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Mario Vaquerizo charla con un vecino en la calle Libreros.
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Mario Vaquerizo charla con un vecino en la calle Libreros. (Foto: Eduardo Diéguez)

La Felipa y las mujeres que levantaron la calle de los Libreros

Por Carlota Vergara
viernes 24 de abril de 2026, 07:00h

Durante décadas, la calle de los Libreros significó mucho más que un pequeño tramo entre la calle San Bernardo y la Gran Vía. Fue una arteria universitaria donde los estudiantes buscaban apuntes, vendían los manuales que ya habían utilizado y encontraban libros de segunda mano imposibles de conseguir en cualquier otro lado. Pero en la actualidad, donde antes llegó a haber hasta doce librerías especializadas y una gran red de comerciantes, apenas sobreviven un par de establecimientos que se dedican al oficio.

El escenario de la calle de los Libreros no puede contarse sin hablar de la Felipa, una de las librerías más emblemáticas de la zona y una figura que terminó convirtiéndose en una institución para los universitarios. Su sobrino, Juanjo Asenjo Hita, actual responsable de la librería familiar ya trasladada a La Guindalera (Calle del Pilar de Zaragoza, 37), conserva el negocio y también la memoria de aquella calle que marcó a varias generaciones de estudiantes.

Antes incluso de que existiera la propia calle de los Libreros tal y como hoy se conoce, el origen de todo estuvo en otra mujer: doña Pepita. Juanjo recuerda que fue ella quien inició esa tradición a finales del siglo XIX, cuando todavía no existía la Gran Vía y Madrid tenía otras características urbanas. “A Doña Pepita la expropian para hacer la Gran Vía”, explica. Su primera librería estaba en Jacometrezo, una calle entonces mucho más extensa, situada donde hoy se levanta el entorno del edificio Capitol. La apertura de la Gran Vía obligó a derribar centenares de viviendas y locales. “Expropiaron las 340 viviendas, que eran casas bajas. Era un Madrid viejo, antiguo”, relata.

Actual Calle de los Libreros

Aquella transformación urbanística cambió el mapa comercial del centro y también el destino de muchas librerías. Doña Pepita, que había innovado con la venta de segunda mano de libros universitarios, tuvo que trasladarse a la antes conocida como calle Ceres. Juanjo la define como una pionera. “Fue la que innovó la venta de libro usado en el siglo XIX de libro de texto universitario”. Su negocio estaba íntimamente ligado a la Universidad Central de San Bernardo. Los estudiantes acudían a las librerías cercanas porque allí encontraban no solo manuales, sino también la posibilidad de adquirirlos por partes, encargarlos o incluso restaurarlos. “El librero era un editor, por decirlo así. Editor de nuevo y usado”, resume.

Con la apertura definitiva de la Gran Vía y el recorte de la antigua calle Ceres, que después pasaría a llamarse calle de los Libreros -gracias a una sugerencia del escritor Pío Baroja al Ayuntamiento de Madrid- comenzó a consolidarse ese pequeño corredor universitario.

Fue allí donde entró a trabajar su tía Felipa con apenas nueve años, contratada por doña Pepita junto a otras cuatro dependientas. Aquellas mujeres terminarían levantando buena parte del tejido librero de la zona. “Debería ser la calle de las libreras”, comenta.

“Había colas que llegaban a la Gran Vía desde nuestra librería, que era la última de la calle”

Felipa terminó adquiriendo un local en 1944 con ayuda de doña Pepita, que le dejó un depósito de libros para arrancar su propio negocio. La librería abrió en el número 16 de la calle. Desde allí se consolidó como uno de los grandes puntos de referencia para estudiantes de Derecho, Medicina, Ingeniería o Arquitectura. La calle vivió entonces su mayor expansión. “Llegamos a ser 12 librerías”, ha manifestado el sobrino de Felipa. “Había colas que llegaban a la Gran Vía desde nuestra librería, que era la última de la calle”, cuenta.

Felipa ayudaba a estudiantes sin recursos, aplazaba pagos e incluso regalaba libros cuando veía que alguien no podía permitirse seguir estudiando. “Muchas veces perdía dinero en la venta porque veía que la persona, en esos años difíciles, no salía adelante para sacar la carrera”. Años después, muchos de esos jóvenes regresaban convertidos en médicos, ingenieros o abogados para agradecerlo. “Tenía genio”, dice sobre su tía entre risas, recordando que sabía perfectamente quién necesitaba ayuda de verdad y quién simplemente quería conseguir el libro gratis.

