tiene una duración de seis meses y la finalidad es que los jóvenes puedan ser ayudantes de cocina o ayudantes de camarero. “Los primeros cuatro meses pasan por sala y cocina, obligándoles a estar en ambos oficios”, relata, y añade que los últimos dos meses se marchan de prácticas “a restaurantes donde haya una oferta laboral real para aprovechar ese tiempo de prácticas, o que incluso mucho antes se les pueda contratar”.
Para Ana Maya, jefa del departamento de Prevención de Riesgo Social en la Infancia del Ayuntamiento de Madrid, La Quinta Cocina “es una oferta social que es imprescindible llevar a cabo”, ya que “este tipo de proyectos contemplan no solamente esa formación laboral, sino que van imprescindiblemente unidos a ese acompañamiento social que los jóvenes en dificultades necesitan”. “Tienen que ser formaciones cortitas, tienen que contemplar todas las vicisitudes sociales que presentan muchos de estos chicos”, que “están aquí sin familia que les apoye, con dificultad de alojamiento y de relaciones personales…”.
Maya aclara que el indicador más evidente para medir el éxito en el proyecto “es el de las inserciones laborales”. “Un servicio en el que hay unas inserciones laborales altas y donde, además, hay un mantenimiento del empleo, ya es un indicador en sí”, clarifica. Por otra parte, “también se mide a través de las encuestas de satisfacción, que son anónimas y en las que se pregunta a los jóvenes distintos aspectos”. Así pues, hace hincapié en la importancia, para este tipo de proyectos, de la vinculación que se genera con el joven, “esa capacidad de vincularte con él es lo que caracteriza el éxito del trabajo con la juventud”.
Una de las personas que lleva en La Quinta Cocina desde que arrancó el proyecto es Alma. Acumula 10 años en Cesal, la ONG que lleva a cargo este proyecto, y antes de llegar a este rincón del parque trabajó dando clases en una escuela de la calle Ghandi. “Luego salió este proyecto espectacular y tan bonito, y dije que sí”, cuenta. Para la profesional de sala es muy llamativo el cambio que viven los jóvenes en sus meses de formación: “Salen como si fueran otras personas”. “No es que aprendan los procedimientos de sala o cocina, cambian ellos: su forma de hablar, su forma de andar… a mí eso es lo que más me gusta”, expresa.
Una de las historias que más han marcado a la directora del programa, Carolina Mónaco, fue la llegada de un chico al programa que vivía una situación de calle, “pero bastante particular”, porque “este chico vivía en un coche”. “Al principio, en muchas ocasiones, llegaba tarde por estar en esa situación, pero no podíamos victimizarle: lo malo no era él como persona, era su circunstancia”, detalla. “A nosotros se nos rompía el corazón. Hablábamos con él y le decíamos: por la situación en la que estás debes trabajar mucho más duro que otras personas, no podemos condenarte a decir: entra porque vives donde vives”, cuenta, y añade que “era súper duro enviarlo fuera, decirle que no entrara a la formación, pero eso fue positivo para él porque empezó a llegar puntual”.
“A pesar de seguir en esa misma situación, le enviamos a trabajar al sitio de prácticas y le contrataron”, asegura. “Ahora es jefe de cocina, se ha alquilado su piso y, de vez en cuando, viene a tomar café como cliente, a quejarse y a decir que trabaja muchas horas”, y sonríe al rememorar aquella historia. Sonríe porque ella misma también llegó a La Quinta como voluntaria, tras emigrar a España, dando clases de habilidades sociales tras trabajar como camarera y dar por perdida su carrera de psicóloga. Carolina sabe la importancia de La Quinta porque a ella también le cambió la vida. Es una fábrica de segundas oportunidades con final feliz.