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Nino Olmeda.
Nino Olmeda.

El régimen en estado puro arrasó Caja Madrid

sábado 04 de octubre de 2014, 18:53h
Hace no muchos años, Caja Madrid era un ejemplo de gestión. Su Obra Social era un lujo y financiaba escuelas infantiles o espacios culturales tan interesantes como la Casa Encendida. Esta entidad de carácter público se organizaba como otro banco cualquiera, pero con la particularidad de dar participación a representantes de ayuntamientos de la región, de todos los partidos políticos con presencia en la Asamblea de Madrid, de UGT y CCOO, como sindicatos más destacados, y de la CEIM, la patronal madrileña.

Vendían que eran una entidad que daba participación a la ciudadanía y a los agentes sociales hasta que llegó la hora de la verdad. Se supo que estaba tan en crisis que la única forma de salvarla fue dedicar más de 20.000 millones de euros para rescatarla. Estos fondos salieron de los Presupuestos Generales del Estado, que salen del bolsillo de todos los españoles, que vieron que el dinero que se dedicaba a salvar lo que habían hundido entre los que se movieron para tener participación en el Consejo de Administración crediticio, podía haber tenido un destino mejor como evitar los recortes educativos, sanitarios o sociales.

La crisis que enterró Caja Madrid y resucitó Bankia con los restos de esta entidad de crédito no sólo costó a los españoles miles de millones de euros que podrían haber impedido la desaparición de miles de empleos en hospitales, colegios o residencias de mayores o personas discapacitadas, sino que sus golfas maniobras destrozaron a miles de madrileños con preferentes y echaron de sus casas a miles de personas perseguidas por los desahucios. Ahora, después de que los consejeros de la participación política, sindical o empresarial fueron invitados a marcharse a casa, los mismos que miraron al suelo y silbaban cuando se les intentaba hacer responsables de la situación de Caja Madrid, nos enteramos de que se habían llevado por la cara, en los últimos diez años, más de 15 millones de euros en gastos de distinto tipo pagados con una tarjeta de crédito que permitía ampliar sus excelentes sueldos (unos 200.000 euros al años los que menos se llevaban) en unos 25.000 euros anuales como máximo. De estas cantidades no había que dar cuenta a nadie, tampoco al Ministerio de Hacienda, ni explicar si con la tarjeta habían sacado dinero en efectivo en cajeros automáticos, pagado estancias en hoteles de alta categoría, ropa, comidas, bebidas, muebles y todo lo que se necesitaba. Supuestamente, todo se cargaba a gastos de representación. Eso han dicho todos ahora que se ha sabido este golferío. Si no eran responsables de la nefasta gestión de una caja de ahorros de la que eran consejeros sólo para llevarse un pastón por el sencillo hecho de ser elegidos por el PP, el PSM, IU, CCOO, UGT y CEIM -todos unidos por el amor al dinero y la fidelidad a un régimen partitocrático regido por un bipartidismo imperfecto como el de la etapa de Canovas y Sagasta-, a cuento de qué tenían gastos de representación.

¿A ningún consejero se le ocurrió pensar que lo de las tarjetas opacas era una indecencia, por mucho que la ley, la que ellos mismos o los suyos hacían, no lo condenara? Parece ser que no. Las respuestas iniciales de todos los pillados con la tarjeta mágica, antes de dimitir o ser inducidos a ellos por sus jefes, son más o menos las mismas. Parece ser que lo normal era lo que se hacía, igual que hace 50 años la violencia de género entraba en la norma machista de esa época. Hoy es un delito la violencia machista y muchos deseamos que en el futuro cercano sea delito lo que han hecho los que consideraban que era normal tener buen puesto, buen sueldo y tarjeta de crédito para sus caprichos, además de créditos a interés tan bajos que se arrastraban por los suelos y demás privilegios por su fidelidad a los que gobiernan unas siglas partidistas, sindicales o patronales, y no por su mérito o capacidad. Algunos llaman a todos estos casta, yo prefiero hablar de régimen, que en esto de las tarjetas de Caja Madrid se ha expresado en estado puro y ha mostrado su capacidad para arrasar con todo. Eso sí, régimen democrático, pero régimen.

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