Ocho décadas entre libros

El cierre de La Felipa en la calle de los Libreros llegó en 2000. “Fue una situación familiar subjetiva, que era jubilación”, explica Juanjo. Su padre se jubiló con 72 años, su tío con 74 y Felipa falleció poco después, tras haber dedicado más de ochenta años de su vida al oficio.

Sin embargo, también era evidente que el modelo estaba cambiando. El libro universitario empezaba a perder protagonismo y la forma de estudiar ya no era la misma. Primero llegaron los cambios en las suscripciones jurídicas, después los soportes digitales y finalmente internet. “Ahora, si te metes en IA, es que hasta si necesitas saber la jurisprudencia de un caso lo tienes a tiempo real. Entonces, ¿para qué te vas a comprar un código?”, plantea.

Resistir entre gigantes

Amazon ahora mismo, o cualquier empresa fuerte… no puedes competir con ellos”, afirma. Mantener una librería se convirtió en un ejercicio de resistencia económica. “Una librería es deficitaria. Si la quieres llevar bien, es muy difícil”, sentencia.

Aun así, Juanjo rechaza la idea de que el libro en papel esté condenado a desaparecer. Cree que la pandemia devolvió fuerza a la lectura pausada y que las nuevas generaciones están recuperando cierta relación con el libro físico. Para él, la tecnología no sustituye, sino que complementa. “La tecnología tiene que estar”, dice, pero insiste en que el libro conserva algo irreemplazable. “El libro lo dejas cuando te dé la gana, hueles el papel, rozas con el tacto”, traslada a Madridiario.

Desde su actual librería en La Guindalera sigue atendiendo a clientes que llegan preguntando por Felipa o por aquella librería del número 16. Muchos todavía recuerdan a su tía. Otros descubren ahora su historia gracias a la placa colocada en 2018 en la calle de los Libreros, la primera dedicada en Madrid a una librera. “Es la primera que ponen a un librero o librera en Madrid”, subraya con orgullo.

El Ayuntamiento dedica una placa del Plan Memoria a la librera ‘La Felipa’ en la calle de los Libreros

La última librería de la calle

La Casa de Troya es hoy el único establecimiento que mantiene viva la identidad de la calle de los Libreros. Pedro Angulo, responsable del negocio, insiste en que la historia de esta calle no puede entenderse sin la figura de doña Pepita, a quien señala directamente como origen de todo aquel tejido comercial. “La fundadora de esta calle fue doña Pepita”, explica.

A partir de aquella librería inicial se fue formando una red de mujeres que comenzaron como dependientas y terminaron levantando sus propios negocios. “Las varias libreras que se formaron allí dependientes pues fueron abriendo librerías”, relata. Entre ellas estaban Laura Requena, que después creó La Casa de Troya.

“Por lo menos intentaremos estar aquí lo más que podamos”

Laura Requena llegó a Madrid en 1929, se formó en aquel entorno y abrió el local en 1935. Desde entonces, el negocio ha permanecido ligado a la calle de los Libreros, resistiendo las transformaciones urbanas, los cambios en los hábitos de lectura y la desaparición progresiva del resto de librerías. “Lo hemos continuado pues hasta ahora”, resume Angulo, responsable del negocio y pareja de la sobrina de Requena.

Durante buena parte del siglo XX, la calle vivió principalmente del libro de texto. Sin embargo, hoy “los universitarios ya no quieren saber nada del libro de texto”. Aún así, Angulo asegura que prácticamente a diario recibe a personas que recuerdan cómo era cuando había hasta doce librerías abiertas. “Eso lo tenemos todos los días presente”, explica. “No una vez, sino varias, viene gente diciendo: ‘pero ustedes siguen aquí, son los únicos’”.

Librería que regenta Pedro Angulo

Por eso, cuando se preguntó a Angulo por el futuro, su respuesta no habla de continuidad. “Por lo menos intentaremos estar aquí lo más que podamos”. En una calle donde casi todas las librerías han desaparecido, permanecer abierto ya se ha convertido en una forma de conservar memoria.

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