El 30 de abril de 1789 se celebró en Madrid la jura de Carlos IV de España. Fue un acto de corte definido por el protocolo: juramento de los fueros, presencia de los grandes del reino y una escenografía pensada para transmitir continuidad tras la muerte de Carlos III. Nada se dejó a la improvisación. El objetivo era claro: que el cambio de rey no se percibiera como un cambio de sistema.
🎧 Escucha el episodio ‘Tal día como hoy en Madrid’: analizamos cómo empezó a cambiar el poder en la corte con Carlos IV.
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Ese objetivo se cumplió.
Lo que no quedaba tan claro era cómo iba a funcionar ese sistema a partir de ese momento.
Carlos IV no llegaba al trono como un desconocido. Llevaba años en la corte, conocía a quienes tomaban decisiones y entendía el funcionamiento interno del poder. Pero una cosa es conocer ese funcionamiento y otra muy distinta ejercerlo cuando implica conflicto. Ahí es donde empezaban los límites.
No era un rey que buscara imponerse. No tenía esa inclinación. En la práctica, eso se traducía en audiencias breves, resoluciones rápidas en apariencia y una tendencia constante a desplazar los asuntos más complejos hacia otros. Escuchaba, asentía y, cuando la decisión implicaba desgaste, prefería cerrarla sin prolongarla o dejar que alguien más la desarrollara.
Ese comportamiento no nacía de la falta de disciplina.
Nacía de cómo la aplicaba.
En el Monte de El Pardo, el rey se comportaba de otra manera. Era meticuloso, preciso, incluso paciente. Podía dedicar tiempo a revisar sus armas, a repetir gestos hasta que salieran bien, a controlar cada detalle de una jornada de caza. Allí no evitaba el esfuerzo.
Lo que evitaba era otra cosa.
En el consejo, donde cada decisión abría un conflicto, su actitud cambiaba. No le interesaba sostener tensiones largas ni profundizar en problemas que exigían desgaste. Prefería resolver rápido, confiar en otros, cerrar antes de que la discusión se alargara. No era falta de capacidad. Era una forma de elegir dónde aplicarla.
Y cuando el poder se ejerce así, no desaparece.
Se desplaza.
La figura de Manuel Godoy se entiende en ese contexto. Su ascenso no es solo ambición, es la ocupación de un espacio que alguien tiene que asumir. Convertía las conversaciones en decisiones y, sobre todo, se hacía cargo de sus consecuencias. Cuanto más lo hacía, más necesario resultaba.
Al mismo tiempo, María Luisa de Parma tenía una presencia activa en la corte. No era un papel secundario ni simbólico. Intervenía, respaldaba y condicionaba. El resultado no fue una autoridad reforzada, sino un sistema con varios centros de decisión.
Ese reparto tenía efectos concretos.
Las órdenes no siempre tenían un origen claro, los tiempos de respuesta variaban y la ejecución dependía de equilibrios internos más que de una dirección única. La estructura seguía en pie, pero funcionaba con más fricción. No era una ruptura, pero tampoco era estabilidad.
Madrid lo percibía en ese nivel.
No como una crisis visible, sino como una pérdida de precisión. Las cosas seguían ocurriendo, pero requerían más intermediarios. La autoridad existía, pero no terminaba de imponerse.
Incluso en la imagen del poder se detecta ese cambio. Cuando Francisco de Goya retrata a la familia real, no construye una imagen idealizada. No hay distancia heroica ni refuerzo simbólico. Aparecen como son, sin una capa adicional de autoridad.
Y todo esto ocurre en un momento en el que el contexto deja de ser estable.
En 1789 comienza la Revolución Francesa. Al principio no altera la vida diaria en Madrid, pero introduce una condición nueva: gobernar deja de ser conservar y pasa a ser responder a crisis constantes.
Ahí es donde el modelo de Carlos IV deja de funcionar.
No hay una fecha en la que deje de gobernar. Hay un proceso: decisiones que se retrasan, responsabilidades que se trasladan y una dependencia creciente de quienes sí están dispuestos a asumir el conflicto.
La forma más precisa de describirlo es esta: no pierde el poder de golpe, lo va soltando.
El 30 de abril de 1789 no muestra nada de esto. Muestra un rey jurando y un sistema que parece intacto.
Lo que empieza ese día no es un cambio visible.
Es un modo de gobernar.
Y en una ciudad como Madrid, donde el poder no solo se ejerce sino que se ejecuta cada día, eso acaba notándose.