martes 04 de marzo de 2008, 00:00h
Actualizado: 11/03/2008 13:19h
El vehículo de la Policía Nacional hizo un quiebro y evitó estrellarse contra un turismo que se había detenido ante el semáforo rojo. El vehículo policial no llegó, sin embargo, a tiempo de cruzarse ante el grupo que, despreciando el tráfico, se había lanzado a la plaza en una acción que recordaba aquellos "saltos" estudiantiles de los años setenta. La diferencia era que entre quienes se daban la mano para rodear la fuente de la Cibeles no se veía a jóvenes melenudos sino a algunos hombres ya maduros y encorbatados y a mujeres también que parecían recién salidas de una función de teatro a a la que hubieran ido con sus amigas.
Los cuatro coches de la Policía se pararon ante el cordón de los manifestantes y de ellos se bajaron varios agentes que intentaron que los numerosos turismos que a esa hora, poco después de las dos y media de la tarde, circulaban por la zona no atropellaran a nadie. Fijándose en los manifestantes se podían leer mensajes contra el ministro Bermejo por lo que el ciudadano que aguardaba la llegada del autobús dedujo que eran funcionarios de Justicia en huelga desde hace días por sus reivindicaciones.
Pasados quince minutos y en vista de que no llegaba ningún autobús a causa de la huelga de empleados de la EMT que cumplía su quinta jornada de paros, miró la cola de pacientes viajeros que ya había adquirido una notable longitud y pensó que seguro que si entraban todos, quienes aguardaran en las paradas siguientes se verían obligados a quedarse con un palmo de narices. Cansado de esperar y consciente de que podía dejar su plaza a otro e ir en metro -algo que seguro no todos podían hacer- abandonó la parada para entrar en la estación subterránea.
Vio el vestíbulo de la estación de Banco de España y se echó a temblar. Recordó aquellas montañas de desperdicios que se llegaron a formar en la última huelga de limpiadores que obligaban a ir a los vigilantes jurados con mascarilla y temió que las escenas que habían dado la vuelta a España volvieran a reproducirse. Sabía que los sindicatos estaban negociando. Pocas horas después se enteraba de que la huelga se iniciaba ante la falta de acuerdos.
Casi a la misma hora se enteró de que también los trabajadores de la recogida de basuras habían decidido en asamblea no ratificar el principio de acuerdo de los representantes con la empresa. Miró las bolsas de basura que en ese momento sacaba, dentro de los cubos, el portero de la finca y a punto estuvo de decirle que no se molestara, que mañana tendría que recogerlos de nuevo. Sin embargo, le rondó la idea de que, posiblemente, no lo hiciera y de que miles de cubos quedaran en la calle.
Cuando subió a casa, puso el telediario y escuchó cómo los médicos dependientes de la Consejería de Familia y Asuntos Sociales anunciaban huelga para reivindicar su homologación con los profesionales de la Consejería de Sanidad; cómo los empleados de los polideportivos municipales llevaban trece días encerrados para impedir la privatización de estos equipamientos y cómo hasta los empleados chinos de The Wok estaban en paro en demanda de mejores condiciones laborales.
Aún impactado por esta "primavera caliente", nuestro conciudadano siguió, como otros doce millones de españoles, al debate electoral y tras ello se fue a la cama. A punto de dormirse, vio cómo la famosa niña que tiene unos padres reclamaba para ellos una atención especial, cómo la niña con trabajo se manifestaba y hasta se declaraba en huelga. Antes de hacer el fundido nocturno se preguntó si la famosa niña no sería ya alguna de las mujeres con las que se había cruzado a lo largo del día y algunos buscaban en el pasado o en el futuro lo que ya nos ocupa en el presente.