Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes negocian estos días la composición de las listas electorales para la Comunidad Autónoma y el Ayuntamiento de Madrid. La primera, en calidad de presidenta del partido en la región. La segunda, como candidata a presidir el Gobierno autonómico. Un momento siempre delicado, en que aumentan los rumores, vuelan los cuchillos y las posturas varían según del lado del que se encuentre cada afectado.
Por resumir: hay dos tipos de políticos populares en Madrid estos días. Unos son los que aún ignoran su futuro; otros, los que ya lo conocen. Los primeros son un mar de nervios, y cada día que pasa están más intranquilos. Preguntan a todo el que ven, interpelan a sus superiores, procuran tener visibilidad para que se cuente con ellos, y a la vez intentan no meter la pata para no quedar descalificados de la carrera. No les llega la camisa al cuello, como se dice popularmente.
En cuanto a los segundos, los que ya saben dónde van, son todo lo contrario: una balsa. Aunque no al cien por cien: saben que esto es una carrera de obstáculos, y después de lograr estar incluidos en una lista, empieza la carrera por ver el puesto que se ocupa en ella: si no es de salida, resulta prioritario asegurarse plaza entre los puestos que las estadísticas, la experiencia o la intuición hacen sospechar que se van a conseguir. Así que para este grupo, la pregunta cuando te ven no es "¿has oído algo de mi?" sino "¿cuántos crees que vamos a sacar?".
Mientras las dos lideresas de la región se baten el cobre, tratando de marcar territorio. Por lo que nos cuentan, Aguirre -la gran jefa del PP de Madrid, con más conchas que un galápago y más experiencia política acumulada que Cifuentes- está dispuesta a hacer valer su peso (político) y proponer dos tercios del total de la lista de la Comunidad Autónoma, mientras que Cifuentes -muy apoyada desde el PP nacional y rodeada de un equipo con mucha experiencia en litigios- querría elegir a en torno al 50 por ciento de su lista: unos 25 diputados. Una guerra se desarrolla ante nuestros ojos, incruenta -al menos, la sangre no llega al río- pero terriblemente dura, y en la que aún no se sabe si habrá ganadora clara o si quedará en tablas.