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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Santiago San José Pardo
Santiago San José Pardo

El sótano del Lobo Feroz

miércoles 28 de enero de 2026, 07:00h
Actualizado: 28/01/2026 07:15h

El 28 de enero de 1991, la Audiencia Provincial de Madrid cerró uno de los capítulos más oscuros de la crónica negra de la capital. Aquel día condenó a 72 años y cuatro meses de prisión a Santiago San José Pardo por dos asesinatos, un intento de asesinato y dos inhumaciones ilegales cometidos en el Mesón del Lobo Feroz, un pequeño local de la calle de Luciente, a un paso de La Latina. No hubo grandes gestos en la sala; hubo, sobre todo, un relato judicial que devolvía luz a un caso nacido a oscuras, detrás de una pared de yeso.

San José Pardo, exlegionario con diagnóstico de esquizofrenia paranoide y una larga relación con el alcohol, regentó el mesón a finales de los años ochenta. Su rutina era la de cualquier bar modesto: barra, vajilla y un cuchillo jamonero sobre la tabla. Cuando echaba la persiana, caminaba hasta la calle de la Cruz, donde ejercían numerosas mujeres. En 1987, dos de ellas entraron con él en el local y no regresaron. Una fue identificada tras el hallazgo como María Luz Varela Alonso, de 22 años y madre de dos hijos; la otra nunca pudo ser reconocida. Hubo una tercera mujer, Araceli Fernández Regadera, que sobrevivió al ataque y, años después, se convirtió en testigo esencial.

El modus operandi fue tan doméstico como atroz: tras la agresión, los cuerpos eran bajados al sótano, cubiertos con arpillera, plásticos y cajas de cerveza, y finalmente emparedados bajo la escalera con yeso y baldosas. La vida del bar continuó encima de ese tabique hasta que el local cambió de manos y unas obras de reforma revelaron lo imposible: dos cuerpos momificados salieron de la pared y activaron una investigación que unió desapariciones, escenario, arma y testimonio de la superviviente.

En el juicio, los peritos forenses detallaron la causa de la muerte de María Luz por arma blanca y una cronología compatible con su desaparición, y acreditaron la existencia de una segunda víctima enterrada en el mismo espacio. Fotografías y planos del sótano mostraron un ocultamiento deliberado y sostenido en el tiempo. El cuchillo jamonero del bar se incorporó como arma homicida. La defensa alegó alteración mental e intentó rebajar los hechos a homicidio, pero los informes psiquiátricos fueron concluyentes: las facultades del acusado estaban disminuidas, no abolidas. El tribunal confirmó la responsabilidad penal y fijó indemnizaciones: quince millones de pesetas para las hijas de María Luz, la misma cuantía para los herederos de la víctima no identificada y una compensación para Araceli por las lesiones.

La sentencia no devolvió la vida a nadie, pero puso cada hecho en su sitio y devolvió nombre —o la posibilidad de tenerlo— a quienes quedaron fuera del foco. El caso del Lobo Feroz permanece como una advertencia sobre los sótanos de la ciudad, esos lugares donde el tiempo se detiene hasta que alguien derriba un muro y deja entrar el aire. Aquel 28 de enero, Madrid no inauguró nada: tiró abajo una pared y dejó salir un silencio demasiado largo.

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