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El Cine Roma

lunes 13 de mayo de 2013, 00:00h
Actualizado: 27/05/2013 10:18h
La desaparición de las salas de cine en los barrios de Madrid parece un hecho inevitable e irreversible. Se van cerrando, una tras otra, víctimas de las nuevas redes tecnológicas y los profundos cambios en los usos y costumbres de los madrileños. En los frontales se resisten, descolgadas y decrépitas, las luminarias apagadas que anunciaban veladas de fantasías y emociones en movimiento. Aquellos refugios confortables y calentitos, albergues de parejas enamoradas y buscadores de encantamientos pasajeros, miradores de paisajes exóticos y aventuras trepidantes, se clausuran para siempre. En algunos locales tapiados, como si fueran esquelas mortuorias, todavía se pueden ver los cartelones desvaídos de las últimas películas proyectadas. Acaban de anunciarnos el cerrojazo de los Roxy y del cine Paz en Fuencarral, y tal desdicha deja sin pantallas a uno de los distritos más cinematográficos de la ciudad.

En el arrabal donde yo crecí había dos cines: el Roma y otro más, de cuyo nombre en inglés no consigo acordarme, al que solo tenían acceso los militares norteamericanos destinados en la Base de Torrejón y residentes en la colonia de chalecitos de Chamartín. Atravesando los descampados de las “Cuarenta Fanegas”, terrenos que fueron de la Guardia Civil, se llegaba al Cinema Morasol, ubicado ya en  el callejero de la Prosperidad. Los más dispuestos subían la cuesta de López de Hoyos y se acomodaban en el Cine Ciudad Lineal. En aquellas calles de mi adolescencia el cine se mezclaba con el aire que respirábamos. Bastaba con andar algunos metros para tropezarse con los Estudios Chamartín, un Hollywood chiquito y localista, donde se rodaron grandes producciones financiadas con dinero americano y alguna de las cintas españolas más características de la época. Mi pandilla de amigos se citaba algunas tardes de verano en casa del bueno de Manolo. Vivía en el quinto piso de un bloque de viviendas levantado en la Plaza del Perú, el punto más alto de Madrid, y justo enfrente de los estudios. Asomados a la ventana veíamos como se bombardeaba un Pekín de cartón piedra asediado cincuenta y cinco días o como se festejaba al emperador en las calles de Roma antes de que cayera su Imperio. Algunas veces participábamos como extras en las historias rodadas y volvíamos después a casa con veinte duros en el bolsillo y un bocadillo a medio comer. Tampoco era extraño encontrarse con Charlton Heston, David Niven, Alberto Closas, Ava Gadner o Sofía Loren. Todos ellos frecuentaban el vecino restaurante de Maite.

El Roma era una prolongación de mi casa. Desde lejos se divisaba el rótulo luminoso del establecimiento y la marquesina que publicitaba fastuosamente la doble sesión de cine. Un amplio vestíbulo, reluciente y abierto a la calle, recibía cada tarde a los vecinos. En las paredes laterales, encuadradas y claveteadas con chinchetas en gigantescos paneles, estaban las fotos más llamativas y los carteles publicitarios de las películas programadas. Los cuarterones se coronaban con una chapa que informaba puntualmente: “HOY” o “PROXIMAMENTE”. Una pizpireta taquillera de sonrisa permanente, encerrada en su cabina acristalada, despachaba las entradas. Otro empleado, bajando una rampa suave, cortaba los papelillos y franqueaba la entrada a un recibidor enorme. A la derecha la barra del bar y al fondo las tres puertas dobles de la sala, una en el centro y otra en cada esquina. Con una mano se abría la puerta y con la otra se separaban las pesadísimas cortinas de terciopelo rojo que aseguraba la oscuridad en el patio de butacas. Ya sentados comenzaba el espectáculo: primero el NODO  y después las cintas esperadas. En aquel cine estrenábamos  y cerrábamos el curso escolar. En fila de a dos salíamos del colegio y un tanto desbaratados llegábamos al Roma. Los hermanos corazonistas repartían coscorrones y collejas cuando los chavales acompañábamos la carga de los confederados con un pataleo ensordecedor. Una noche inolvidable, después de cenar, mis padres me llevaron al Roma y dejaron a mis hermanas en casa con mi tía. Nos acostamos tarde y yo me sentí con un príncipe elegido. En el Roma, perseguidos por el acomodador, gamberreábamos lo que podíamos, nos arrimábamos por primera vez a las chicas y disfrutábamos de muchísimas tardes de cine: Los cañones de Navarone, Los Diez Mandamientos, Ben Hur, La conquista del Oeste, La Biblia, Dos cabalgan juntos, Cateto a Babor, Gold Finger, En el calor de la noche, La gran familia, Dumbo,  Centauros del desierto, Con la muerte en los talones, Yo soy aquel, Fantomas, Tómbola,  West Side Story  y tantas otras. El Roma es ahora un gimnasio para tíos cachas y mujeres musculadas.

La triste historia del Roma se repite por doquier y nuestras vidas se quedan sin pasado y sin lugares para maravillarnos con el Séptimo Arte. Estamos cambiando a John Wayne por un par de calzoncillos o un paquete de leche desnatada. Lastimoso.

Dedicado a don Alfredo Landa y don Constantino Romero.
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