El 25 de diciembre de 1406 no fue una Navidad cualquiera en Castilla. La jornada comenzó con la noticia que alteraría el pulso político del reino: la muerte de Enrique III, llamado el Doliente, en Toledo. La Villa de Madrid, vinculada desde hacía décadas a la corte itinerante de los Trastámara, recibió el anuncio en pleno día festivo, cuando la ciudad aún transitaba entre la liturgia navideña y la rutina invernal.
La Navidad medieval no tenía el carácter popular, luminoso y familiar con el que hoy la asociamos. Era, sobre todo, una celebración religiosa. La misa de medianoche del 24 de diciembre y la misa solemne del día 25 marcaban el ritmo espiritual de la población. La vigilia previa imponía abstinencia y recogimiento; la jornada del 25 permitía comidas algo más generosas, pero siempre en un marco austero. No existían regalos ni celebraciones bulliciosas: el gesto más cercano a esta tradición moderna era el aguinaldo, donaciones modestas de pan, vino o ayuda material a los más necesitados.
En ese contexto, la noticia procedente de Toledo cayó como un peso adicional sobre la Villa. Enrique III había fallecido joven, dejando como sucesor a su hijo Juan II, de apenas dos años. En el Alcázar madrileño —erigido sobre la antigua fortaleza medieval que más tarde daría paso al actual Palacio Real— las reacciones se movieron entre la contención institucional y el cálculo político. La cuestión inmediata no era solo el duelo: era la regencia. La minoría de edad del heredero abría un periodo de maniobras, alianzas y tensiones entre los linajes nobiliarios más influyentes del reino.
La figura de Enrique III arrastraba, además, un componente simbólico relevante. Su salud frágil, visible durante todo su reinado, había alimentado supersticiones y paradojas propias de la época. Entre ellas, una de las más llamativas: la creencia de que los reyes podían sanar la escrófula con un simple toque. Que un monarca asociado, en el imaginario colectivo, a un poder casi milagroso muriese víctima de un cuerpo debilitado reforzó el aura piadosa y vulnerable con la que la historia lo recordaría.
En las calles de Madrid, las reacciones fueron más sobrias que dramáticas. Las iglesias —como la de San Salvador o la de San Andrés— prolongaron sus oraciones. El vecino común siguió su día con una mezcla de respeto y prudencia, consciente de que algo había cambiado aunque sin acceder a los detalles del entramado político. La Navidad madrileña de 1406, habitualmente silenciosa, adquirió ese año un tono más grave. La Villa sintió la sombra de un futuro incierto que se desplegaba más allá de sus murallas.
Con la llegada de la regencia y la infancia del rey Juan II, Castilla entraría en una etapa convulsa que marcaría profundamente el devenir del siglo XV. Pero todo comenzó aquí: en un 25 de diciembre de misas, ayunos, braseros apagados… y un reino que, en el día más sagrado del año, tuvo que enfrentarse a una ausencia que lo cambiaría para siempre.
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