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Intrusismo delictivo

viernes 22 de febrero de 2013, 00:00h
En la España de los cincuenta el carterismo era la forma más frecuente de robarle a uno, de mangarle la tiesa, como decían los castizos. Los carteristas eran los artesanos de la delincuencia, finos en el oficio de distraer carteras sin que la víctima sintiera el más mínimo roce. Por aquellos tiempos de la dura postguerra en Madrid, recién jubilada la cartilla de racionamiento, los carteristas eran casi un gremio, el proletariado de la delincuencia de andar por casa. El carterista nacía, pero sobre todo, se hacía. Cuando debutaba, había acumulado ya muchas horas de vuelo simulado de carteras, mucho tiempo de ensayo. Cuidaban hasta los más mínimos detalles si querían llegar a doctorarse en esta habilidad delictiva, incluso a veces, les delataba ante la policía el hecho de que llevaran muy crecida la uña del dedo meñique de una mano, porque, a parte de distraer carteras, con esa uña abrían hábilmente los cierres de seguridad de los relojes de pulsera y se los birlaban a la víctima, sin que ésta sintiera que su muñeca se aligeraba de peso.

El lugar preferido de actuación de los carteristas de aquel Madrid de la pobreza, era el Metro, un lugar de trabajo que seguiría siendo el filón para futuras generaciones. Estaban perfectamente organizados. La Chata de Vallecas, Esperanza Castejón, era la jefa del clan de los carteristas que actuaba entre las estaciones de Metro de Atocha y Puente de Vallecas. Ella lo controlaba todo, disponía sus piezas y distribuía la recaudación. El paso del tiempo no fue capaz de redimirla de pasar largas temporadas entre rejas y a sus ochenta años fue detenida por última vez por asuntos de tráfico de drogas.

El Metro y sus carteristas han formado siempre parte de una imagen del Madrid del sainete, la delincuencia y el periódico El Caso. Y hay cosas que sí duran cien años. La noticia de las últimas horas, es la detención de las carteristas más activas del Metro. Quizá las manos femeninas son más habilidosas para la delincuencia artesanal, porque generalmente esta rama del guinde suele estar protagonizada por féminas. En este caso no son españolas de los bajos fondos, sino bosnias, llegadas a España y en cursos acelerados de aprendizaje se han hecho un mercado hasta ahora dominado por nuestros carteristas de siempre, una especie de intrusismo delictivo. Son jóvenes, pero con un amplio historial delictivo. Si aquí se han formado y se han graduado, que la justicia las devuelva a sus países, donde seguramente si las pillan con las manos en la cartera, lo van a pasar peor que aquí.
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