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La nueva izquierda (relato de una deriva)

lunes 20 de abril de 2026, 18:02h

A veces, una época cambia sin ruido, como cambian los barrios: un día te despiertas y ya no reconoces el escaparate de la esquina. Yo lo noté una mañana cualquiera, con el café aún demasiado caliente y la radio soltando, entre anuncios, la misma música de fondo de siempre: consignas, trincheras, etiquetas. “Los buenos”, por un lado; “los malos”, por el otro. Y, en medio, la vida real, ésa que no cabe en un tuit ni en una pancarta.

I. El país de los límites (cuando la política no era una religión)

Hubo un tiempo -no tan lejano- en que la izquierda de gobierno en Europa se parecía a una casa con vigas. Podías discutir el color de las paredes, los impuestos, el tamaño del Estado del bienestar. Pero nadie tocaba las vigas: la alternancia, la ley como límite, el árbitro que no se compra, la prensa que incomoda, el juez que no pide permiso. Aquello era la socialdemocracia adulta: reformar sin romper, mandar sin creerse dueño de todo.

Ahora, en cambio, se discute si las vigas estorban; si “los límites” son un capricho burgués; si la democracia consiste solo en contar votos y seguir adelante, aunque por el camino se arranque la puerta del juzgado, se empuje al parlamento a un rincón o se convierta al discrepante en sospechoso. Las palabras cambian, pero la sensación es la misma: el poder, cuando se acostumbra a no ser frenado, aprende a empujar.

No hace falta ponerse académico para entenderlo. Hay democracias que respiran: permiten el desacuerdo, toleran la crítica, aceptan que el poder pierda. Y hay democracias que se van quedando sin aire: todo se regula, todo se vigila, todo se moraliza. No se rompen de golpe; se estrechan.
Las llamamos como queremos -liberal, social, popular-, pero al final se reconocen por detalles pequeños: si el gobierno soporta un “no”; si el árbitro pita aunque el estadio silbe; si el voto es un comienzo y no una patente de corso. Y, sobre todo, por una pregunta íntima: si uno puede vivir sin pedir permiso para todo, sin medir cada palabra, sin sentir que la ley ya no es techo, sino martillo.

II. El bloque y el relato (cuando la gestión se volvió consigna)

El cambio se nota en la forma de hablar. Antes se discutía para gobernar; ahora se gobierna para discutir. La política se parece más a un “movimiento” que a un gobierno: el relato manda, la épica manda, la fidelidad manda. Y, en ese ambiente, aparecen redes y foros que se tratan como familia ideológica -el Grupo de Puebla, con Zapatero como rostro habitual-, no tanto para debatir ideas nuevas como para reforzar una idea peligrosa: que la legitimidad nace de la mayoría y que los límites son un estorbo.

Cuando un proyecto político se cree moralmente superior, todo lo demás viene rodado. El adversario deja de ser un rival y se convierte en un obstáculo; después, en un culpable; al final, en un enemigo. Así se instala una religión civil donde solo hay fieles y herejes. Y entonces los contrapesos -jueces, prensa, instituciones- ya no son garantías: son “obstrucciones”.

En paralelo, la cuestión territorial se vuelve una mesa de apuestas. Se presenta como pragmatismo: “Es lo que hay”. Pero el país empieza a negociarse a plazos, como si la unidad cívica fuera una mercancía. Cada cesión genera otra demanda, y cada demanda necesita otra cesión. La gobernabilidad se transforma en una subasta, y el ciudadano corriente -ése que paga, espera, aguanta- descubre que su igualdad depende de pactos que se firman lejos de su mesa.

Y, mientras tanto, crece otra cosa más silenciosa: la tentación de regularlo todo. No solo la economía o los grandes servicios -eso sería discutible, pero normal-, sino la vida entera: cómo se habla, cómo se educa, cómo se castiga, qué se permite, qué se sospecha. El día que la libertad pasa a ser una concesión, el ciudadano aprende a caminar mirando al suelo.

Se nota en los gestos del debate público: en la facilidad con la que se etiqueta, en la prisa por expulsar al que matiza, en el aplauso automático al que grita. Se nota en los pasillos donde se reparte poder como si fuera botín y en la idea, cada vez más repetida, de que controlar al gobierno es “ir contra el pueblo”. Cuando una sociedad empieza a hablar así, algo ya se ha roto por dentro.

III. Las excusas (las frases que lo justifican todo)

Las he oído en la barra y en la tribuna, con distinto traje, pero la misma intención. “Es pragmatismo”; “No hay alternativa”; “Regular es proteger”; “Eso de bolivariano es una exageración”. Y la más cómoda de todas: “Los árbitros también están politizados, ¿qué más da?”. Son frases que ‘tranquilizan’, porque convierten un proceso en una anécdota.

