¿Puede seguir entrenando al Real Madrid un señor al que el FC Barcelona ha metido nueve goles en menos de tres meses? Y eso que en el partido de anoche los goles fueron casi lo de menos. De hecho es bastante probable que, de no ser por la expulsión de Szczesny, la goleada hubiera alcanzado una dimensión desconocida.
Esto es algo que siempre ha diferenciado al Barça del Madrid, no se sabe si porque su odio al máximo rival es mayor del que existe a la inversa o si porque carece de la condescendencia burguesa de la que a veces peca el Real Madrid. Cuando ve la herida abierta, el Barcelona retuerce el puñal y no para hasta que no queda una gota de sangre. Si llevan tres goles, van a por el cuarto con los ojos inyectados. Y a por el quinto y a por el sexto. Nunca desaprovechan la oportunidad de humillar.
El Real Madrid no hizo absolutamente nada bien en la final de la Supercopa. Mientras el partido fue de 11 contra 11, la inferioridad fue abismal; y durante los 40 minutos en los que jugó con uno más, no fue capaz ni de dar un susto.
Ya antes del golazo de Mbappé (4’), Courtois hizo dos paradas de mérito. Fueron la crónica de una muerte anunciada. Ancelotti decidió, otra vez, que lo mejor era regalar el balón al rival. De partida, el Barça no tendría que hacer nada para plantarse en campo contrario. Todo el plan del Madrid consistió en replegarse y encomendarse a la inspiración de los de arriba (dicho sea en sentido táctico y metafísico).
Más o menos así se ganó la última Champions, pero es difícil comprender que no exista una mejor estrategia para un triángulo formado por Valverde, Camavinga y Bellingham, probablemente el centro del campo más poderoso físicamente del mundo. Pues los españolitos menudos, Pedri, Gavi y Casadó, hicieron con ellos lo que quisieron.
O no son tan buenos como a veces creemos (y, desde luego, aparentan) o algo falla desde el banquillo. No es sólo el hecho del bloque medio-bajo, que poco menos que da a entender al rival que uno no se ve capaz de competir de tú a tú, sino también ese talante tan exageradamente pasivoque se diría dictado. ¿Es esta la forma de enfrentarse al Barça, en una final, después de que te hayan sometido en tu estadio? La actitud individual de algunos, por cierto, sería imperdonable hasta en la anarquía más caótica.
“En el descanso dije que primero había que intentar jugar al fútbol porque en la primera parte no hemos jugado al fútbol, hemos pegado balones largos pero esa no era la idea, la idea era jugar y no hemos jugado” contó Ancelotti en la rueda de prensa posterior al partido. Si la idea era “jugar”, viendo el partido fue del todo imposible adivinarlo.
El desastre táctico era evidente, como lo fue (aunque no tan notablemente) en el 0-4 del Bernabéu el pasado octubre. Los de Flick encadenaron una ocasión tras otra sin apenas esfuerzo. El centro del campo del Real Madrid estaba completamente diluído y la defensa era del todo inexistente. El tándem Lucas Vázquez-Tchouameni fue una calamidad.
Ha habido mala suerte con las lesiones y la necesidad de acudir al mercado es ya impostergable, pero hay dos verdades que no se pueden negar. Tchouameni juega por delante de Asencio únicamente porque el entrenador se niega, pase lo que pase (veremos qué ocurre después de lo de ayer), a poner a un canterano en lugar de una de sus vacas sagradas. De Lucas Vázquez se dirá que es que no hay otro. Bien, si en la cantera del Real Madrid no hay un sólo lateral derecho que pueda competir llegado el caso (el caso era ayer, como lo fue en los partidos contra Dortmund, Milán, Atlético…), entonces lo que hay que hacer es despedir a la mitad de responsables, ojeadores y entrenadores de la cantera del Real Madrid.
Lo inevitable (que resultó ser sólo un amargo aperitivo) tardó veinte minutos en llegar. Lamine Yamal empató el partido (21’) después de bailar a Tchouameni, que tampoco hizo mucha más oposición de la que habría hecho un retirado. El central no se molestó ni en agachar el culo y, con un leve movimiento de cadera, Lamine lo rompió en mil pedazos justo antes de dar el pase a la red. El desbarajuste de Mendy en el inicio de la jugada, que estaba en cualquier lugar menos en el que debía, tampoco puede pasarse por alto. Es este otro caso similar al ya mencionado: desde hace meses, cuesta muchísimo encontrar una sola razón para que el francés siga siendo el lateral izquierdo titular.
Lewandowski puso el 1-2 de penalti (35’) y, tres minutos después, Raphinha cabeceó el tercero (38’) entre Lucas y Tchouameni, dos fantasmas. Antes del descanso (hubo 10 minutos de descuento), Balde marcó el 1-4 y dejó al Madrid en la lona (54’). Rodrygo y Camavinga regalaron un contragolpe con un saque de esquina estrepitoso y Valverde sucumbió en el dos contra uno. La ayuda de Mendy, que era el hombre que cerraba, fue simbólica.
La primera ráfaga del Madrid nada más empezar el segundo tiempo pudo haber cambiado algo el partido, pero habría sido injusto. Por eso el remate de Rodrygo se estrelló en la cruceta y, justo después, Raphinha, celoso de su compañero, bailó a Tchouameni antes de poner el 1-5 (47’). Fue este el momento exacto en el que todo madridista pasó de la rabia y la decepción al auténtico pavor.
El nubarrón era más negro que el que cargó el Diluvio y La debacle del King Abdullah iba directa a engrosar los capítulos más dolorosos de la historia del club. Lo salvó a medias la expulsión de Szczesny en el 56’, por zancadillear a Mbappé en la frontal del área cuando el francés ya le había regateado. El 2-5 llegó precisamente de esta falta, que lanzó Rodrygo (59’) al palo del recién ingresado (y algo frío) Iñaki Peña. Más tarde hizo una parada antológica a un tiro de Mbappé que ya era gol.
Es difícil decidir qué es más humillante, si el saco de goles o el no ser capaz ni de agobiar al rival jugando más de 40 minutos con un jugador más y sin nada que perder. Circulación estéril, cero desmarques al espacio, poca apertura en bandas, sin desdoblamientos que dieran lugar a superioridades. Ni siquiera un atisbo de orgullo herido… ¡El Barcelona llegó a hacer una posesión de un minuto! ¡Con un jugador menos!
Puede resultar frívolo decir esto después de una debacle de tal magnitud, pero qué menos que agarrarse al único y tenue haz de luz entre tanta oscuridad. Mbappé volvió a ser Mbappé.