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El huevo de la serpiente

miércoles 16 de septiembre de 2015, 08:12h

Hoy en día da miedo estar informado. Es terminar las noticias, salir el tiempo y dan ganas de guardar un minuto de silencio. Si nos quejábamos de que ya no existen sobremesas familiares por culpa de la tele, ahora ese silencio se ha espesado por el temor al futuro. En las fronteras indecisas de Europa, soldados gigantescos como pequeños dioses inclementes cierran el paso a miles de seres humanos. Parece que al final así será en tanto los políticos no acaban de ponerse de acuerdo. En ese vacío se tejen las alambradas y se consolidan los muros, que renacen veinticinco años después. Y no solo en Berlín. Esos soldados, muchos con el corazón encogido, dudarán si entregar un trozo de pan o sacar la porra. Solo cumplen órdenes de los políticos, como ha sido siempre. Los refugiados empiezan ya a ser tratados oficialmente como delincuentes. El mar sigue arrojando a hombres, mujeres y niños en playas sobrecogidas cuya arena es la mortaja de su desesperación.

Es inadmisible que las grandes potencias europeas con la titubeante Alemania a la cabeza sean incapaces de tomar una solución estable y veraz, que no esté al albur de los costes ni intereses electorales. La solidaridad humana, a veces tan frágil como cualquier instinto, no debe estar comprometida con las estrategias de los partidos ni los infames trasuntos de la política. Entre otras cosas porque se corre el riesgo de que vayan en su contra, tarde o temprano. A este paso, Europa perderá su condición de refugio, ese prestigio ganado a través de los tumultos de la historia.

Muy pronto, antes de que nos demos cuenta, el comercio extenderá la anestesia de los productos navideños y los villancicos impostados que cada año parecen sonar desde un planeta más lejano. Este año se mezclarán con las cancioncillas electorales que, de igual manera, tampoco parecen ya de este mundo. ¿Habrá un hueco para ellos, para los mal llamados refugiados, en realidad precisamente personas sin refugio? La mayoría seguirán ocupados en salvar sus vidas. Otros, como mucho, podrán aspirar a sentarse en la mesa de algún samaritano confirmando que “Plácido”, la devastada y devastadora película de Berlanga, era en realidad una profecía. Las estaciones de la desesperanza se iluminarán con los abetos navideños como garras ensortijadas.

¿Cómo es posible que no se aprendan las lecciones de la historia y seamos incapaces de apagar las guerras que engendran otras guerras, aun silentes, pero que tal vez alberguen en su seno el huevo de la serpiente?

PD: En Tordesillas se consumó otra vez la barbarie. Tan repugnante que hasta es capaz de poner de acuerdo a taurinos y antitaurinos. No así al PP y al PSOE. Los primeros empeñados en llamar tradición a ese engendro y los segundos incapaces de cumplir su palabra y meter en cintura a un alcalde de su propia formación. Cabe preguntarse por qué un partido como el PSOE que dice rechazar el maltrato animal, en este caso llevado hasta el martirio, permite que uno de sus alcaldes haga justo lo contrario y se lave las manos diciendo que lo permite porque está permitido. Pero ¿acaso aquí no existe la llamada disciplina de partido o solo se emplea a la hora de votar? Ya veríamos que hubiese ocurrido si de la prohibición de esta desdichada costumbre dependiesen los votos para mantenerle en el cargo. Pero tiempo al tiempo. Ojala el pobre Rompesuelas pase a la historia como la última víctima de este desaguisado. Pero ojo porque cualquier año de estos además de matar al toro va a ocurrir otra desgracia, a juzgar por la violencia que se desata entre detractores y defensores. Y a ver de quién será la culpa. Igual se la echan al pobre animal.

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