Pero el pragmatismo deja de ser inocente cuando reconfigura el sistema. Si la gobernabilidad depende de minorías que viven de elevar la tensión, la política nacional se convierte en peajes. Y entonces no gobierna el interés general: gobierna la próxima factura.

Regular puede proteger, sí. El problema es cuando regular se vuelve un hábito y el control, una tentación. Cuando la norma baja del gran titular a la cocina y al bolsillo; cuando entra en el aula y en la conversación; cuando empieza a decidir qué se premia y qué se castiga. Ahí la protección cambia de nombre.

Y sí: ningún árbitro es perfecto. Pero una democracia madura se cura con más independencia, no con más colonización. Responder a la sospecha con más sospecha es la manera elegante de justificar el asalto.

IV. Postales desde otros derrumbes (para quien crea que esto no pasa)

No son comparaciones para insultar, sino advertencias para aprender. Un país no se parece a otro, pero el poder sí se parece a sí mismo. Cambian las banderas; se repiten los reflejos: la mayoría se vuelve impaciente, el límite estorba, el árbitro molesta, la crítica irrita. Y entonces, casi siempre, empieza el mismo viaje.

En Venezuela, a finales de los noventa, todo sonó a “nuevo comienzo”. Una constituyente, un lenguaje de redención, la promesa de devolver el país a “la gente”. Después vinieron los ajustes del tablero: el Ejecutivo más central, los contrapesos más dóciles, el Estado más presente en la vida cotidiana. Y, cuando el campo de juego se inclina, el resultado no es una victoria: es un hábito. El hábito de mandar sin freno.

En Bolivia ocurrió algo más frío, más de despacho: en 2016 un referéndum dijo que no a una nueva reelección. No fue un golpe, fue una papeleta. Y, aun así, un año después una sentencia abrió la puerta por otra vía. A veces la democracia no se cae: se interpreta. Se estira. Se convierte en goma, hasta que deja de sujetar.

En Nicaragua, el patrón fue más áspero: reformas, concentración, cierre del espacio cívico. Cuando el coste institucional del abuso desaparece, el abuso deja de ser noticia y se convierte en normalidad. Ése es el verdadero triunfo del poder sin límites: que la gente se acostumbre.

Y en Europa del Este también ocurrió, para quien crea que esto solo pasa “lejos”. Hungría y Polonia enseñaron que se puede conservar el ritual electoral y, aun así, ir dejando sin pulso a la neutralidad institucional: reformas, capturas, presiones. No hace falta prohibir para dominar: basta con que el árbitro ya no sea árbitro.

En Turquía, un referéndum en 2017 cambió el equilibrio: un Ejecutivo más fuerte, un control más débil. La palabra “plebiscito” suena democrática; el resultado, si no hay límites, puede ser otra cosa: una concentración lenta, legal, votada. Y por eso es tan difícil combatirla: porque llega vestida de normalidad.

V. La libertad como cansancio (el día que empiezas a callarte)

La libertad no suele morir con una sirena. Muere con un bostezo. Con la costumbre de pensar dos veces lo que dices en voz alta. Con la sensación de que el desacuerdo ya no es un derecho, sino una provocación. Y entonces la política deja de ser un debate y se convierte en un ambiente: un clima que lo impregna todo.

Lo ves en lo cotidiano: en el trámite que se multiplica, en la sanción que se insinúa, en la inspección que llega como aviso, en la ayuda que se concede con sonrisa y se recuerda con mirada. Lo ves en la conversación que se corta cuando alguien entra en la mesa, en el chiste que ya no se cuenta, en la palabra que se sustituye por otra “más segura”. Así se fabrica un país prudente, y la prudencia, cuando nace del miedo, es la antesala de la obediencia.

Primero llega la maraña: más normas, más permisos, más excepciones. Y en esa espesura siempre hay quien camina con brújula -abogados, gestores, contactos- y quien se pierde. La libertad, entonces, deja de ser un derecho y se vuelve una habilidad: la habilidad de no equivocarse, la habilidad de no llamar la atención.

Luego llega el lenguaje. El desacuerdo empieza a tener mala prensa. Te llaman “alarmista”, “facha”, “enemigo”, según el día y la tribu. El objetivo no es convencerte: es aislarte. Y cuando el miedo a la etiqueta pesa más que el deseo de hablar, el poder ya ha ganado una parte de la partida sin mover una sola ley.

