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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Colas Doña Manolita
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Colas Doña Manolita (Foto: Mónica González Boto)

Doña Manolita, fuga, herencia y la mecánica íntima de la suerte

jueves 05 de febrero de 2026, 07:00h
Actualizado: 05/02/2026 07:13h

El 5 de febrero de 1987, la Puerta del Sol se detuvo ante una imagen insólita: la persiana de la administración “Hermana de Doña Manolita” bajó de golpe por orden ministerial. El responsable del negocio, Alfredo Salgado —sobrino de la legendaria lotera—, había abandonado el país tras perder el concurso de la concesión y acumular una deuda con Hacienda de 38 millones de pesetas. La crónica de EL PAÍS de aquel día detalló la secuencia: una llamada desde París, el anuncio de un viaje a Estados Unidos para “inversiones” y un cierre cautelar que dejó a Madrid sin su mostrador de supersticiones más célebre.

La sacudida no se entiende sin volver a 1904. Ese año, Manuela de Pablo, madrileña de Chamberí, abrió junto a sus hermanas la Administración nº 67 en la calle de San Bernardo. Aquella ventanilla, frecuentada por estudiantes de la vecina Universidad Central, fue creciendo al ritmo de su carisma y de los premios, hasta convertir a “Doña Manolita” en personaje popular del Madrid de comienzos del siglo XX. Su expansión hacia dos direcciones clave —Gran Vía 31 y la Puerta del Sol— se produjo en 1931, un salto que situó la marca en el corazón urbano que todavía hoy la identifica.

La Guerra Civil puso a prueba el mito. En 1937, un bombardeo destrozó el escaparate de la sede de Gran Vía y la clientela se desplomó. Aun así, la administración siguió vendiendo, un gesto de persistencia que reforzó su aura en la memoria madrileña. Cuando Doña Manolita falleció sin descendencia en 1951, el local de Sol pasó a su hermana Carmen —rebautizado como “Hermana de Doña Manolita”— y más tarde a su hijo, Alfredo Salgado, cuyo episodio de 1987 se convirtió en uno de los sobresaltos más comentados de la historia de la lotería en Madrid.

El cierre de febrero del 87 no hundió la marca. Mientras la vieja sede de Sol se vendía, la casa madre continuó en Gran Vía hasta 2011, cuando se trasladó a la calle del Carmen, donde cada diciembre la cola serpentea durante horas. La propiedad pertenece hoy a Juan Luis de Castillejo y Bermúdez de Castro, conde de Cabrillas, bajo cuya gestión la administración mantiene el pulso de su tradición. La explicación de su “mala” o “buena” suerte tiene menos de magia que de aritmética: Doña Manolita vende una cantidad descomunal de décimos y distribuye muchas series distintas; por pura probabilidad, reparte más premios que la media y, con ellos, más titulares. La estadística y el rito se retroalimentan, y el resultado es un fenómeno social.

La imagen cultural de la administración desborda el terreno comercial. La han cantado Concha Piquer y Sabina, la han contado generaciones de periodistas y la han adoptado miles de compradores que, más que un número, buscan una tradición compartida. La leyenda incorpora incluso anécdotas devotas —como los viajes a Zaragoza para “bendecir” décimos ante la Virgen del Pilar—, mientras la hemeroteca recuerda el guiño irónico de la propia lotera en los años treinta (“he vendido el alma al diablo”), dos piezas del imaginario popular que explican por qué el mito no se apagó ni siquiera en su día más oscuro.

Aquel 5 de febrero enseñó algo elemental: la suerte también tiene papeles. Concesiones, concursos, fianzas, cierres y reaperturas bajo el paraguas de Loterías y Apuestas del Estado, una maquinaria pública con raíces en 1763 —la “Lotería Real” de Carlos III— y la Lotería Nacional desde 1812, que ha convertido el Sorteo de Navidad en ceremonia de Estado y costumbre doméstica a la vez. En ese engranaje jurídico y financiero, la persiana de Sol cayó, pero el rito siguió. La cola volvió, y con ella el rumor de una ciudad que cada diciembre compra un número y un relato.

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