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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

La comisaria Diana B. Wechsler y la directora del museo Lázaro Galdiano, Helena Hernando, han presentado la exposición 'Antonio Berni: entre la expedición fotográfica y la reinvención del grabado, una muestra de gabinete'.
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La comisaria Diana B. Wechsler y la directora del museo Lázaro Galdiano, Helena Hernando, han presentado la exposición 'Antonio Berni: entre la expedición fotográfica y la reinvención del grabado, una muestra de gabinete'. (Foto: Salva Pons)

1951 - Nace el Museo Lázaro Galdiano

martes 27 de enero de 2026, 07:00h
Actualizado: 27/01/2026 07:40h

En la calle Serrano, en el barrio de Salamanca, un palacete de aires sobrios y jardín medido decidió cambiar de vida el 27 de enero de 1951. Aquel día, Parque Florido abrió sus puertas como Museo Lázaro Galdiano, heredero directo del gusto y la voluntad de un coleccionista que entendió la belleza como un bien público. La ciudad ganaba un museo y, con él, un relato íntimo sobre cómo un individuo puede ordenar el mundo con paciencia y criterio.

El protagonista de ese relato fue José Lázaro Galdiano (Beire, 1862 – Madrid, 1947): editor, financiero, bibliófilo y coleccionista, capaz de trazar puentes entre el papel, el negocio y el arte. A finales de 1888 se instaló en Madrid y, en 1889, fundó la revista y editorial La España Moderna, una empresa cultural que aspiraba a ser “suma intelectual de la edad contemporánea” y que difundió, con ambición europea, nuevas ideas y autores. Aquel músculo editorial explica el modo en que Lázaro miró el arte: con curiosidad enciclopédica, rigor documental y una excepcional capacidad para detectar obras significativas.

En 1903 se casó en Roma con Paula Florido y Toledo, coleccionista argentina que aportó fortuna, carácter y complicidad a un proyecto común de vida y cultura. Ese mismo impulso dio forma a Parque Florido, el palacio levantado a partir de 1904 como residencia y escenario social. Su construcción fue un proceso tan perseverante como su propio coleccionismo: proyecto inicial de José Urioste, revisado por Joaquín Kramer y culminado por Francisco Borrás, hasta alcanzar el equilibrio actual de volúmenes en torno a un patio cubierto, con pórtico y torre. El resultado fue una casa preparada para vivir y para mostrar, con una planta noble entregada a tertulias, bailes y conciertos que reunieron a figuras como Emilia Pardo Bazán, Miguel de Unamuno o Rubén Darío. En esas veladas, Madrid pensaba en voz alta.

Mientras tanto, la colección crecía con una brújula clara: piezas de todas las artes y técnicas —más de 12.600 entre pintura, escultura, joyas, marfiles, platería, armas, textiles, numismática— y un afán integrador que evitaba compartimentos estancos. La historia de ese conjunto puede leerse en tres etapas: la de Madrid, hasta 1936; la de París, en los años treinta; y la de Nueva York, entre 1939 y 1945, cuando Lázaro incrementó el fondo con centenares de adquisiciones en un tiempo récord y llegó a presentar una selección en Lisboa, en 1945, como ensayo público de su futuro museo. No se trató de acumular, sino de componer una “enciclopedia sensible” que permitiera estudiar y disfrutar el arte de manera transversal.

La casa atesoró también una biblioteca monumental —decenas de miles de volúmenes— y un archivo que hoy custodia la Fundación Lázaro Galdiano, creada en 1948. La muerte de Paula en 1932 y los años de viajes de Lázaro por París y Nueva York no hicieron sino reforzar su convicción final: legar al Estado su casa, su editorial, su biblioteca y su colección, para que permanecieran unidas y abiertas al público. “Entrego a España una cosa muy mía: mi sentimiento estético”, dejó escrito. A partir de 1948, ese deseo comenzó a hacerse realidad.

La transformación del palacio en museo la dirigieron José Camón Aznar, primer director, y Fernando Chueca Goitia, responsable de una adecuación que fue referencia en su tiempo: no se recreó la vivienda, sino que se exhibió con criterios museográficos e historiográficos sin borrar la memoria doméstica. El resultado sorprendió a público y profesionales por su novedosa museografía, un recorrido que se movía con naturalidad entre la elegancia del continente y la densidad del contenido.

Hoy, el Museo Lázaro Galdiano es un lugar donde Madrid se narra en voz baja. Quien asciende por su escalera encuentra nombres propios que ordenan la mirada. Goya ocupa el centro de gravedad con pinturas, dibujos y estampas; deteniene el tiempo ante El aquelarre y Las brujas, obras de impacto que llegaron a Parque Florido desde una historia larga que pasa por El Capricho de los duques de Osuna. No lejos, el Salvador adolescente, tabla del taller de Leonardo, impone una delicadeza que obliga a mirar sin prisa; y el San Juan Bautista de El Bosco, recostado junto a una mandrágora, recuerda la predilección del coleccionista por lo singular. A ello se suma una pequeña pero significativa colección de pintura británicaLely, Reynolds, Romney, Constable—, rara en España hasta fechas recientes, que evidencia una curiosidad menos transitada en el coleccionismo nacional.

Más allá de los lienzos, la planta baja cuenta al coleccionista a través de su biblioteca —incunables, manuscritos, documentos— y una Cámara del Tesoro que recorre siglos mediante joyas y objetos suntuarios, incluidos enseres de Paula Florido. Es una decisión pedagógica: antes de ver, conviene entender quién y cómo reunió todo aquello.

El conjunto fue declarado Monumento Histórico‑Artístico en 1962, un reconocimiento lógico para un edificio que supo convertirse en institución sin renunciar a su identidad. En una ciudad de grandes museos, el Lázaro Galdiano juega en otra liga: la de la densidad íntima, la escala que permite escuchar el crujido del parquet, el rumor de sala y esa mezcla de estudio y contemplación que define la mejor tradición museística. Lo que comenzó el 27 de enero de 1951 como un gesto de generosidad cultural es hoy, también, una lección cívica: la certeza de que una casa puede convertirse en patrimonio común sin perder su pulso.

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