Llegó Agosto y su primera decisión ha sido rebajar el enloquecido ritmo que su pareja de baile mantuvo durante todo el mes. Dicen los que están atentos a los desvaríos de la naturaleza que este Julio ha sido el más caluroso desde que, a principios del siglo XX, se establecieron los registros de temperatura. Antes, en los veranos remotos, las sacudidas del calor se pactaban con la lealtad de la palabra alrededor de los rescoldos de las hogueras de San Juan y San Pedro. Luego, se mantenía a raya con la alegría de las noches y los susurros, sentados a la fresca. Ahora el calor –de ahí su rebeldía obstinada de todos estos días- es medido, pesado y envasado al vacío. De ello se encargan funcionarios insomnes que aplican los barómetros como si fueran sismógrafos desocupados en alerta ante futuras tragedias. Sus debilidades se exhiben en directo a través de locutores que azotan los mapas en directo con la misma fusta. Así que, en apariencia derrotado, el calor asfixiante se retira, quizá para reagruparse, allá donde anida. Vastas llanuras calcinadas donde hasta las piedras han perdido la memoria y ya nadie, ni siquiera las alimañas, recuerda la humedad de las caricias.
Sin embargo, Agosto es un mes que te mece en sus engaños. Tras su apariencia de armisticio, suele esconder una paz armada bajo los faldones de las vírgenes de las fiestas patronales.
Y lo peor de Agosto es Septiembre. Un mes exigente que no suele aceptar componendas. El mes que rinde cuentas. Quién más quién menos en Agosto debe tener los deberes hechos para entonces. Resulta cuanto menos preocupante que el gobierno sea el primero en no hacer los deberes como dios manda. Al menos en su momento. Es tan malo apretar los codos antes de tiempo como ponerse con los libros en la víspera, atiborrado de tabaco y cafeína. Esto es importante porque entre otras cosas es imposible dormir bien en Agosto por mucho que el calor se apiade si luego no te puedes defender de sus nocturnas brisas traicioneras. De nada vale sino te puedes echar por encima, siquiera al amanecer, la sábana de unos buenos Presupuestos. Y no hay que referirse necesariamente ni a Montoro ni al nuevo ministro de Cultura, provisto de un sentido del humor que ya se echaba en falta tras el laconismo de Wert. El mismo que adquirió en su etapa de medidor de encuestas. Que le quiten lo bailao. La Vie en Rose, que se dice: París bien vale un buen Iva. En España, para un ministro que se queda sin trabajo, al contrario que para el resto de los parados, lo mejor siempre está por venir. Como su propio sucesor. Un ministro simpático que al menos hace bromas. Para hacerlas con el 21 por ciento de IVA cultural tiene que ser alguien al menos tan ingenioso como Woody Allen o más bien Paco Martínez Soria si respetamos como debe ser sus preferencias cinéfilas. ¿Cuál será su filmografía selecta vinculada a Cine de Barrio? ¿Tal vez “Hay que educar a papá”?, ¿“El abuelo tiene un plan”?, ¿Quizá “El Calzonazos”? A juzgar por sus declaraciones parece más “Don Erre que erre”, aunque siempre podrá alegar que él no fue “El padre de la criatura”. Es igual. En esta época estará tranquilo dado que “El turismo es un gran invento”.
Ojala allá por el 27-S no se acuerde de “Se armó el belén”.
Pero que no se preocupe el ministro. A ver quién no se ha reído alguna vez con el cómico de Tarazona.
Este gobierno parece haber hecho los presupuestos como el que manda un mensaje en una botella. A algún sitio llegarán. No sabemos si podrán alcanzar la costa este año o el próximo. Así que, como ocurre con los malos estudiantes que acumulan un curso con otro, no es seguro que sean las cuentas verdaderas o más bien un cruce entra las de este período y el venidero. Esa botella con el mensaje no solo ha de cruzar las tormentas de Agosto sino las que acechan la travesía del último trimestre y que se supone culminarán en unas elecciones que podrían venir con un turrón debajo del brazo, dispuestas a quitarle la audiencia a la mismísima Lotería de Navidad, quién sabe si Nacional para entonces.
Agosto. Quién no sintió añoranza de algo imperceptible en este mes invisible. Quién no miro hacia atrás y se sintió cegado por su evanescencia.
Ojala no acabemos echando en falta este calor.