Y finalmente se toca la estructura: los árbitros se reparten, los organismos se colonizan, la neutralidad se ridiculiza. En ese paisaje prospera la dependencia -la ayuda que ata, el favor que se cobra- y se agrava la fragmentación -el territorio que negocia, la identidad que exige-. Es un círculo perfecto: cuanto menos común es la ciudadanía, más fácil es mandar por piezas; cuanto más se manda por piezas, más control hace falta; cuanto más control, más negocio para quienes viven cerca del botón.

VI. Los que viven cerca del botón (cuando lo público se convierte en botín)

Hay una trampa que siempre se repite: se promete bondad y se construye dependencia. Se invoca a los “menos favorecidos” y, mientras tanto, crece un aparato donde todo se decide desde arriba: quién recibe, quién entra, quién contrata, quién prospera. En ese aparato, el poder no solo gobierna: administra la vida de los demás. Y administrar es una palabra bonita para una cosa fea: elegir ganadores.

Lo llamo “economía de la lealtad”. No hace falta que te prohíban: basta con que te necesiten. Un contrato, una subvención, un puesto, una concesión, una ayuda que llega con sello y se recuerda con recado. Y, encima, una coartada moral: “Si nos criticas, atacas a los pobres”. Es el blindaje perfecto, porque convierte la rendición de cuentas en un pecado.

Los indicios son siempre parecidos, como las huellas en el barro: concursos que gana siempre el mismo; pliegos escritos con una caligrafía demasiado familiar; entes y fundaciones que nacen con nombre neutro y mueren sin cuentas claras; publicidad institucional que acaricia a unos medios y castiga a otros; “asesores” que se multiplican; puertas giratorias que nunca dejan de girar.

Y cuando alguien señala la mancha, aparece el silencio alrededor. El denunciante se queda solo. La auditoría se vuelve lenta. La transparencia se llena de tachones. A veces ni siquiera hace falta una amenaza: basta con que una inspección llegue en el momento oportuno, con que una sanción se “interprete” con celo, con que el mensaje sea comprendido sin decirse. Así se disciplina una sociedad sin necesidad de gritar.

No se trata de acusar a una persona concreta en una línea: se trata de describir un riesgo. Si normalizas el bloque, si expandes la regulación y si desprecias los contrapesos, preparas el terreno para que lo público deje de ser un instrumento y se convierta en una tentación. Y la justicia social -la de verdad- necesita lo contrario: reglas claras, evaluación, transparencia, árbitros independientes. Porque, sin eso, la redistribución se convierte en relato y el relato, en negocio.

VII. Señales en la niebla (cómo se sabe que el aire se está acabando)

No hay termómetro perfecto para una democracia, pero hay síntomas. Se parecen a los de una casa con humedad: primero es una mancha, luego otra, hasta que un día el techo cede. Empieza cuando el adversario se convierte en enemigo, cuando la ley deja de ser marco y se usa como arma, cuando los árbitros se degradan y la crítica se trata como una amenaza. Empieza cuando la gente se acostumbra a repetir el discurso correcto para evitar problemas.

Al principio nadie lo llama deterioro. Se le pone otro nombre: convivencia, progreso, modernidad, eficacia. Pero las palabras no cambian la física: si sustituyes ciudadanía por identidades, si el Estado ocupa lo que antes era social, si la libertad de expresión se encoge por miedo o por expediente, el espacio interior de la gente se hace más pequeño. Y un país hecho de espacios pequeños termina pensando en pequeño.

Epílogo. La pregunta que queda

Vuelvo a la misma mesa, al mismo café, a la misma radio. Y me doy cuenta de que la pregunta no es “qué gobierno”, ni siquiera “qué ideología”, sino qué tipo de país queremos ser. Uno donde el poder se somete a reglas, aunque le molesten, donde el discrepante no paga peaje, donde los árbitros no se reparten y la ley no se usa para domesticar, o uno donde el bloque manda, donde el relato lo explica todo, donde el Estado crece hasta entrar en la conversación y la libertad se aprende a administrar como una gracia.

No hay épica en defender contrapesos. No da votos. No llena plazas. Pero es lo único que evita que un día, sin darnos cuenta, el país amanezca con las ventanas cerradas por dentro. Y entonces ya será tarde para discutir etiquetas: solo quedará recordar cuándo empezamos a callarnos.

Rafael Vera

Político socialista

Rafael Vera Fernández-Huidobro es un político español del Partido Socialista Obrero Español. Fue secretario de Estado para la Seguridad durante el gobierno de Felipe González en dos ocasiones, entre el 1982 y 1984 y entre 1986? y 1994.

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