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Una noche en la ópera

jueves 09 de julio de 2015, 08:56h
Cientos de personas serpentean por el camino que conduce hasta la Puerta de la Villa de Pedraza como peregrinos huidos de algún tipo de holocausto climático. Y más por la furia con la que este verano ha desatado su calor inclemente, de tal magnitud que parece una advertencia. Son en realidad animados visitantes de fin de semana, en esta ocasión reforzados y pertrechados por melómanos tan insaciables y nostálgicos como los impenitentes gourmets que rastrean sus empedradas calles y plazas. Se celebra la Noche de Las Velas en Pedraza y esta villa medieval parece querer desbordarse en su propia belleza. Diríase que a nadie le importaría que, al dictado de la vieja rutina, el carcelero cerrase la única puerta y nos dejase a todos cautivos de un particular y segoviano síndrome de Stendhal.

Como en la mítica Camelot, más allá de sus muros, todo parece de repente más triste, enrevesado y bárbaro, más allá de los confines de la idílica fortaleza del rey Arturo. No es casual. En la misma Segovia, en su Alcázar, Joshua Logan ya recreó hace cerca de cincuenta años parte de su melancólico musical. En él, Richard Harris y Vanessa Redgrave cantaban y celebraban la vida con el entusiasmo e ilusión de otra época y de otro mundo, el mismo que ahora emplean los organizadores de este evento que llega igual que una marea mansa hasta reposar al pie de sus almenas. El buen cine, siempre atento a las palpitaciones del alma, se ha ocupado de ello en numerosas ocasiones bajo su irresistible encanto. Hasta Orson Welles tituló uno de sus rodajes en su plaza porticada con el hermoso y preciso nombre de “Una Historia Inmortal”. No se podrá hacer una buena película con un mal guión, pero puede intentarse si se rueda en Pedraza.

Ensaya la orquesta con las primeras sombras que llegan abrazadas por una repentina brisa, fresca y piadosa. Se paladean nuevos y alentadores sonidos pero también otros silencios entre insólitos acordes. Hombres, mujeres y niños acuden solemnes y en alegre bullicio en busca del bálsamo conmovedor de la música. Frente al Castillo, unos, y detenidos otros, de pronto, en alguna callejuela, alertados por los ecos que parecen buscar su salida por el pueblo igual que un río alegre. Los pájaros revolotean en la noche aun tierna y reciente como si fueran corcheas de la partitura. Suenan las primeras notas y las banderas y las antorchas tiemblan en lo alto de la almena por las caricias de los tenores Israel Lozano, Gastón Rivero y Andrés Veramendi y la soprano Darcy Monsalve. Ella brinda por todos en estos tiempos tan faltos de celebraciones con el jubiloso pretexto de La Traviata. Las cigüeñas, hasta entonces impertérritas, abandonan su sopor y su obstinada vigía y se alzan como si quisieran dirigir la orquesta. El pueblo entero parpadea al compás de las velas.

Mientras, a esas horas, a más de tres mil kilómetros, en el fulgor de otras piedras más ancestrales, se consumen las últimas y agotadas piedras del Partenón con sus columnas como venas calcinadas. Justo en el turno de Donizetti y “Una furtiva lagrima” se presiente que Europa vuelve a contener el aliento.
A pesar de todo, habrá esperanza mientras exista gente que peregrine no ya por el abrazo de un santo, sino por un aria de Puccini.
Ahora, nunca mejor dicho, Nessun Dorma…
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