Ya solo hasta el 15 de abril se puede ver en el teatro Galileo el montaje de “Elling”, una de las sorpresas de la temporada, divulgada por el boca-oreja de los espectadores. Obra que defiende la amistad por encima de cualquier otra relación y que rezuma optimismo en todos y cada uno de sus minutos.
Elling y Kjell coinciden en el manicomio. Pero un día los médicos deciden ponerlos en el mundo “normal” para ver si son capaces de adaptarse a él y llevar una vida fuera de la institución. Elling y Kjell tienen muchos problemas mentales y el choque con la realidad es inevitable. Pero solo juntos podrán superarlos hasta llegar a establecer nuevas amistades e, incluso, enamorarse.
Viendo esta comedia me acordé de otras con las que podría emparentar: Hablemos a calzón quitado, Los emigrados, El zoo de cristal y Sabor a miel. En todas ellas hay un ser humano especialmente vulnerable, distinto. Todos se enfrentan a la crueldad de los considerados “normales”. En los dos primeros títulos se opta por el humor y la ternura para presentar el conflicto. En los otros dos se respira tristeza y desesperanza. “Elling” apuesta siempre por el humor. No deja que el espectador sienta pena por los protagonistas ni por su situación. Cada problema a resolver es una aventura desternillante y cuando parece que el pesimismo asoma, se da vuelta de tuerca hasta el absurdo si hace falta.
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Carmelo Gómez y Javier Gutiérrez son Elling y Kjell. Como en el circo, son los payasos clásicos: el cara Blanca y Augusto, el Tonto. Cada uno con su personalidad, antagónicos, pero indisolubles como pareja. Los dos actores transmiten la sensación de estar pasándoselo muy bien en el escenario. Tienen lo que siempre se ha denominado como química. Y realizan un trabajo extenuante durante las dos horas del espectáculo. La extroversión de Kjell, su hipersexualidad, su guarrería chocan con el casi autismo de Elling, su contención, sus miedos. Pero no pueden estar separados.
Gómez y Gutiérrez desbordan humanidad y gracia con unos personajes que no les permiten ni un minuto de respiro. Por su parte Lima, el director, los lleva imperceptiblemente desde el terror inicial por encontrarse libres hasta la cotidianeidad de salir a un restaurante, hacer una excursión en coche o relacionarse con las mujeres.
Seríamos injustos silenciando el trabajo de Rebeca Montero y Chema Adeva. Con su multiplicidad de personajes sirven a los protagonistas algunas de las mejores escenas del montaje. Impecables también estos actores así como Mikhail Studyonov, el pianista que subraya las escenas como si estuviéramos dentro de una película.
La temporada inicialmente prevista tuvo que prolongarse ante la acogida del público. Sigue habiendo, a veces, un buen olfato entre los espectadores. El Sábado Santo, a las seis y media de la tarde, el Galileo estaba lleno. Los teatros de medio-bajo aforo, se están imponiendo a los llamados “comerciales”. Esta temporada la sala pequeña del Español, la sala II del Fernán Gómez o este Galileo, atraen al personal. Tal vez sea el momento de que los grandes empiecen a reflexionar sobre lo que están demandado los espectadores actuales.