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Sol y el otoño de nuestro descontento

martes 24 de noviembre de 2015, 07:57h

Hay una mesa en un café de Paris en la que permanecen todavía los platos con la cena a medio terminar de una pareja atacada por los terroristas. Como si la muerte hubiese anulado una reserva, las balas atravesaron el espacio que les separaba sin que ninguna les tocase pues impactaron en paredes y techo. Los propietarios se han tomado unos días antes de reabrir el negocio una vez que recuperen el aliento. Quizá, cuando regresen, retirarán los platos o quién sabe si los dejarán así. Una mesa dispuesta para el destino, ese comensal invisible, como un gourmet temible de paladar caprichoso.

El fin de semana del viernes 20 de noviembre, justo una semana después de los atentados, la gente decidió insistir en celebrar la vida. París se llenó de gente noctámbula como muchas otras ciudades, entre ellas Madrid. Como lo será a buen seguro en los sucesivos días, cada vez más abocados a la fiesta. Antes de la llegada de este frío que ha reclamado su sitio con autoridad, pudimos sentir el placer de sentarnos en una terraza al límite del veranillo de San Martín. Por ejemplo, aquí, en Madrid, en el chaflán que enmarca el café del Príncipe, en la plaza de Canalejas con vistas a la Carrera de San Jerónimo, convertido en un mirador privilegiado desde el que contemplar el trasiego que parece romper en la Puerta del Sol desde Gran Vía y aledaños. Tiene un carácter tan parisino que resulta imposible no sentirse conmovido como cuando se contempla una reliquia. Al igual que la pareja cuya cena fue interrumpida por las balas, todo ese insólito y caótico y al tiempo ordenado trasiego humano se limitaba a vivir su vida, con la misma inocencia que los parisinos. Turistas despistados a un palmo del Kilómetro Cero que preguntan para nuestra extrañeza dónde está la Puerta el Sol, cuyo reloj está ya tan cerca de marcar otro año de final inclemente. El inocente despiste del turista capaz siempre de preguntar con ternura por algo que tiene justo delante y que provoca en nosotros esa pequeña satisfacción de sentirnos guías por un instante. Los turistas estaban tan cerca que el carillón de Sol podía entreverse entre los bancos de nieblas de la muchedumbre como esa tierra que se avista desde el mástil del vigía. Quizá buscaban sólo el calor de nuestra afirmación. Sol: de pronto el ombligo del mundo que añoramos. Gentes insospechadamente atareadas y apresuradas arrastrando maletas como atribulados colonos en busca de un descanso o un lugar donde vivir. Gente variopinta. Alguna muy abrigada, la mayoría entrada en años; gente medio desnuda a pesar de los primeros empujones del frío, la mayoría gente muy joven que no se resigna a que se despidiera el buen tiempo. Gente sonriente, gente sombría. Gente libre. Gente viva con derecho a no sentirse amenazada en la noche desordenada y palpitante como una arteria. Algunos pernoctando en Lhardy, otros, por qué no los mismos, yendo o viniendo de Casa Labra, felizmente noctámbula de pronto, para pasar jubilosa lista ante sus croquetas y sus bacalaos fritos.

Madrid se prepara para manufacturar el alborozo de esta Navidad cada vez más deformada por las argucias del comercio. Qué le vamos a hacer. Ahí están sus luces ya prevenidas aunque ya solo traigan el recuerdo de tiempos mejores. Bajo el reloj de la Puerta del Sol ya hay miradas pendientes de su dictamen. Le ponen música de nuevo esos mariachis, pertinaces e implacables, quién sabe si los mismos de siempre o ya otros mariachis de segunda o tercera generación, cantando rancheras para no se sabe quién como si estuvieran desesperados a pesar de su bullicio. Quién sabe si cumplen una extraña condena o destierro. Allí en pleno centro de la Puerta del Sol sin auditorio fijo, con los mismos jóvenes de siempre. Sentados, dándoles la espalda, embrujados por sus teléfonos móviles, impertérritos, como esos mimos heroicos que saben imitar el vuelo de las mariposas sin mover una pestaña. La normalidad y la rutina de la ciudad que nos reconforta.

Y entonces es imposible no pensar en qué sería lo último que se diría esa pareja en ese café de París, justo en los instantes previos a los disparos y en el pálpito tan cercano de la muerte cuyo aliento les será para siempre reconocible. Tan próximos de repente a entender el fin, antes de que encima de esa mesa solo quedasen esos platos nunca más ya tan fríos como si guardasen los ecos de lo que dijesen o callasen. Conscientes para siempre de lo que estuvieron a punto de no decirse jamás.

En Madrid, en estos días consagrados a los recuerdos, permanece abandonada a su suerte el símbolo de otra tragedia cruelmente parecida. Parece que hay presupuesto para todo o casi todo menos para la lealtad a la memoria y la compasión hacia las víctimas del 11M. En Atocha, las palabras de los ciudadanos sagradas e inviolables, han terminado en el suelo como las hojas marchitas de este otoño imprevisible. Solas y quietas hasta que el viento las desplace, dispuestas a que alguien tenga la bondad de recogerlas mientras nos recuerdan que no puede haber respeto cuando no hay decoro.

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