El 11 de enero de 1935, Madrid fue una ciudad con la vista entrenada hacia arriba. En el aeródromo de Getafe, un aparato tan extraño como prometedor, el autogiro, se elevó con una carrera breve, giró sobre su eje y se posó con la delicadeza de un bailarín que sabe leer el viento. Alrededor, abrigos cerrados, manos en los bolsillos, el rumor de los curiosos y el cálculo silente de militares e ingenieros: si aquello podía despegar en corto y aterrizar casi en vertical, la ciudad acababa de ver, por primera vez, una coreografía del futuro.
El artífice de aquel gesto fue Juan de la Cierva, ingeniero murciano que llevaba años entregado a una obsesión tan técnica como humana: evitar la caída por pérdida de sustentación, ese zarpazo que se llevaba aviones y esperanzas. La solución fue de una elegancia insólita: un rotor cuyas palas, articuladas en la raíz, podían subir y bajar para equilibrar fuerzas; un sistema que convertiría el autogiro en una máquina estable y que, con el tiempo, inspiraría la arquitectura íntima de los helicópteros. La otra rareza definitoria fue la autorrotación: el rotor no necesitaba motor en vuelo, giraba con el aire que lo atravesaba cuando el aparato avanzaba. Allí anidaba una promesa de seguridad nada menor: si el motor frontal fallaba, el autogiro podía planear y posarse con control.
Aquel día en Getafe no fue un fogonazo aislado. Detrás quedaban prototipos que apenas se alzaban un palmo —C.1, C.2, C.3— y el primer éxito sólido del C.4, en 1923, con el trayecto simbólico entre Cuatro Vientos y Getafe que demostró que la idea ya pertenecía a la realidad y no al laboratorio. Por delante, llegarían los prelanzadores para acelerar el rotor antes del despegue y el ansiado “salto” casi vertical, un guiño a las ciudades que soñaban con posarse en patios y azoteas sin la tiranía de las pistas infinitas. La prensa celebró el ingenio español, y el mundo tomó nota: la Cierva Autogiro Company afinó el aparato en Reino Unido y la aviación internacional incorporó el vocabulario de las alas rotatorias a su gramática cotidiana.
La historia reservó, sin embargo, un giro cruel. El 9 de diciembre de 1936, Juan de la Cierva murió a los 41 años en el aeropuerto de Croydon, a las puertas de Londres, en un vuelo comercial que no llegó a aterrizar. No iba al mando de un autogiro; viajaba como pasajero. La ironía es tan precisa como implacable: el hombre que ideó una máquina para no caer perdió la vida en la rutina de la aviación de su tiempo. Pero lo esencial ya estaba hecho: la articulación del rotor y la lógica de la autorrotación habían abierto un pasillo seguro hacia el helicóptero, y el cielo urbano, desde entonces, supo que también podía tener esquina.
En Madrid, aquella mañana de 1935 quedó en la memoria como una escena breve y definitiva: un rumor de hélice frontal, un rotor que aprende a sostener sueños y una ciudad que descubre que el aire, bien entendido, también se puede habitar.
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